«Qué
mayor alegría me puede proporcionar el Señor Romero de Terreros, que
convidándome a conocer, como él lo conoce, el gran mundo colonial; edificándome
con la piedad de los virreyes, muchos de ellos deudos suyos y todos amigos
míos; presentándome al Excelentísimo Señor Don Fernando de Valenzuela, el
llamado Duende, que tanta guerra dió en la Corte española por su privanza y que
vino a morir aquí víctima de la coz de un caballo; contándome al oído el enredo
matrimonial con la famosa “China”; poniéndome en relación con los Borda y otros
potentados señorones; llevándome a los besamanos y saraos del Real Palacio, y a
la toma de hábito y cruzamiento de un Caballero de la Orden de Santiago; y al
fin rematando con la deliciosa presentación de cuatro damas hermosísimas,
“Venus” y las “Tres Gracias”, o sean la famosa “güera” Rodríguez y sus tres
hijas, y refiriéndome después los detalles picarescos y las murmuraciones
embozadas a que dieron margen ella y ellas por sus hechos y dichos». Luis
González Obregón.
Manuel
Romero de Terreros
Marqués de San Francisco
Bocetos de la vida social en la Nueva España
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Titivillus 21.11.15
Título
original: Bocetos de la vida social en la
Nueva España
Manuel
Romero de Terreros, 1919
Prólogo:
Luis González Obregón
Editor
digital: Titivillus
ePub
base r1.2
La
edición anterior de estos bocetos apareció en Guadalajara el año de 1919, bajo
el título general de EX ANTIQUIS, y en breve plazo quedó agotada. Ahora se
reimprime la obra casi sin alteración y con la esperanza de que encuentre la
misma buena acogida que se le dispensó hace veinticinco años.
México, junio de 1944.
M. R. de T.
Prólogo
Mi
estimabilísimo amigo D. Manuel Romero de Terreros, Marqués de San Francisco,
con la exquisita bondad y finura que le conocemos todos, ha puesto en mis manos
los originales del presente libro, para que yo escriba un prólogo o cosa
semejante.
Sin
duda que al fijarse en mí, teniendo como tiene tan buenos amigos entre los
afamados escritores de México y de allende los mares, mi excelentísimo amigo
sólo debe haber pensado que yo recibiría particular gusto en ello, pero no por
mis propios méritos ni porque él necesite de elogios míos ni extraños, que sus
artículos sobre la vida de la sociedad hispana durante la época del coloniaje,
publicados en distintos periódicos; sus disertaciones presentadas a diversas
corporaciones, en las cuales él es individuo muy apreciado, y sus estudios que
sobre genealogía y heráldica ha impreso aparte en opúsculos o libros, son y
serán recomendables por sí mismos porque aúnan a la erudición la forma
correcta.
Así
es que, al distinguirme con que vayan mis letras precediendo a las suyas, es
para complacerme y transportarme a otros tiempos que siempre han sido motivo de
mis estudios; y en efecto, su pluma evocadora nos hace vivir en aquella selecta
sociedad de los siglos coloniales, y para convencemos de esto nos presenta una
a una, con la cortesía digna de su abolengo, a las virreinas de la Nueva
España; asistimos a las reuniones en Palacio; las acompañamos en los paseos
campestres; vamos a orar con ellas a los templos; les damos el pésame en sus
pesares, y somos testigos aún de ciertas cosas íntimas.
Y
cómo no había yo de tener inmensa satisfacción de tratar boca a boca y mano a
mano, con tan amables y graciosas duquesas, marquesas y condesas, a la vez que
con sus muy respetables y aristocráticos consortes; y en ir en la grata
compañía del Marqués de San Francisco a las procesiones y paseos, que nos hace
más gratos con sus eruditos informes: ya camino de la Villa para admirar el
Santuario de la Virgen indígena; ya para presenciar las curiosas ceremonias de
imposición por la Real Universidad de borlas doctorales; ya a regocijarnos en
giras campestres por San Ángel o San Agustín de las Cuevas, «la de los verdes
sembrados», como dijo un poeta; ya para asistir a los solemnes funerales de
S. E. el Marqués de Casa Fuerte, que de Dios goce allá en el cielo, por
las virtudes privadas y dones de gobernante que le hicieron tan querido acá en
la tierra.
Y
cómo no he de tener especial placer yendo con mi amigo al Santuario de la
vetustísima Virgen de los Remedios; deslumbrarme con la pompa y boato
desplegados en la toma de posesión y entrada pública de los virreyes; sentir
respeto por la venerable Cofradía de los Cocheros del Santísimo; ni privarme de
ver la bendición de las banderas del ejército, ni tampoco de pasear en cómodo
forlón, tirado por dos troncos de mulas blancas alrededor de la Alameda, por la
calzada de Bucarelli, o embarcado en canoa enflorada por el canal de la Viga.
Qué
mayor alegría me puede proporcionar el Señor Romero de Terreros, que
convidándome a conocer, como él lo conoce, el gran mundo colonial; edificándome
con la piedad de los virreyes, muchos de ellos deudos suyos y todos amigos
míos; presentándome al Excelentísimo Señor Don Fernando de Valenzuela, el
llamado Duende, que tanta guerra dió en la Corte española por su privanza y que
vino a morir aquí víctima de la coz de un caballo; contándome al oído el enredo
matrimonial con la famosa «China»; poniéndome en relación con los Borda y otros
potentados señorones; llevándome a los besamanos y saraos del Real Palacio, y a
la toma de hábito y cruzamiento de un Caballero de la Orden de Santiago; y al
fin rematando con la deliciosa presentación de cuatro damas hermosísimas,
«Venus» y las «Tres Gracias», o sean la famosa «güera» Rodríguez y sus tres
hijas, y refiriéndome después los detalles picarescos y las murmuraciones
embozadas a que dieron margen ella y ellas por sus hechos y dichos.
Y
el mismo gusto que he recibido y gozado con la evocación de aquellas cosas de
los pasados tiempos, estoy seguro que lo recibirán y gozarán los que lean los
sucesos contenidos en estas páginas del Marqués de San Francisco, quien los ha
desentrañado con arte y amor de papeles y libros olvidados, para ofrecerlos en
edición flamante, como hábil orfebre que cincela con plata u oro antiguo, ricas
y hermosas joyas nuevas.
Luis González Obregón.
Las virreinas de la Nueva España
I
Las
primeras Virreinas
Es
innato en la humana naturaleza que la mujer ejerza grande influencia sobre su
compañero, y por lo tanto —aunque, como todas las reglas, ésta tiene sus
excepciones—, cuando se estudia la vida de un hombre, hay que tomar en
consideración si hubo tal influencia y qué proporciones alcanzó. Al tratar,
pues, de los Virreyes que durante tres siglos gobernaron en México, conviene
recordar quiénes fueron sus esposas.
En
honor de la verdad, muy poco hicieron estas damas que fuera de gran
trascendencia para la política de la Colonia; en general, no ha recogido la
Historia[1] más que sus nombres, especialmente durante los primeros
tiempos del gobierno español; pues no fué sino hasta mediados del
siglo XVII que empezaron a destacarse, socialmente hablando, de la
penumbra del cuadro virreinal.
Las
esposas de los primeros cinco Virreyes, Don Antonio de Mendoza, Don Luis de
Velasco, Don Gastón de Peralta, Don Martín Enríquez de Almanza y Don Lorenzo
Suárez de Mendoza, Conde de la Coruña, fueron, respectivamente: Doña Catarina
de Vargas; Doña Ana de Castilla y Mendoza, hija de Don Diego de Castilla, Señor
de Gor y Caballerizo de Carlos V; Doña Leonor de Vieo; Doña María
Manrique, hija del Marqués de Aguilar; y Doña Catalina de la Cerda, hija del
segundo Duque de Mendinaceli.
II
La
Marquesa de Villamanrique
La
Marquesa de Villamanrique, esposa del séptimo Virrey, es la única Virreina del
siglo XVI de quien hay algunas noticias, poco edificantes, es cierto, pero
que debemos conocer por tratarse de una época tan lejana en la historia
colonial.
Refiéranlas
los anónimos autores de la Relación de la visita que hizo Fray Alonso Ponce,
Comisario general de la Orden Seráfica, a las dilatadas Provincias de Nueva
España. Este religioso, debido a sus enérgicas medidas para con los miembros de
su orden, que por desgracia estaba un tanto relajada, no les fué nada grato, y
captóse, además, la enemistad del gobernante y de la Virreina, Doña Blanca de
Velasco, hija del cuarto Conde de Nieva, señora, según parece, de conducta
ligera y carácter más que dominante.
Para
no robarle su colorido a la citada crónica, trasladamos literalmente lo que
sigue:
«Por
este mesmo tiempo, (Septiembre de … 1586) fueron el Virey y la Vireyna a
holgarse y recrearse en la cibdad de Xochimilco. Posó con toda su casa dentro
de nuestro convento en un dormitorio dél, y detúvose allí siete u ocho días en
que los indios les hicieron grandes fiestas, aunque les costaron caras, porque
en una dellas murieron dos o tres dellos, con un tiro que se disparó y reventó,
y al principal indio de aquella cibdad hirieron muy mal. Hallóse en estas
fiestas el provincial fray Pedro de San Sebastián, y hubo en el convento mucha
franqueza y libertad, más de la que era razón entre frailes que profesaron tan
estrecha pobreza, porque (según certificaron al padre Comisario) había a comer
trescientas raciones, y a cenar otras tantas, y a todos se daba vino, de lo
cual se decía haberse gastado más de cuatro pipas; las aves que se comieron,
así de la tierra, como de Castilla, son sin número, y la colación de confitura
y caxetas y otras cosas fué gran cantidad y de mucho precio, y todo lo
proveyeron los frailes por orden del provincial; y aunque todo esto es malo
delante de Dios, y delante de los hombres, lo que más mal pareció, y de que
todo el mundo tuvo que murmurar, fué la demasiada libertad, rotura y disolución
que hubo en entrar y estar muy de propósito mujeres, no sólo la Vireyna y las suyas,
sino otras muchas, dentro del dicho convento y andar por las celdas como si
fuera casa profana, y como si no hubiera breve apostólico que só graves penas y
censuras prohibe estas entradas, y como si a los frailes no los comprendiera el
dicho breve por admitirlas, y no estuviera así declarado y mandado por nuestros
estatutos generales de Toledo. Allí despachaba el Virey, allí acudían los
oidores y oficiales de la Audiencia, y había juegos y fiestas, y aun dicen que
un fraile lego nadó en un estanque en presencia de la Vireyna, y que ella le
tiraba naranjas, y que yendo con el Virey en unas canoas holgándose por aquella
laguna, y con ellos mucha gente tirándose con elotes (que son las mazorcas
tiernas del maíz) iba también con ellos el provincial haciendo lo mesmo, y que
dió con uno destos elotes en las narices a un caballero, pariente del Virey, un
tan gran golpe, que le hizo salir mucha sangre, y aun indignarse mucho contra
él y decirle palabras pesadas. Afirmaron también al padre Comisario que estando
la Vireina jugando a los bolos con el mesmo provincial, y deteniéndole la bola
un fraile, o apartándosela para que no entrase en los bolos, había ella dicho
con voz que todos los circunstantes la oyeron, amenazándolos graciosamente con
el mesmo padre Comisario y diciendo: no me hagan trampas ni toquen a mi bola,
miren que les traeré al de Ponce; en lo qual dió bien a entender cuán poderosa
era, pues estaba en su mano traer al padre Comisario general a la provincia,
como lo estuvo echarle della. Y con todas estas fiestas y otros muchos regalos
que ordinariamente le hacía el provincial y sus allegados, y muchos presentes
que le enviaban, negociaron (según dicho de todos, el cual es verosímil) todo
lo que quisieron, y especialmente la provisión que entonces se despachó contra
el padre Comisario».
No
fué esta la única ocasión en que los Virreyes habitaron un convento de la
Orden; en la misma Crónica leemos que en Junio del año siguiente, se
trasladaron al de Tacuba «con sus criados y criadas» y regaláronse con toda
clase de festejos, aunque con más moderación que en Xochimilco.
Otro
de los paseos favoritos de la Virreina era a un lugar cercano a San Agustín de
las Cuevas (Tlalpam) que por este motivo se llamó «las fuentes de la Marquesa».
Cesaron
estos escándalos cuando el Marqués de Villamanrique fué removido del Virreinato
a principios de 1590. Por cierto que el Obispo de la Puebla, Don Diego Romano,
que fué nombrado Visitador, lo trató con tanta severidad que embargó todos sus
bienes, sin exceptuar siquiera la ropa de la Marquesa.
III
Las
esposas de varios Virrreyes
El
insigne Don Luis de Velasco, el segundo, tuvo por esposa a Doña María de Ircio
y de Mendoza, hija del Conquistador Martín de Ircio, Encomendero de Tepeaca, y
fueron progenitores de la ilustre casa de los Marqueses de Salinas de Río de
Pisuerga.
Doña
Inés de Velasco y Aragón, hija del Condestable de Castilla Duque de Frías, fué
esposa del Conde de Monterrey y Doña Ana Mejía de Mendoza del Marqués de
Montesclaros. Esta señora fué muy afecta a la caza, y frecuentaba con tal
objeto el secular bosque de Chapultepec. Según Arias de Villalobos, murió en la
mar, cerca de La Habana, al regresar su marido a España del Virreinato del
Perú.
El
Marqués de Guadalcázar casó con una dama austriaca, doña Ana María Riederer de
Paar, Condesa de Barajas, dama de la Reina Margarita e hija de don Juan Jorge
Riederer y de doña María Isabel Adorno de Amerín. Esta Virreina falleció en
México y fué sepultada con gran pompa en la Catedral; y la oración fúnebre que
en dicha ocasión pronunció don Marcos de Figueroa Vallecillo, fué impresa en
1619, en la Oficina del Bachiller Juan de Alcázar.
Las
esposas de los Marqueses de Gelves y de Cerralvo fueron, respectivamente, doña
Leonor de Portugal y doña Francisca de la Cueva, hija ésta del sexto Duque de
Alburquerque. Don Luis González Obregón, hablando de la Madre Inés de la Cruz,
una de las fundadoras del Convento de Santa Teresa, dice lo siguiente: «Murió
tan respetable y querida, que el entonces Virrey Marqués de Cerralvo y su
esposa la asistieron en su enfermedad con cuidados muy solícitos, pues la misma
Virreina le servía de rodillas como a una santa y le traía la comida guisada
desde palacio».
El
Marqués de Villena, aunque casó dos veces, ejerció el mando durante su viudez.
Doña Antonia de Acuña y Guzmán fué esposa del Marqués de Salvatierra; y doña
Hipólita de Cardona del Conde de Alba de Liste pero, según parece, esta señora
no acompañó a su marido a México.
IV
La
Duquesa de Alburquerque
El
15 de agosto de 1653 entró a México con la acostumbrada solemnidad el vigésimo
Virrey de la Nueva España, don Francisco Fernández de la Cueva, VIII Duque de
Alburquerque, en compañía de su esposa doña Juana Francisca de Armendáriz,
Marquesa de Cadereyta, Condesa de la Torre y Camarera Mayor de la Reina, hija
de aquel Marqués de Cadereyta que, veinte años antes, había gobernado la
colonia.
Era
la de Alburquerque una dama muy adicta al lujo, motivo por el cual, apenas
llegaba a México el nuevo Virrey, «aderezó el palacio y cuarto suyo y de la
marquesa —dice Guijo— con ricas y costosas colgaduras que trajo de España, sin
permitir se entrase en palacio un clavo prestado». Esto no obstante, dedicóse
desde luego la Marquesa-duquesa a ejercicios de piedad. No sólo visitó los
conventos, como los de Santa Clara y San Juan de la Penitencia, sino que, el 7
de septiembre, acudió a la iglesia del «Tercer Orden» en el convento de San
Francisco, en donde hizo profesión en manos del Comisario General de la
Seráfica Orden, con tan gran devoción y recogimiento, que edificó al numeroso
público que presenciaba la ceremonia; y cuando se verificó la primera
dedicación de la Catedral de México, en 1656, cerca del sitio que ocupaba el
Duque de Alburquerque, «se hizo una jaula para la Virreina, tan costosa y
prevenida, que nunca otra se ha visto en este reino, con su llave, en que
estaban ella y su hija solamente». Por otra parte, la de Alburquerque, como
buena esposa, era constante compañera de su marido, no separándose de él ni aún
cuando visitaba las obras del desagüe del Valle de México, caminata en aquellos
tiempos no exenta de graves molestias para una dama.
De
acuerdo con las ideas de magnificencia que los Duques de Alburquerque supieron
inspirar, la Ciudad de Méjico, al nacer el Infante don Felipe Próspero, hijo de
Felipe III, ofreció al soberano doscientos cincuenta mil ducados anuales
durante tres lustros, para mantillas del príncipe. Como era de esperarse,
contagió a los vecinos de la capital el lujo que los Virreyes ostentaban y no
pocos se desvivieron en obsequiarlos como a su alta posición correspondía. El
día de Corpus en 1655 convidó a la Virreina el Contador Mayor de Cuentas don
Francisco de Córdoba, para que se dignara estrenar la casa que acababa de
construir junto a la capilla de San José de los Indios (sitio que hoy ocupa el
Palacio Iturbide), y presenciara desde los balcones de ella el gran concurso de
gente que por las calles de San Francisco transitaba. Aceptó la Duquesa, y
Córdoba «hizo un gasto muy costoso —dice Guijo—, en el regalo de almuerzo,
dulces y dádivas a la dicha Duquesa-virreina, y a su hija, y dentro de pocos
días se dijo en toda la ciudad que el Virrey, presente la dicha Virreina, por
ocasión pequeña, le dió de mojicones en la boca al dicho Córdoba, que lo bañó
en sangre y derribó un diente».
¡Lástima
grande que tuviera la fiesta tan desagradable fin! Pero seguramente se
consolaría el Contador del desperfecto en su dentadura, al considerar que su
casa había sido estrenada por la dama de más alta posición social en la
colonia, representante nada menos que de su Católica Majestad la Reina de
España e Indias.
Al
saber que estaba próxima la llegada de su sucesor, mudóse el Duque de
Alburquerque con su familia a la casa de don Prudencio de Armenta, frente al
Convento de S. Francisco; y el 26 de marzo de 1661 salieron de México,
acompañados hasta Guadalupe por los nuevos Virreyes. En España, la Duquesa fué
Camarera Mayor de las Reinas doña María Luisa de Orleans y doña Mariana de
Neoburg. «Muy instruída y muy española —dice el Marqués de Villaurrutia—,
contribuyó a su muerte un altercado sobre modas que tuvo con la Reina doña
Mariana, que era muy aficionada a las francesas».
V
La
Condesa de Baños
Sucedió
al Duque de Alburquerque el Conde de Baños don Juan de Leyva y de la Cerda,
Marqués también de Leyva y de Ladrada, y suyo fué uno de los pocos casos de
impopularidad que hubo en el virreinato, pero, en honor de la verdad, de ello
fueron en mayor grado culpables su hijo, don Pedro de Leyva, y su esposa doña
Isabel de Leyva y de Mendoza. Si grave fué el pleito que don Pedro tuvo con el
Conde de Santiago por haber querido denigrar a los criollos, y que sólo pudo
terminarse algún tiempo después, gracias a las providencias que tomó el
Arzobispo Escobar y Llamas, mucho mayor fué el que motivó la Condesa de Baños,
nada menos que con el cabildo eclesiástico, por causas, al parecer, triviales.
La procesión del Corpus solía recorrer determinado trayecto que, empezando por
las calles de Tacuba y pasando por las de Santa Ana, terminaba por las de Santo
Domingo. Pues bien, aconteció que en 1662, hallábase la Virreina delicada de
salud y, por lo tanto, imposibilitada para salir de sus habitaciones; pero como
deseaba a todo trance presenciar la procesión, juzgó el Conde de Baños que nada
era más fácil que ésta cambiara de derrotero y entrara a la plaza por las
calles de San Francisco en lugar de las de Santo Domingo. Dió las órdenes
correspondientes, y, aunque desde un principio tuvo agrias contestaciones con
el cabildo eclesiástico, fué obedecido: regresó efectivamente la procesión por
las calles citadas, pasó delante de palacio en cuyo balcón principal se hallaba
la de Baños con todas sus damas, siguió por la calle del Reloj y entró a
Catedral por el cementerio. Pero el cabildo metropolitano presentó acusación en
contra del Virrey y, además de desaprobarse la conducta del Conde, quien fué
condenado a pagar una multa de doce mil ducados, se ordenó terminantemente que
no se volviera a alterar la carrera de la procesión por el uso establecida.
La
enfermedad de la Virreina, motivo del disgusto, se agravó a tal grado, que en
30 de junio siguiente se le ministraron los Santos Sacramentos. Acompañaron al
Viático el Virrey, la real Audiencia, las órdenes religiosas con sus prelados,
y el cabildo eclesiástico con sobrepellices todos sus miembros, quienes
seguramente olvidaron en esos momentos los resentimientos que con el Virrey
tuvieran. Llevósele también, por ser de la especial devoción de la dama, la
imagen de Nuestra Señora de la Asunción, que se veneraba en la iglesia de Santa
María la Redonda, la cual permaneció en la virreinal alcoba algunos días, y
cuyo regreso describe Robles en los siguientes términos:
«El
lunes 14 de agosto se armó en los corredores de palacio, en lo alto, un altar
adornado con mucha plata y cera y cantaron el Dr. Simón Estevan y doctores
Sariñana y Buitrón misa mayor, que ofició la capilla de la Catedral, y este
día, a las tres de la tarde, salió de palacio la procesión, llevando en hombros
la imagen los frailes de San Francisco, y le alumbraban los hijos del Virrey y
sus criados, y él iba detrás de la imagen acompañado de toda la nobleza,
audiencia y religiones, excepto la del Carmen: fué por la calle de San
Francisco, donde entró por la una puerta, salió por la otra y pasó por la calle
de Santa Isabel, en cuya iglesia entró y después en la de la Concepción y de
allí a la suya; y todas las iglesias por donde pasó repicaron y se acabó este
acto a más de las seis de la tarde».
El
21 había mejorado la Virreina lo suficiente para poder transladarse a la casa
de campo que el Corregidor don Austasio Salcedo poseía en Tacubaya, para
cambiar de temperamento, y en 25 de noviembre acudió en compañía de sus damas y
con bastante ceremonia a Santa María la Redonda a dar gracias a la Santísima
Virgen. Volvió a enfermar, sin embargo, pues leemos que el año siguiente, 8 de
julio, el Virrey con su mujer, hijos y servidumbre «estuvieron en la huerta de
Cantabrana, junto a la del Marqués, viendo pasar el acompañamiento que iba con
Nuestra Señora de los Remedios, y merendando en público; se fueron los dichos a
la huerta de Córdoba que es en Tacubaya, y ocuparon con su familia todas las
huertas y casas de dicho pueblo con intento de mudar de temple la Virreina por la
gravísima enfermedad que padece de desconcierto, de que está desauciada de los
médicos; y así le acompañaron el Virrey y los suyos, y dejaron casi desocupado
el palacio».
Además
de todos estos disgustos, sufrió la infortunada señora la pérdida de su hijo
más pequeño: nacido éste en el mar, murió en 3 de agosto, y fué sepultado en la
iglesia del convento de San Juan de la Penitencia.
Como
generalmente acontece, la impopularidad que desde un principio se granjearon
los Condes de Baños fué cada día en aumento, alcanzando tales proporciones, que
en las postrimerías de su reinado, no había ocasión que se presentaran en
público que no fueran saludados con una general «rechifla».
Poco
después de haber dejado el mando, trasladáronse a San Agustín de las Cuevas
(hoy Tlalpan), mientras se reponía del todo la Condesa y llegaba la ocasión de
embarcarse para España. Pretendieron en un principio fijar su residencia en
Tacubaya, por ser este pueblo de la predilección de los Baños, pero no les fué
permitido por quién sabe qué razones o intrigas. Embarcáronse por fin en 25 de
marzo de 1666, y mejoró notablemente la salud de la Condesa, puesto que vivió
diez años más. A la muerte de su esposa, Baños, decepcionado y triste, tomó el
hábito de carmelita descalzo en Madrid, cantó su primera misa en 1676 y murió
dos años más tarde en el convento de su orden en Guadalajara, a donde se había
retirado, como el César a Yuste, en busca de la paz que el mundo le negara.
VI
La
Marquesa de Mancera
Las
academias literarias que tanta afición despertaron en España durante los
siglos XVI y XVII, gracias a las galas que en ellas lucieron los ingenios
del siglo de oro de nuestra literatura, tuvieron por entusiasta admirador a don
Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, embajador un tiempo en Venecia, y, de
1664 a 1673, vigésimo quinto Virrey de la Nueva España. Debido, pues, a sus
literarias aficiones, que también eran las de su esposa doña Leonor Carreto[2],
fueron ambos decididos protectores de aquella gentilísima Juana de Asbaje que
se apellidó en el claustro Sor Juana Inés de la Cruz, y en el mundo de las
letras, la décima Musa.
Nació
esta poetisa, como todo el mundo sabe, en 1651 en una alquería vecina a los
incomparables volcanes; a los cinco años sabía leer, escribir y contar, y a los
ocho, compuso una loa en honor del Santísimo Sacramento, y pretendía que sus
padres la vistiesen de hombre y la mandasen a cursar en la Universidad de
México. Claro está que a lo primero, no accedieron, pero sí la enviaron a la
capital de la colonia, a casa de su abuelo, y como pronto llamó la atención por
su raro talento, «la introdujeron en el palacio… y entró con el título de muy
querida de la Señora Virreina», según su biógrafo el P. Calleja, quien agrega:
«La Señora Virreina no parece que podía vivir un instante sin su Juana Inés, y
ella no perdía por eso el tiempo a su estudio»…
Las
empresas literarias de Juana de Asbaje, tan del gusto del Virrey, hicieron a
éste concebir una estratagema para cerciorarse hasta qué punto tenían aquellas
sólido fundamento; y, al efecto, hizo reunir un día en el real palacio a unos
cuarenta de los más notables hombres de letras y de ciencias que en la ciudad
había, para examinar a la futura monja, quien, según las palabras del propio
Mancera, «a la manera que un Galeón Real se defendería de pocas chalupas, que
la embistieran, así se desembarázaba Juana de Inés de las preguntas, argumentos
y réplicas, que tantos, cada uno en su clase, la propusieron…».
Gran
desconsuelo sintió doña Leonor Carreto al participarle la preferida de sus
damas de honor su decisión de retirarse al claustro; tomó Juana de Asbaje el
hábito de carmelita descalza en el convento de la orden (Santa Teresa la
antigua), en 14 de agosto de 1667, presenciando la ceremonia los Marqueses de
Mancera y muy distinguida concurrencia; mas no por haber abandonado el mundo,
abandonó Sor Juana el cariño de la Virreina: antes bien, parece que la vida del
claustro, en las descalzas primero, y después en San Jerónimo, avivaron el
afecto que le profesaba. Prueba de ello son las muchas composiciones poéticas
que dedicaba a su bien amada Laura, nombre que, según la moda literaria de
aquel tiempo, encubría al de la Marquesa de Mancera. «La ternura material que
doña Leonor profesó a Sor Juana, dice Amado Nervo, fué correspondida por ésta
con ímpetu apasionado con que sabía devolver su corazón cariño purísimo a
cuantos la querían».
La
corte del Marqués de Mancera, según don Francisco Pimentel, era la de un
«magnate, cuya autoridad estaba bien constituida; una corte de estrecho
vínculo, es cierto, pero donde reinaban las costumbres galantes (y algunos
añaden que algo licenciosas) del reinado de Felipe IV». Sin embargo, fuera
de dos o tres acontecimientos, como la dedicación del templo de Jesús Nazareno
en 9 de octubre de 1665, a la que asistieron los Virreyes con grande ceremonia,
y el casamiento por poder de su hija con el tercero del duque del Infantado en
el último año de su gobierno, nupcias que bendijo el Arzobispo de México, Fray
Payo Enríquez de Ribera, y en las cuales «hubo mucha grandeza», hallamos que la
vida de doña Leonor Carreto deslizábase tranquila como la mansa corriente de un
arroyo; pudo por lo tanto dedicar gran parte de su tiempo al cultivo de las
musas, visitando, casi a diario, a la «décima» en su monjil retiro.
Terminado
el gobierno de Mancera, despidióse la Marquesa de la monja con mucho
sentimiento de ambas, convencidas como estaban de que no volverían a verse más
en este mundo, pero sin imaginarse que doña Leonor había de dormir su último sueño
en tierra mexicana. Así fué en efecto: salieron los Marqueses de Mancera, rumbo
a España, en 1674, mas al pasar por Tepeaca, enfermó y murió allí doña Leonor
Carreto y fué sepultada con gran pompa en la iglesia que los franciscanos
tenían en aquel histórico lugar.
¡Extraña
coincidencia! Este pueblo había sido tan antipático a la Marquesa de Mancera,
que cuando se enfadaba con los que la importunaban, solía exclamar: «¡Vayan al
rollo de Tepeaca!»[3].
Tan
infausto acontecimiento arrancó a la lira de Sor Juana este soneto, en el cual,
a través de sus conceptos gongorinos, se ve el hondo pesar que experimentó el
amante corazón de la religiosa:
«Mueran
contigo, Laura, pues moriste,
los
afectos que en vano te desean,
los
ojos a quien privas de que vean
la
hermosa luz que un tiempo concediste.
Muera
mi lira infausta en que influiste
ecos,
que lamentables te vocean,
y
hasta estos rasgos mal formados sean
lágrimas
negras de mi pluma triste.
Muévase
a compasión la misma muerte
que,
precisa, no pudo perdonarte,
y
lamente el amor tu amarga suerte;
pues
si antes, ambicioso de gozarte,
deseó
tener ojos para verte,
ya
le sirvieran sólo de llorarte».
VII
La
Marquesa de Paredes
El
tiempo, que cicatriza todas las heridas, fué mitigando la pena de Sor Juana, y
cuando a fines de 1680, hizo su entrada a México el Virrey don Tomás Antonio de
la Cerda y Enríquez de Ribera, Conde de Paredes y Marqués de la Laguna,
escribió una composición con el título de «Neptuno alegórico, océano de
colores», para adornar el arco triunfal erigido en el Empedradillo,
profetizándole seguramente su corazón la grande amistad que había de unirla con
los nuevos Virreyes. Quizá más que la Marquesa de Mancera, fué amada de la
«Décima Musa», la Condesa de Paredes, doña María Luisa Gonzaga, hija de don
Vespasiano Gonzaga, Príncipe de Guastala, de la Casa de Mantua, y de doña María
Inés Manrique de Lara. Así como había dado a la primera el nombre literario de
«Laura», denominó Sor Juana a la Condesa su «Lysi» muy amada, y fué tan grande
el cariño que le cobró, que son innumerables las composiciones de la poetisa a
ella dedicadas, o que a ella hacen referencia.
«Puede
decirse —dice Amado Nervo—, que no da un paso la Virreina, sin que la sigan los
rasgados ojos de Sor Juana, quien borda la vida diaria de Lysi, con rimas
resplandecientes. Va la Virreina a las huertas a divertirse con la amenidad del
sitio, y Sor Juana compone una florida loa en que hablan Céfiro, Bertumno,
Flora, Pomona, una ninfa de la Música, derrochando ingenio; otra loa en que
hablan Venus, Belona, la Concordia, Ninfas, Amazonas y dos coros de música,
celebra el cumpleaños del Virrey. Nace el hijo de éste, se bautiza y la monja
derrama lirismos apropiados, en los que jamás se olvida de enderezar hermosas
alusiones a Lysi».
Refiérese
aquí el poeta al bautismo del hijo de Paredes, José María Francisco, nacido el
5 de julio de 1683, quien recibió las aguas bautismales el 14 siguiente en la
pila de San Felipe de Jesús, de manos del Arzobispo de México y apadrinado por
el Provincial de los franciscanos, Fray Juan de la Concepción, acontecimiento
que fué celebrado con aparatosos fuegos de artificio, y banquete en palacio, al
que asistieron la Audiencia y Tribunales.
El
Virrey, por su parte, no dejó de impulsar, en cuanto estuvo en su mano, la obra
poética de la monja, mérito que, esperamos, recompensará los errores de su
gobierno, ya que, al decir de algunos historiados, éste no fué del todo feliz.
En
noviembre de 1686, entregó el mando el Marqués de la Laguna a su sucesor, don
Manuel de Potocarrero Laso de la Vega, Conde de la Mondo va (alias «Brazo de
plata», por tener el derecho, que había perdido en una batalla, de este metal),
casado con doña Antonia Jiménez de Urrea, Clavero y Sessé, hija de los Señores
de Belbeder, Condes de Aranda; pero permaneció en México hasta el 25 de abril
de 1688, y cuando, en 8 de julio de ese año, se celebró el casamiento de don
Juan Antonio de Vera con la hija del oidor Rojas, dióse el raro caso de servirle
de padrinos los cuatro Virreyes; pero esta circunstancia no fué de buen agüero
para los nuevos esposos, puesto que el 27 siguiente, falleció el de Vera.
Partieron,
pues, los Condes de Paredes y «mucho número de carrozas los fueron a dejar
hasta Guadalupe, con muchas lágrimas de la Virreina» —dice Robles; pero
mientras viva en México la memoria de Sor Juana Inés de la Cruz, vivirá también
la memoria de Lysi, a quien tanto amó.
En
España, la Condesa de Paredes fué Camarera Mayor de la Reina doña Mariana de
Austria. Tomó el Partido del Archiduque Carlos en la guerra de sucesión, y en
1713 salió de España para no volver más; murió en 1721. Don Juan Camacho Gayna,
Caballero de Santiago, le dedicó la edición que hizo de las Poesías de Sor
Juana, en Madrid, en 1689.
VIII
La
Condesa de Galve y las Duquesas de Atlixco y Alburquerque
Como
era tan pacífica la vida colonial de México, sobre todo comparada con la de las
Cortes de Madrid y de Versalles, las esposas de los Virreyes, especialmente a
fines del siglo XVII y principios del XVIII, tuvieron pocas oportunidades
para lucir, socialmente hablando. Los saraos y besamanos en palacio, las
funciones religiosas, las visitas a los conventos, los días de campo en San
Ángel o San Agustín de las Cuevas, con una que otra excursión a Guadalupe o los
Remedios, llenaban la vida de aquellas damas, vida que si carecía de emociones
fuertes, abundaba, en cambio, en suaves goces que hacían a las Virreinas cobrar
gran afecto a México, al grado que, cuando terminaba el período de gobierno de
sus maridos, partían generalmente en medio de copiosas lágrimas. La sociedad de
entonces, por su parte, no dejaba de encariñarse con sus gobernantes; de manera
que solían ir a despedirlos, con marcadas muestras de afecto, hasta San
Agustín, Guadalupe o la Piedad, la Real Audiencia, los Tribunales y las
personas más prominentes de la capital.
*
* *
Muy
devota de la Virgen de los Remedios fué la esposa del trigésimo Virrey Conde de
Galve, doña María Elvira de Toledo, hija del Marqués de Villafranca. En 1690
fué a ese Santuario a pasar una temporada que duró desde el 24 de agosto hasta
el 17 de octubre, y obsequió a la imagen —según Robles—, con «una lámpara y
ornamento que costó tres mil pesos».
El
día del famoso tumulto de 1692, «la señora Virreina —dice un testigo
presencial— también había salido aquella tarde a la catedral a visitar a
nuestra Señora de los Remedios, que se había traído, en rogativa por agua…; y
esta devota diligencia hecha, se fué a pasear al campo, lo que sobró de tarde;
y volviendo de paseo por la calle de San Francisco, que desemboca en la plaza,
entraron en ella, y sin duda perecería con la parte que la acompañaba de su
familia, si dos buenos hombres no la avisaron del riesgo a que iban; y tomando
la vuelta (que siendo de seis mulas no lo pudieron ejecutar en menor calle) el
coche, y noticiada S. E. hallarse el Señor Virrey en San Francisco, hizo
llegar a su portería el coche, y no tan sin susto, que número considerable de
tumultuados, conociéndole, no se arrojasen a él con amenazas y silbos; mas fué
Dios servido que, fuera del susto que se puede considerar, no experimentase más
daño S. E. ni la familia que la acompañaba».
En
el incendio que pusieron los sublevados al Real Palacio, sufrió la Virreina
grandes pérdidas, a pesar de los esfuerzos hechos por una de sus criadas,
llamada Ana Rufel, «a quien fué menester con violencia sacar la primera vez del
fuego por apartar de él lo que podía, y quien desde las casas arzobispales se
volvió al peligro por cuidar de la hacienda de sus amos».
Siete
años más tarde, de regreso ya en España, la Condesa de Galve mandó hacer
solemne función de gracias a la Virgen de los Remedios, por haber salido ilesa
del ataque que le opusieron los franceses a la flota en que había hecho el
viaje.
*
* *
Aparte
de haber sido una dama imperiosa y altiva, poco se sabe de la Virreina doña
María de Guzman y Manrique, de los Duques de Sessa, segunda esposa de don José
Sarmiento de Valladares (posteriormente primer Duque de Atlixco), viudo de doña
María Jerónima Moctezuma Jofre de Loaiza, cuarta nieta del infortunado
Emperador de México, y tercera Condesa de Moctezuma. Por cierto que la hija
única de este primer matrimonio, doña Francisca Dominga, murió de viruelas el
16 de julio de 1697, y fué sepultada con gran pompa en la iglesia de Santo
Domingo, en la capilla dedicada a la Virgen de los Dolores, que tenía esta
inscripción: «Capilla de Don Pedro Montezuma, Príncipe heredero de Montezuma, señor
de la mayor parte de la Nueva España».
*
* *
En
cuanto a la Duquesa de Alburquerque, doña Juana de la Cerda y Aragón (hija del
octavo Duque de Medinaceli), con motivo de cierto sonado matrimonio, que más
adelante relataremos, riñó en una ocasión con su marido; pero era en alto grado
caritativa, puesto que solía hacer frecuentes visitas a los hospitales,
especialmente al de San Juan de Dios, en donde asistía personalmente a los
enfermos, consolándolos y haciéndoles obsequios de dinero. Trajo consigo de
España a su hija pequeña llamada Ana Catarina, y el domingo 15 de julio de
1703, «a las cinco de la tarde —dice Robles—, fué el Señor Arzobispo al palacio
real a confirmar a la niña hija de los Señores Virreyes; estaban ya allá, los
Señores de la Audiencia, Tribunales y Caballeros y sus mujeres: fueron
asistentes de su Ilma. los Señores Deán y Arcediano; fué la función en el
Oratorio, donde estaban puestos aparadores de piezas de plata dorada y muy
ricos paños de manos. Fueron padrinos el padre Fr. Juan de San Bernardo,
religioso sacerdote de San Juan de Dios, y la dueña doña Clara. Al tiempo de
quererla confirmar levantó tal llanto, que obligó a sus padres a llorar
también, y teniéndola de los brazos se consiguió, habiéndose leído antes las
letanías o catálogo de los nombres, que fueron cincuenta y tres, los primeros
fueron Ana María de San José y Francisca Javiera; en el ínterin se dispararon
cuatro pedreros, y se hizo salva tres veces. Acabada la confirmación, hubo,
aguas, dulces, chocolate y música».
La
esposa del trigésimo quinto Virrey, Duque de Linares, quien sucedió al de
Alburquerque, fué doña María de Castro y Silva, hija del Marqués de Guvea, pero
no vino a México. Los Marqueses de Valero y Casafuerte fueron solteros, y no se
sabe que fueran casados ni el Duque de la Conquista ni el Conde de Fuenclara.
IX
La
Condesa de Revillagigedo
El
primer Conde de Revillagigedo, don Francisco de Güemes y Horcasitas,
cuadragésimoprimer Virrey, tuvo por esposa a doña Antonia Ceferina Pacheco de
Padilla y Aguayo, dama severa y no poco altiva. Aficionada a la buena música,
asistía todos los viernes de cuaresma a los misereres que con gran solemnidad y
arte entonaban los carmelitas en su convento; y en semana santa, con sus hijas
y damas a su tribuna de catedral, para escuchar sin ser vistas el coro de la
capilla, dirigida por el maestro don Ignacio Jerusalén, afamado músico de su
tiempo.
Agradábanle
también los paseos campestres a Ixtacalco y puntos cercanos, y muy especialmente
al Palacio que en Tacubaya construyera el Arzobispo Vizarrón «con sus
primorosos jardines, fuentes, y arboledas de crecidas huertas»; así como las
visitas a los conventos. El día 10 de septiembre de 1754, por la tarde,
«S. E. acompañado de la Excma. Señora Virreina —dice Castro Santa Anna—,
los señoritos su hijo e hijas, sus damas, varios caballeros y familiares,
entraron en el convento principal de nuestro padre San Francisco, porque dicha
Excma. Señora deseaba verlo por ser el más capaz y hermoso de esta ciudad; lo
circumbalan cuatro cuadras en que se incluye su hermosa iglesia y capillas,
pulidos claustros, anchurosos dormitorios, general noviciado, enfermería de
bella arquitectura. Gastaron toda la tarde en pasearlo, y en la celda principal
del reverendísimo padre comisario general, pasaron después a hacer mansión;
hallábase pulidamente aderezada, y allí se les ministró un opulento refresco,
siendo obsequiados por dicho reverendo padre y demás prelados de aquel
convento, de donde cerca de las ocho de la noche se retiraron a su palacio».
Como
gran dama que era, celebraba la Virreina los santos de los reyes y los suyos
propios con ceremoniosos besamanos y saraos.
En
octubre de 1755, tocando a su término el gobierno del Conde y llegado el momento
de partir, empezaron los Virreyes a despedirse de sus amistades y, al hacerlo
del Arzobispo, tanto éste como Revillagigedo se enternecieron por el gran
aprecio que mutuamente se tenían; abandonó primero la capital la Condesa con
sus cinco hijas, sus damas y criadas, acompañadas hasta Guadalupe por las
esposas de los ministros —«y más hubieran sido si su genio hubiera sido más
sociable y cariñoso»— con el objeto de oír misa en aquel santuario. Hízolo con
gran devoción, y después quiso besar la milagrosa imagen, para lo cual fué
preciso quitar el cristal que la cubría. Tanto a su partida como a la del
Virrey, efectuada a las tres y media de la tarde, disparóse una salva de
pedreros. Reunidos los esposos en Guadalupe, emprendieron el viaje a la
hacienda de Tepetates, propiedad del calatravo don Jacinto Martínez de Aguirre,
en donde permanecieron hasta la entrega del mando al nuevo Virrey, Marqués de
las Amarillas, ceremonia que se verificó en Otumba; el 10 de diciembre
prosiguieron para Jalapa, y embarcáronse el 9 de abril siguiente en el navío de
guerra «América».
Aunque
los Condes de Revillagigedo reunieron un gran caudal, al grado de que para
cargar su equipaje, necesitáronse más de doscientas mulas, la sabia
administración del Virrey fué de mucho provecho para la colonia; y su esposa,
entre otros rasgos de desprendimiento, regaló al Sagrario la mejor de sus
estufas, para que sirviera para llevar el Viático a los enfermos.
X
La
Marquesa de Las Amarillas
Don
Agustín de Ahumada y Villalón tuvo por esposa a su sobrina doña Luisa María del
Rosario de Ahumada y Vera, en su propio derecho Marquesa de las Amarillas[4],
dama en alto grado afecta a la ostentación y al lujo. Nombrado
cuadragésimosegundo Virrey de la Nueva España, se embarcó con su mujer en
Cádiz, y en el navío «America», el 4 de agosto de 1755. Don Antonio Joaquín de
Rivadeneyra Barrientos, que formaba parte del séquito, escribió una relación
del viaje en pésimos versos, que hizo imprimir más tarde en México, con el
título de «Diario Notable de la Excelentísima Señora Marquesa de las
Amarillas», y por dicha obra sabemos que el día 14 llegaron a Canarias, y cinco
después, decidieron los marineros hacer una fiesta en honor de los Marqueses, y
vistióse uno de ellos de Neptuno, pero ni éste ni los doce de su comparsa
«hicieron
cosa que notable fuesse,
ni
que con gracia alguna divirtiesse».
Más
afortunadas estuvieron las damas y los pajes de la Marquesa el día 25, cuando
representaron con buen éxito un entremés, un paso de comedia y una loa, escrita
ésta expresamente por un Padre Ronda, que se hallaba a bordo. Procuraban, pues,
aminorar el tedio de tan largo viaje con fiestas semejantes, pero la dama
sufría continuamente «muchíssimo mareo».
El
5 de septiembre avistó el «América» la Isla del Tabaco; el 14, con un calor
sofocante, arribó a Cuba; el 22 pescaron los marineros «hermosos pargos, lindos
meros», y, por fin, el 30 se divisaron las playas de la Santa Veracruz. Al
aproximarse a tierra, fué saludado el «América» con salvas de artillería por el
fuerte de San Juan de Ulúa y el «Asia» y el «Bizarra», dos navíos de la
escuadra de barlovento. Estaban ya para desembarcar los pasajeros, cuando se
desató furioso vendaval que por poco no echó a pique al Virrey y a toda su
comitiva, pero como a las cinco de la tarde, logró el bote del «Asia»
conducirlos a la soñada tierra de la Nueva España.
Participó
la Virreina de todas las ceremonias de recepción que a su marido tributaron las
ciudades de Veracruz, Tlaxcala y Puebla, así como la Colegiata de Guadalupe.
Por cierto que era de rigor que la Virreina entrase en ésta por la puerta del
Poniente, pero la Marquesa, según el Maestro de Ceremonias, «vino violenta y no
dió lugar a entrar» por allí, sino por la del Oriente. La recibieron cuatro
sacerdotes con sobrepellices, y la condujeron al Presbiterio, en donde se le
había dispuesto, del lado de la Epístola, un cojín. Decidió la Amarillas
transladarse inmediatamente a la Capital, sin esperar a hacerlo en compañía de
su marido; y partió para México, con gran acompañamiento de damas y caballeros
de distinción, escoltada por un piquete de caballería, a las órdenes de un
capitán apellidado Velázquez; fué saludada con salvas de artillería y repiques,
y acudieron a recibirla al Real Palacio, las esposas de los Oidores y
Regidores, «quienes la cortejaron».
Desde
el principio de su gobierno, menudearon saraos en palacio y fiestas al aire
libre, como eran animados paseos «al ameno y delicioso sitio de la Orilla (la
Viga)», y en canoas enfloradas a Ixtacalco, amén de serenatas en la plaza
mayor.
«El
1.º de diciembre de 1755 —dice Castro Santa Anna—, a la primer noche, frente
del tablado de SS. EE. se construyó otro que ocupaban los más diestros
músicos de esta ciudad, con todo género de instrumentos, tocando varios y
exquisitos conciertos: hallábanse todos los tablados iluminados; ocuparon el
suyo SS. EE., muchas señoras, personas de distinción y todo género de
gentes de distintas clases; duró este festejo el espacio de más de tres horas;
no se permitió entrar en la plaza coches ni gente de a caballo, por evitar
desgracias; tenía muchas teas que le adornaban».
No
se olvidó, sin embargo, la Marquesa de las Amarillas de hacer obras de caridad:
«Pocos días antes de las próximas Pascuas —dice Castro Santa Anna—, la Excma.
Señora Virreina en su palacio vistió de todo lo necesario a quince niños
españoles pobres a quienes después dió de comer, ministrándoles personalmente
las viandas y dándoles luego un doblón a cada uno de ellos».
Pero
en febrero de 1756, el hijo único de los Virreyes, don Agustín de Ahumada y
Ahumada, quien tenía sorbido el seso a sus padres, al grado de que, a pesar de
contar sólo dos años de edad, había sido nombrado capitán de la guardia de
infantería del Real Palacio, cayó víctima de un ataque, y la atribulada
Virreina acudió, «con los familiares que llevaba y veintidós pobres que juntó»,
a la iglesia de Monserrat, a impetrar el auxilio divino; y al regreso dió más
de cien pesos de limosnas a los que la acompañaron. Mas no quiso Dios que el
niño sanara, y el 1.º de marzo falleció, «moviendo a general sentimiento a
todos los moradores de esta ciudad la temprana muerte de este caballerito, por
lo que por sus gracias y hermosura se merecía».
Abandonaron
los Virreyes la capital y trasladáronse al Palacio del Arzobispo en Tacubaya,
con el fin de no presenciar las tristes ceremonias del sepelio de su hijo, que
principiaron al día siguiente, colocándose en la capilla del Real Palaacio una
cama con colgaduras de damasco carmesí y sobre ella el pequeño ataúd forrado de
terciopelo nácar, guarnecido de franjas de Milán, y cuya tapa, cantoneras y
tachuelas, eran de plata amartillada. Servíale de mortaja un hábito de monje
benito, pero adornaban el severo sayal ricos ahogadores de diamantes, «siendo
la guirnalda de los más costosos brillantes».
Concurrió
gran gentío a ver el cadáver, y al llegar la noche, se dispuso que se
transladara al convento de Santo Domingo, yendo por delante la caballería con
espada en mano, después la nobleza, familia de los Virreyes y parte de la
comunidad de dominicos, hasta alcanzar el número de ciento cincuenta, todos con
hachas encendidas. El ataúd era llevado en hombros por cuatro niños títulos y
seguían otros tantos pajes, que portaban en la tapa de aquél el espadín,
sombrero y bastón del difunto. Seguía la estufa principal del Virrey y a la
retaguardia la infantería del Real Palacio.
Tan
luego como llegó el fúnebre cortejo delante del convento de Santo Domingo,
tañeron las campanas y salió el resto de la comunidad a recibir el cadáver, el
cual colocaron en la sala principal del monasterio sobre una cama parecida a la
de la capilla de Palacio. Allí veláronlo toda la noche, y a la mañana siguiente
concurrieron las religiones de San Hipólito, Betlemitas, San Juan de Dios,
Jesuítas, Mercedarios, Carmelitas, Agustinos, Dieguinos y Franciscanos, quienes
entonaron el salmo «Laudate pueri dominum».
Llegados
la Real Audiencia, el Arzobispo y el Deán y Cabildo, «dió principio el
entierro, yendo por delante las parcialidades de San Juan y de Santiago[5],
con sus gobernadores, alcaldes y repúblicas, el colegio de niños de San Juan de
Letrán, la cruz de la santa Iglesia, con cien acompañados, niños, infantes,
música de la capilla, sus capellanes de coro, curas del Sagrario y sus
parroquias, venerable Deán y Cabildo, S. Ilma, de medio pontificad, el cuerpo,
a quien cargaban, alternándose, real audiencia y tribunales; seguía la
infantería, real tribunal del protomedicato, el del consulado, real
Universidad, nobilísima ciudad con títulos y nobleza, tribunal de la caja,
contadores de tributos y alcabalas, señores fiscales, real sala del crimen,
señores oidores con su decano, yendo en medio los señores coroneles don José
Basarte, presidente de la real audiencia de Guadalajara, y don Felipe
Caballero, secretario de S. E., quien llevó el lugar de doliente». Salió
el cortejo por la portería del convento, atravesó su extenso cementerio y
penetró por la puerta principal de la iglesia, en la que esperaban ya las
comunidades y los colegios.
Colocóse
el cadáver sobre un túmulo de cinco cuerpos con colgaduras de damasco carmesí y
galones de oro, al que alumbraban cien cirios de «cera de Castilla»; duraron
las honras fúnebres más de dos horas, y al ser sepultado el pequeño Ahumada en
la bóveda principal de la iglesia, tañeron las campanas de todos los templos y
se hicieron prolongadas salvas de artillería.
La
pérdida de su hijo hizo que aumentaran las pruebas de afecto que daba la sociedad
a los Virreyes y acudía gran concurso de gente al Palacio de Tacubaya a darles
el pésame; pero ninguna fué tan peregrina como la del alguacil mayor de la
ciudad de México, don José Álvarez de Eulate, y su mujer, doña Andrea de Anaya,
quienes hicieron donación «inter vivos» de todo su caudal a los Marqueses,
donación que a la postre no fué aprobada por el Consejo de Indias, viéndose los
Virreyes en la bochornosa necesidad de devolver a los esposos Eulate los bienes
que les regalaran.
No
mucho duró el pesar de los de las Amarillas, pues al poco tiempo emprendieron
de nuevo los días de campo a San Ángel y San Agustín de las Cuevas, así como
las visitas a los conventos, en donde eran recibidos bajo palio y obsequiados
con largueza; y un buen día —el 9 de octubre de 1756—, asombráronse los
habitantes de la metrópoli al ver que salía «del Real Palacio para el campo, la
Excma. señora Virreina a caballo, tocada de Gudriel, con sombrero, corbatín,
camisón, chupa, andriel y talas», y montada como hombre, aunque no se le veía
el pie en el estribo. Acompañábanla muchas personas de distinción, su
caballerizo, cuatro soldados, su estufa y el coche de cámara con los caballeros
pajes.
Esta
primera salida a caballo de la Marquesa de las Amarillas, llamó mucho la atención
del público «respecto a no ser practicable entre las señoras de estos reinos»,
pero de ahí en adelante fueron muy frecuentes los tales paseos, dirigiéndose
casi siempre la comitiva al bosque de Chapultepec, y de allí, por la calzada de
la Verónica, a alguna casa de campo de la Tlaxpana, en donde se servía un
excelente refresco.
A
consecuencia de un ataque de apoplejía, falleció el Virrey en Cuernavaca a
principios de 1760, y su viuda, encontrándose sin elementos, tuvo que acudir a
la generosidad del Arzobispo de México, don Manuel Rubio y Salinas, quien le
proporcionó los medios para regresar a España, en donde, años más tarde,
contrajo segundas nupcias con el Caballero Maestrante de Ronda, don Francisco
de Giles, y falleció muy anciana en Sevilla, a 10 de diciembre de 1791.
Sucedieron
al Marqués de las Amarillas, don Francisco Cagigal de la Vega, casado con doña
María de Monserrat; don Joaquín de Monserrat, Marqués de Cruillas, con doña
María Josefa de Acuña, hija del Marqués de Escalona; el Marqués de Croix,
soltero; don Antonio María de Bucareli, lo mismo; y don Martín de Mayorga, cuya
esposa, doña Josefa Valcárcel, según parece, no vino a México.
XI
Las
Gálvez
Siempre
que iba a celebrarse un «Auto de Fé», enviaban los Inquisidores atento recado a
los Virreyes, invitándolos para que asistieran a la ceremonia, y por lo tanto,
el 31 de mayo de 1783, se presentó en el Real Palacio el Secretario del
Tribunal don Juan Nicolás Abad, con «el recado político y de estilo» para Sus
Excelencias. Don Matías de Gálvez se excusó por estar sufriendo de gota, pero
su esposa, doña Ana de Zayas y Ramos, expresó «muy vivos deseos de ver la
Inquisición, diciendo que gustaría venir el lunes siguiente en que deben salir
los reos penitenciados a la vergüenza pública».
Como
era natural, los Inquisidores accedieron gustosos a que la Virreina efectuara
la visita, cuya descripción hicieron los Secretarios en estos términos:
«Hallándose
vacía la casa principal de esta Inquisición por fallecimiento del señor Inquisidor
Decano, Lic. don Nicolás Galante y Saavedra, y debiendo pasar al gran balcón de
ella Su Excelencia para ver el paseo, procedimos a ordenar con ricas
colgaduras, pantallas de plata, y muebles de la mayor decencia, la pieza en que
está situado, y en que había de recibirse a Su Excelencia, ejecutando lo mismo
respectivamente con las demás de tránsito, y al mismo tiempo preparamos lo
necesario para el almuerzo, que se dió a Su Excelencia, y su comitiva, en casa
del actual señor Inquisidor Decano, con el aparato y esplendor que exigía el
caso por el decoro del Tribunal».
«Efectivamente,
entró Su Excelencia como a las nueve y media de la mañana de dicho día al patio
de esta Inquisición y habiendo bajado al pie de la escalera los señores
Inquisidores, acompañados de los Ministros de este Tribunal (que estaban de
gala por salir al paseo con los reos) y con los señores don Francisco Javier de
Gamboa, y don Baltasar Ladrón de Guevara, Oidores de la Real Audiencia, a
quienes se dió noticia de esta visita como consultores de este tribunal, y
concurriendo también como amigos, y sin precedente recado, los señores don
Cosme de Mier y Trespalacios, Alcalde de Corte, y don Lorenzo Hernández de
Alva, Fiscal del Crimen, recibieron a Su Excelencia, que venía acompañada de su
sobrina la señora doña Ana Fernández, esposa del señor don Ramón de Posada,
Fiscal de lo Civil, de un Gentil-Hombre y de dos pajes, con dos alabarderos de
custodia, y su guardia ordinaria, en donde hechos los cumplimientos debidos, se
mantuvo hasta que se avisó de la salida de los reos, con cuyo motivo salió Su
Excelencia a verlos al corredor, y después fué al balcón a ver el paseo.
Entretanto, avisó el señor Fiscal Posada, consultor de este Tribunal, de no
poder asistir por sus urgentes ocupaciones, y llegó el señor don Vicente de
Herrera, Regente de esta Real Audiencia, a quien se dió igual noticia como
consultor; y pasó S. E. con su familia y guardia de alabarderos a ver las
Salas del Tribunal, y estando en la principal, sacaron los señores Inquisidores
sus dos respectivas llaves del Secreto, y el Secretario Abad la que le dejó el
Secretario Martínez por haber salido al paseo, y se le abrió la pieza de él y
también las dos puertas del cancel, con lo que quedó patente: y entonces,
habiendo dicho el señor Decano (con el fin de contener la comitiva) que
suspendía la Excomunión para S. E., entró a él como cuatro pasos, hasta
donde los señores Inquisidores y Secretarios pasaron. Vuelto a cerrar el
Secreto, y entregadas las llaves con la misma formalidad, bajó S. E. con
la misma comitiva a las cárceles (que custodiaban dos Ministros Eclesiásticos,
por haber salido al paseo los Seglares) y miró una y otra de las que estaban
vacías; y en esta forma fué visitando lo restante de esta Inquisición; y
pasando después a visitar las casas de los señores Inquisidores, y pasando en
la del señor Inquisidor Decano, se le sirvió en ella el almuerzo preparado de
treinta cubiertos, que admitió S. E. con las mayores demostraciones de
aprecio, comiendo con satisfacción y gusto, haciéndole los platos los señores
Regente y Consultores, los señores Inquisidores y Secretarios Comisionados, ya
puestos a su lado, y ya desde sus asientes. Lo que concluido, y vuelta
S. E. al estrado, se despidió cerca de medio día y volvió a tomar su coche,
en el mismo patio principal de esta Inquisición, hasta donde llegaron a
despedirla los señores Inquisidores, Consultores y Ministros del Tribunal,
manifestando dicha señora Virreina la mayor gratitud y aprecio del obsequio
hecho, expresando después en su Palacio (según han sabido los informantes) que
en ningún agasajo público de cuantos se le habían hecho por los cuerpos de esta
capital había estado tan complacida, ni había comido tan a gusto».
El
3 de noviembre siguiente, el fúnebre son de las campanas de todos los templos
anunciaba a la ciudad de México que el Virrey y Capitán General de la Nueva
España, don Matías de Gálvez, pasaba a mejor vida, después de una enfermedad
tan larga como penosa. Por ser el día siguiente el de S. M. C. don Carlos III,
no se efectuó el entierro sino hasta el 8, en que, con gran pompa, fué inhumado
el cadáver en la iglesia del Convento de San Fernando, siendo la primera vez
que se veían en México unos funerales verdaderamente militares con arreglo a
ordenanza. Había permanecido el cadáver, mientras tanto, embalsamado, en
Palacio, regado por las lágrimas de su viuda. Si poco brilló doña Ana de Zayas
en la sociedad del virreinato durante el gobierno de su esposo, mucho menos
había de hacerlo después de él; así es que no se vuelve a tener noticia de ella
hasta el 2 de enero de 1786, fecha en que abandonó la capital de la Nueva
España, para dirigirse a la vieja. Acompañáronla en su coche, hasta la Villa de
Guadalupe, sus hijos los Condes de Gálvez, Virreyes desde junio de 1785, y muy
distinguida concurrencia.
*
* *
Cuando
el hijo de los anteriores, don Bernardo de Gálvez, mandaba la expedición que
reconquistó la Florida, conoció en Nueva Orleans a las hermanas Saint-Maxent,
bellísimas criollas de origen francés, la mayor de las cuales estaba casada con
el Gobernador de la Luisiana, don Luis de Unzaga, posteriormente Capitán
General de Caracas y de Cuba. No sólo el corazón de don Bernardo fué
impresionado, sino también el de dos de sus oficiales: don Juan Antonio de
Riaño y don Manuel de Flon. Gálvez casó con doña Felicitas, de belleza
peregrina, si no mienten las historias, y sus oficiales con doña Victoria y
doña Mariana, respectivamente. Riaño fué posteriormente caballero del hábito de
Calatrava e Intendente de Valladolid —hoy Morelia— y Guanajuato, y pereció
gloriosamente en el ataque que hizo la gente de Hidalgo a la Alhóndiga de
Granaditas en 1810. Don Manuel de Flon, Conde después de la Cadena, fué
Intendente de Puebla, y se hizo aborrecer de los insurgentes por sus medidas
harto severas para con ellos.
Nombrado
Virrey de Nueva España en 1785, Gálvez tomó posesión del gobierno con la
acostumbrada solemnidad, el 17 de junio, pero su esposa entró a México antes
que él, dirigiéndose de la Villa de Guadalaupe a la Capital en coche, escoltada
por los cuadrilleros del Real Tribunal de la Acordada, cuatro alabarderos al
estribo y un piquete de dragones. Fué recibida con flores, cohetes y vivas y
saludada con una salva de quince cañonazos.
Desde
que empuñó las riendas del gobierno, quiso el Conde de Gálvez hacerse popular
con sus gobernados; y, procurando estar en íntimo contacto con el pueblo,
aprovechó cuantas ocasiones se le presentaron para lograr su objeto.
«Su
aire galante, festivo y caballero, —dice don Carlos María de Bustamante—, no
menos que el de su esposa, joven hermosa, a la par que amable, le atraían una
benevolencia general e ilimitada. Al presentarse al público en un quitrín,
manejando por sí los caballos, llevando a su esposa al lado, se poblaba el
viento de repetidas y festivas aclamaciones».
Solía
concurrir en esta guisa, a la plaza de toros y a la Alameda; y muy a menudo
paseábanse los Virreyes a pie por los portales de Flores y Mercaderes.
Leemos
en el Diario de José Gómez, el Alabardero, que el 30 de octubre de 1785, «salió
el Señor Virrey con la oficialidad a pasear al portal: el día 31 del mismo, en
la noche, volvió con la Señora Virreina, y el día 1.º de noviembre fué al mismo
paseo, cosa que no se había visto en el reino, entre los señores. La noche de
este día fué con la Señora, niños y toda la familia a dicho portal, y también
fueron cuatro alabarderos acompañando a su Exa.».
No
contento con esto, deseaba ganarse la voluntad del ejército, y al efecto, con
el pretexto de que su hijo don Miguel de Gálvez y Saint Maxent, sentara plaza
de soldado en el regimiento de granaderos de Zamora, el día 12 de septiembre
convidó a todo este cuerpo y a otros militares a un refresco en la azotea de
Palacio, que mandó decorar convenientemente con artística enramada, y tanto él
como la Condesa conversaron con los granaderos y soldados con la mayor
confianza y llaneza.
Prestábase
la sociabilidad de la Virreina a toda clase de festejos y saraos; y en cierta
ocasión la obsequiaron don Manuel Antonio Valdés y don Felipe de Zuñiga y
Ontiveros, editor e impresor, respectivamente, de la Gaceta de México, con «un
globo aerostático de tan peregrina invención que, según las noticias de cuantos
se han construido en el reino y el común aplauso de este, no ha tenido
semejante». Elevóse en el patio principal de Palacio y «era perfectamente
esférico, de veinte varas de circunferencia, y de cuarenta y cuatro libras de
peso. Colocáronsele en quatro andanas más de cincuenta faroles, y a corto
trecho de su cuello varias invenciones de fuego. Luego que comenzó a elevarse
se dexó ver de todos un letrero de luces que decía: VIVAN SS. EE. Siguióse
la iluminación de un hermoso zodiaco compuesto de más de ochenta estrellas:
después la de quatro gallardetes de quatro varas de largo, y habiendo despedido
cantidad de buscapiezes y culebrinas, concluyó con un tiempo de Cohetes que
corrieron orizontales. Elevóse a una altura tan grande que ya apenas se
distinguían las luces de los faroles, y después de haber dado una completa
diversión al distinguido concurso, siguió su giro orizontalmente hasta ir a
caer a un lado del Peñol».
En
los días de su cumpleaños o los de su esposo, concurría al teatro, el cual se
iluminaba profusamente, y era recibida con loas y otras composiciones
encomiásticas.
El
destino, sin embargo, preparaba un rudo golpe a los Condes de Gálvez. En
octubre de 1786 enfermóse don Bernardo, y con el ánimo de mudar temperamento,
transladóse la Corte Virreinal al Palacio Arzobispal de Tacubaya, pero allí
sorprendió la muerte al Virrey, al amanecer del día 30 de noviembre. Efectuóse
el entierro en San Fernando, en donde, como hemos dicho, estaba sepultado su
padre, don Matías de Gálvez, pero sus entrañas, por desearlo así su esposa,
fueron depositadas bajo el altar de los Santos Reyes en Catedral.
Grande
fué el pesar de doña Felicitas Saint Maxent, mayormente cuando esperaba el
nacimiento de un hijo; en fecto, el 11 de diciembre dió a luz «una muy robusta
y hermosa niña», noticia que circuló inmediatamente por toda la metrópoli.
Hallábanse
celebrando Cabildo ordinario los Concejales del Ayuntamiento de México, cuando
se les comunicó tan fausta nueva, y queriendo dar a la Virreina una prueba de
estimación, así como honrar la memoria del Conde de Gálvez, a quien tanto debía
el Reino y muy especialmente la ciudad de México, decidieron ofrecerse como
padrinos de la niña, y nombraron a dos de entre ellos para felicitar a la
Condesa y hacerle presente su pretensión y deseo.
Necio
sería de nuestra parte intentar la descripción del bautismo de esta niña,
cuando lo ha hecho la bien cortada pluma de don Luis González Obregón.
«Se
presentaron, pues, —dice este historiador—, los dos capitulares en Palacio, y
habiendo comunicado a S. E. el propósito que allí los llevaba, la de Saint
Maxent agradeció en todo lo que valía tan sin igual honra; pero no la aceptó
desde luego, pues ya había invitado como compadre al señor don Fernando Joseph
Mangino, del Consejo de S. M. en el de Hacienda, Juez Superintendente de
la Real Casa de Moneda, del Real Apartado de Oro y Plata, de Media Anata y
Servicio de Lanzas, sub-delegado del Excmo. Sr. Superintendente General del
Ramo de Reales Azogues, y Presidente de la Real Academia de San Carlos.
»Desairar
a un señor de tantos títulos hubiera sido un imperdonable delito de lesa
cortesía; mas habiendo mediado entre los regidores y el señor Mangino algunos
cumplimientos, “tuvo éste —dice ‘La Gaceta’— la generosidad de ceder su derecho
en obsequio del buen nombre del excelentísimo señor Virrey difunto, y por no
defraudar a su noble posteridad del honor que en todo tiempo podía resultarle
con tal demostración pública”.
»Resuelta
la dificultad que se presentaba, quedaron como padrinos del Santo Sacramento
del Bautismo, la Imperial Ciudad, y del de Confirmación, el señor don Fernando
Mangino; ítem más, se ofreció para administrarlos el Ilmo. Sr. Arzobispo don
Alonso Núñez de Haro y Peralta.
»La
ceremonia fijóse para la mañana del 19 de diciembre de 1786, y se propusieron
para la Noble Ciudad, y con acuerdo y asignación de la madre de la criatura,
para que tuvieran a ésta en la pila del bautismo, al señor coronel don Franciso
Antonio Crespo, Caballero de la Orden de Santiago, y a la señora doña María
Josefa de Villanueva, Altamirano y Barrientos, esposa del Regidor Decano, don
Joseph Ángel de Cuevas, Aguirre y Avendaño, señor de la Fortaleza y Valle de
Tebra en el Reino de Galicia.
»Por
orden del Arzobispo se colgó y adornó magníficamente la Parroquia del Sagrario,
en donde se había de celebrar el bautizo[6].
»Por
su parte el Ayuntamiento adornó sus Casas Consistoriales, los balcones y las
almenas, con elegantes cortinajes de damasco y con banderolas, y obtuvo de la
Real Audiencia, que entonces gobernaba por muerte del Virrey, que franquease la
tropa necesaria de los Regimientos de Zamora y la Corona, para que formasen
valla desde Palacio hasta el Sagrario, y una compañía de Granaderos de Zamora
para que cuidasen del orden en el interior del templo.
»Ocho
días transcurrieron en estos arreglos y preparativos; pero por fin llegó el día
19 fijado de antemano para la celebración de la ceremonia.
»El
Ayuntamiento, bajo Mazas, se transladó al Real Palacio; subió, recibió a la
niña, y a las diez y media de la mañana salió por la segunda puerta,
dirigiéndose por frente a las Casas Consistoriales, torciendo después a la
derecha por el portal de Mercaderes, y pasando en seguida delante de la
Catedral, entró por la puerta del costado del Sagrario.
»La
comitiva guardaba el siguiente orden, según dice “La Gaceta”: Delante llevaba
sus Atabales y Clarines con todos los Ministros de Justicia. A éstos seguían
los Mazeros en coche, detrás en otros los Escribanos y subalternos de Cabildo,
luego iba en una magnífica carroza la señora doña María Josefa de Villanueva,
conduciendo a la niña, y acompañada de una de las damas de la excelentísima
señora Virreina viuda, después seguían en coches de gala todos los Caballeros
Capitulares y algunos de los convidados, que se hallaban a la sazón en Palacio,
de dos en dos; el penúltimo coche lo ocupaban el señor don Fernando de Mangino
y el Caballero Regidor Decano, y por último, cerraba la comitiva el coche de la
Justicia, compuesta del señor Corregidor, Alcaldes Ordinarios y Alguacil Mayor.
»A
tan selecto acompañamiento, lo esperaba en el Sagrario, uno más numeroso, no
menos lucido, que lo componían los RR. Prelados de las Religiones, señores
Ministros, Canónigos, jefes militares y de oficinas, la oficialidad de la
guarnición, y toda la nobleza de México, que habían sido invitados con
anterioridad para presenciar y autorizar aquel acto.
»La
ceremonia dentro del templo, fué grandiosa y solemne, con todos los ritos que
previene la religión cristiana.
»El
Ilmo. Sr. Haro, vestido de Pontifical, administró los sacramentos a la niña, a
quien pusieron en el bautismo los nombres de María Guadalupe Bernarda Isabel Felipa de Jesús Juana Nepomucena
Felicitas, y en el de confirmación se le añadió el de Fernanda. Durante la ceremonia sirvieron de asistentes, con capa
pluvial, los señores doctores don Luis de Torres, Arcediano; don Joseph Ruiz de
Conejares, canónigo; don Miguel Primo de Rivera, racionero, y don Joseph
Carrillo, medio racionero.
»Terminada
la función, que duró hasta después de las doce, la recien bautizada fué de
nuevo conducida a Palacio por las mismas calles, pero en esta vez su carroza
ocupaba el lugar de preferencia, detrás del coche de la Justicia.
»En
seguida el Ayuntamiento cumplimentó a la Virreina, regresó a sus Casas
Consistoriales, y desde los balcones se arrojaron algunas monedas al pueblo.
Por la noche, además de iluminarse profusamente el Cabildo, “hubo muchos y bien
dispuestos fuegos artificiales”.
»Regaló
la ciudad a la Señora Virreina, dice el Alabardero, un hilo de perlas que costó
once mil pesos, y otro para la niña que costó cuatro mil; el señor Arzobispo
dió plato, cuchara, tenedor y cuchillo de oro, y lo mismo el señor Mangino, y
la Señora Virreina regaló a la comadre un corte de vestido bordado que valía
mil pesos, y al señor Arzobispo una caja de oro guarnecida de esmeraldas, y un
pectoral de diamantes, y al señor Mangino dos cortes de vestido muy especiales,
y al señor Corregidor un bastón con puño de oro guarnecido de diamantes».
Resintióse
sobremanera la salud de la Condesa de Gálvez con estos acontecimientos, al
grado que, en 17 de febrero, pidió que se le administraran los últimos
Sacramentos; mas, afortunadamente, restablecióse pronto. Decidió emprender el
viaje a España, aunque dolíale en extremo abandonar la mexicana tierra,
sepultura de su esposo y cuna de su hija. El 23 de mayo dirigió una carta a su
compadre el Ayuntamiento, anunciándole su partida y ofreciéndose a las órdenes
de la muy Noble, muy Leal e Imperial Ciudad de México, a la cual contestó el
Cabildo en términos no menos corteses y sentidos; y el día 24 determinó decir
su postrer adiós al sepulcro de su esposo. Presentóse a la media noche con sus
hijos y familia en la iglesia de San Fernando, que se hallaba iluminada, y fué
recibida en la puerta por toda la Comunidad; después de haber orado largo espacio
de tiempo ante la tumba del Conde de Gálvez, «se abrazó de la lápida —dice “La
Gaceta”— no queriendo admitir consuelo hasta dejarla regada con sus tiernas
lágrimas, a que acompañaba los más dolorosos ayes y suspiros».
A
las diez de la mañana siguiente, emprendió su viaje, y embarcóse en Veracruz el
9 de junio, en el navío de guerra «Astuto».
*
* *
El
51.º Virrey, don Manuel Antonio Florez, tuvo por esposa a doña Juana María de
Pereyra; y su sucesor, el segundo Conde de Revillagigedo, no fué casado.
XII
La
Marquesa de Branciforte
Cuando
se supo en México que había sido nombrado Virrey de la Nueva España, el Excmo.
señor don Miguel de la Grua Talamanca y Branciforte, Marqués de Branciforte, se
despertó grandemente el interés de la Sociedad de la Colonia, por estar casado
dicho personaje con una hermana del verdadero señor de las Españas, don Manuel
de Godoy, Príncipe de la Paz, valido del pusilánime Carlos IV. Era, en
efecto, la Marquesa de Branciforte señora de muchas campanillas, dama de honor
de la Reina y de la Banda de María Luisa; y, cuando el Virrey hizo su entrada
pública a la Ciudad de México, las esposas de los Oidores, queriendo honrarla
de especial manera, se reunieron en los corredores de Palacio para recibirla.
Branciforte
demostró, desde un principio, que su único afán era enriquecerse, y no desdeñó
en apelar a adulaciones al monarca y a otros medios ruines para conseguir su
objeto, en los cuales, se dice, tomó no pequeña parte su esposa doña María
Antonia de Godoy y Álvarez, quien, prendada de las perlas que resplandecián
sobre los pechos y brazos de las grandes damas de la corte virreinal, ideó una
manera de engañar a las sencillas mexicanas en provecho propio. Como notaran
los Virreyes que lo que hacía la Branciforte era en seguida copiado por las
damas de la colonia, convidaron en cierta ocasión a palacio a toda la
aristocracia de entonces y cuál no sería la sorpresa de ésta, al notar que la
Virreina no ostentaba ni una sola perla, si no magnífico aderezo de corales.
Mayor fué el asombro de la concurrencia al oír de los autorizados labios de los
Virreyes, que las perlas ya no estaban de moda, sino únicamente los corales. En
los días siguientes, las poseedoras de perlas despojáronse de ellas a vil
precio, y compráronse corales, mientras que los Branciforte, de tras mano,
efectuaban una verdadera pesca milagrosa.
Sea
de esto lo que fuere, lo cierto es que su mismo afán de adular a Carlos IV
fué causa de que Branciforte dotara a México con una obra de arte única en toda
la América, y con pocas superiores en Europa. Nos referimos a la estatua
ecuestre de dicho monarca erigida en la plaza principal de México,
provisionalmente de madera, pero luego fundida en bronce por el insigne don
Manuel Tolsá. Las fiestas con que se celebró la inauguración de esta estatua
han sido descritas por varias plumas, y no tenemos por qué repetirlas; bástenos
recordar que en ese acto doña Antonia de Godoy y su marido arrojaron, desde el
balcón de Palacio, tres mil medallas de plata y bronce, motivo poderoso para
captarse, aunque por breve espacio de tiempo, las simpatías del pueblo.
El
día 9 de agosto de 1794 dió a luz la Virreina una niña, y se preparó su
bautismo como correspondía a tan encumbrado infante. Al día siguiente acudió
muy lucida comitiva al Sagrario, en donde esperábala el Arzobispo, don Alonso
Núñez de Haro y Peralta, revestido de Pontifical. Limitóse la ceremonia a echar
a la niña el agua, reservándose la imposición del óleo y crisma para cuando
regresasen los Marqueses a España, por haberles prometido el Rey apadrinar a su
hija. Aquí hizo sus veces el Conde de Contramina, don Francisco Pérez de
Soñanes, Caballero de Santiago, Teniente Coronel de Milicias Provinciales de
Tetela e íntimo amigo de Branciforte; y pusiéronse a la recien nacida los
siguientes nombres: María, Carlota,
Luisa, Guadalupe, Carmen, Manuela, Francisca de Paula, Antonia, Micaela,
Lucrecia, Josefa, Patricia, Justa, Lorenza, Ángela, Romana.
En
seguida se le impuso la Banda de la Orden de María Luisa, que esta Reina había
prometido a su Dama de honor, si daba a luz una hembra, ¡cosa que no se hacía
más que con los hijos de Reyes!
Las
singulares pruebas de afecto, que tanto en México como en España recibieron los
Branciforte de Carlos IV y María Luisa, no impidieron que, andando el
tiempo, volteasen la casaca y se afiliaran al partido de José Bonaparte.
Don
Miguel José de Azanza, sucesor de Branciforte, casó con su prima doña María
Josefa Alegría, viuda de don Francisco Pérez de Soñanes, Conde de Contramina,
en el Palacio Arzobispal de Tacubaya, el 22 de abril de 1800, pero como ya
había dejado el gobierno, dicha señora no puede considerarse como Virreina. Al
día siguiente de su boda, salieron para San Cristóbal Ecatepec y embarcáronse
en Veracruz, en mayo.
Don
Félix Berenguer de Marquina fué soltero.
XIII
Doña
Inés de Jáuregui
La
Virreina que más ha sufrido a manos de los historiadores ha sido, sin duda,
doña María Inés de Jáuregui y Aróstegui, esposa de don José de Iturrigaray; a
tal grado se han exaltado las pasiones con los sucesos políticos, que en la
época de este Virrey se desarrollaron.
Cuando,
en 4 de enero de 1803, llegaron a Guadalupe los nuevos gobernantes, «la
concurrencia —dice Bustamante— se retiró complacida con el trato afable y
popular de la Virreina, señora de regular figura y de un comportamiento airoso
y galán». Su esposo, por su parte, era «caballeroso, muy afecto a las
diversiones y fiestas públicas y muy digno en todo, menos en los negocios en
que se versaba dinero,» según don Francisco Sosa, quien asegura que doña Inés
«ayudaba a Iturrigaray en sus especulaciones y que todos los que pretendían
colocación, favor o el arreglo de cualquier negocio, a ella acudían,» siendo
«agente muy activo y eficaz para estos indignos manejos una dama llamada doña
Joaquina Arangúren, nativa de Navarra, que siempre estaba al lado de la
Virreina».
Apenas
tomara posesión del Virreinato, Iturrigaray demostró su afición a las
diversiones públicas, como eran las corridas de toros y peleas de gallos, y el
21 de febrero sucedió un acontecimiento memorable. Fué el caso que, estando la
plaza de El Volador henchida de gente para presenciar la corrida de toros que
iba a empezar, en el acto de partir la plaza los Granaderos de Comercio,
sobrevino un eclipse de sol que llenó de pavor a los doce mil espectadores allí
reunidos. Cuando apareció de nuevo el astro del día, fué tal el contento de
todos, que empezaron a aplaudirlo frenéticamente, mientras la música tocaba
diana.
Débese
a estos Virreyes la introducción en México de la vacuna. Poco después de que
ésta se descubriera en Inglaterra, Iturrigaray la hizo traer de La Habana para
propagarla, y la Virreina consintió en que el primer experimento se hiciese en
su hijo Vicente, de veintiún meses de edad.
Como
era la primera dama de la Colonia, no fué extraño que fuera asiduamente
cortejada y que contrajera íntima amistad con las principales señoras de la
aristocracia; pero, con ninguna más que con la segunda Condesa de Regla,
posteriormente Marquesa de Villahermosa de Alfaro. Casi no pasaba día sin que
se viesen, llegando su intimidad a grado tal, que se prestaban mútuamente
alhajas y hasta prendas de vestir.
Todos
se disputaban el honor de obsequiarla, y en 1805, se escogió su cumpleaños, 21
de enero, para inaugurar las nuevas obras de aguas recogidas en Coajimalpa.
A
pesar de todo, la maledicencia quiso mancillar la honra de doña Inés de
Jáuregui, haciendo correr la versión de que tenía relaciones con don Ignacio
Obregón, apuesto caballero, deudo cercano del Conde de Valenciana, Coronel del
Regimiento de Dragones de Nueva Galicia, quien, según Alamán, gastó grandes
sumas en su obsequio; pero, como dice muy bien don Genaro García, siendo la
Virreina de cincuenta años de edad, poco más o menos, el afecto que Obregón le
profesaba debe haber sido sobremanera respetuoso, casi filial.
Entre
los sucesos, reales o fingidos, que precedieron la prisión de Iturrigaray en
1808, no debemos olvidar que se decía con insistencia que éste intentaba
proclamarse Rey de México, con el título de José I, y que la Virreina
admitía de sus domésticos el tratamiento de Majestad, especies que se
propalaron tan rápidamente, que hasta se dijo que el célebre artífice Rodríguez
Alconedo estaba labrando la corona para el nuevo monarca. ¡Asegurábase, además,
que sus hijas pretendían tomar los títulos de Princesas de Texcoco y de
Tacubaya!
Absurdas
como eran estas especies, se tomaron como pretexto, entre otras, por el partido
europeo, para fraguar la conspiración en contra de Iturrigaray. En la noche del
15 de septiembre, concurrió con su esposa al teatro, y al terminar la función,
retiróse a palacio y se recogió sosegadamente «sin hacer el menor aprecio del
aviso que le dió doña Inés, de que notaba desde el balcón una reunión
considerable de gente». Después de la media noche, se introdujeron en Palacio
los conjurados y mientras unos aprehendieron al Virrey, otros rompían la puerta
de la alcoba de doña Inés, quien huyó espantada y semidesnuda a refugiarse en
su tocador con su hija Pilar, de trece años de edad, y Vicente, niño aún.
Arrojáronse los asaltantes sobre el lecho de la dama, desgarraron las sábanas
con los tacones de sus botas e hicieron pedazos el dosel con los cañones de sus
fusiles, todo en medio de las bromas más insolentes. En cuanto pudo, se
presentó la Virreina en la alcoba de su marido, y al verlo, exclamó entre
sollozos:
—¡Gracias
a Dios que te veo, pues creía no encontrarte con vida, lo mismo que a mis
hijos!
Permanecieron
los Virreyes y sus hijos, custodiados por centinelas, hasta las tres de la
mañana, hora en que fueron sacados de Palacio por los conjurados, y llevados,
Iturrigaray y los dos mayores a la Inquisición, y doña Inés, con Pilar y
Vicente, en la silla de manos del Arzobispo, al cercano convento de San
Bernardo, yendo la Virreina «tan afligida y consternada que al corazón más duro
movía a compasión y lástima».
Se
quedó doña Inés con las bernardas hasta el 6 de octubre siguiente, en que salió
de México para Veracruz, escoltada por cincuenta dragones, y acompañada por el
Capitán de Artillería don Manuel Gil de la Torre y don José Ignacio Uricena,
Oficial de Voluntarios, quienes la trataron durante el viaje con toda la
atención y cortesía debidas a su sexo y al alto puesto que ocupara. Reunida en
San Juan de Ulúa con su marido e hijos mayores, que habían sido conducidos allí
el 21 de septiembre, embarcáronse en el navío «San Justo», que zarpó para Cádiz
el 6 de diciembre.
En
aquel puerto permaneció doña Inés algunos años, mientras seguía la causa de
infidencia formada al Virrey depuesto; y no debió ser muy halagüeña su
situación, puesto que de ella se queja constantemente en sus cartas a la
Marquesa de Villahermosa, al grado que ésta, en varias ocasiones, la ayudó con
sumas de dinero.
Cuando
se sobreseyó la causa de infidencia de Iturrigaray, siguió la de residencia y
condenósele, a la postre, al pago de fuertes sumas; pero, como falleció el
acusado en Madrid, a 3 de noviembre de 1815, doña Inés se trasladó a México con
su familia, para solicitar que no se diese cumplimiento a la sentencia, para lo
cual hizo valer los méritos que Iturrigaray había contraído, por haber sido el
primer autor y promovedor de la independencia.
Radicóse
la ex Virreina en Tacubaya, en donde llevó una vida bastante modesta y
retirada, hasta su muerte acaecida en 24 de junio de 1836, a los 77 años de
edad; y fué sepultada en la Parroquia, en la Capilla del Santísimo Sacramento,
en donde hasta hace poco se veía su tumba.
La
esposa de don Pedro Garibay fué doña Francisca Javiera Echegaray, prima hermana
de Clavigero, según Beristáin; la de don Félix Calleja, doña Francisca de la
Gándara; y la del Conde del Venadito, doña María Rosa Gastón, según Bustamante
«un modelo de virtud», quien después del ataque de los insurgentes en la
Hacienda de Virreyes, trató a los prisioneros de éstos «con una caridad
cristiana, pues a los heridos les asistió y curó personalmente en la Venta de
Ojo de Agua que estaba inmediata, preguntándoles con una sencillez angelical
por qué habían obrado de aquel modo, pues su marido ni su familia venían a
hacerles mal ninguno, sino a mirarlos como a hijos».
El
último Virrey, don Juan O’Donojú estuvo casado con doña Josefa Sánchez Barriga.
La
esposa de Iturrigaray fué la última Virreina que brilló en todo su esplendor en
la Ciudad de México, pues sus sucesoras pasaron desapercibidas, debido
indudablemente a la época de continua lucha que se entabló con los insurgentes,
y que culminó en la consumación de la Independencia en 1821. Puede decirse, por
lo tanto, que con doña Inés de Jáuregui dió fin la serie de grandes damas que
inscribieron sus nombres en la historia, como Virreinas de la Nueva España.
Procesiones y paseos
La Virgen de Guadalupe
A
diferencia de la Virgen de los Remedios, cuyas visitas a la Ciudad de México
han alcanzado mayor número de setenta, la de Guadalupe solamente una vez
abandonó su santuario a la falda del Tepeyac, para hospedarse en la
metropolitana iglesia.
Nadie
ignora que la ciudad que, sobre las ruinas de la antigua Tenochtitlán,
erigieron los conquistadores, se ha visto, no una, sino varias veces, invadida
por las aguas pluviales que no pudieron contenerse en los vasos de los lagos
cercanos; tanto que, en los primeros tiempos del virreinato, se pensó
transladarla a las lomas de Tacubaya, proyecto del que se desistió al
considerar el monto de los edificios ya construidos; y decidióse, en cambio,
emprender el desagüe del Valle de México, cuyas monumentales obras no se vieron
del todo concluídas sino hasta nuestros días.
Pero
ninguna de las numerosas inundaciones que antaño afligieron a los habitantes de
México, alcanzó las proporciones que la de 1629, debido a las copiosísimas
lluvias que empezaron a caer desde los primeros meses del año, y que arreciaron
en la noche y día del 21 de septiembre, por lo que se les dió el nombre de «El
aguacero de San Mateo». Los barrios bajos de la ciudad fueron los que más
sufrieron desde un principio, puesto que, siendo la mayoría de sus casas de
adobe, desmoronábanse fácilmente, y, al derrumbarse, sepultaban bajo los
escombros a sus infelices moradores.
El
5 del citado mes, hallábanse ya casi todas las calles de la ciudad bajo de
agua, al grado de que fué preciso traficar por medio de canoas; muchos
religiosos abandonaron sus conventos y más de veintisiete mil personas
emigraron a la ciudad de Puebla.
El
día de San Mateo, antes citado, las lluvias, que cayeron durante treinta y seis
horas consecutivas, hicieron subir el nivel del agua hasta dos varas sobre las
calles más altas.
Largo
sería enumerar los actos caritativos que en esa ocasión desplegaron, tanto el
Arzobispo de México, don Francisco Manso y Zúñiga, como el Virrey, don Rodrigo
Pacheco Osorio, Marqués de Cerralvo, repartiendo aquél en una canoa provisiones
a los más necesitados, y aposentando y manteniendo éste a numerosas personas
durante más de seis meses.
Invadidos
por el agua como estaban los templos, y, deseando que las prácticas religiosas
no quedasen interrumpidas cuando más necesitaban los infortunados habitantes de
México impetrar la divina clemencia, ordenó el Arzobispo que se dijeran misas
en tablados, que para ello se erigieron en las encrucijadas, así como en los balcones
y aun en las azoteas de las casas; y era de verse cómo el pueblo las oía, «no
con el respetuoso silencio que en los templos —dice el P. Alegre—, sino antes
con lágrimas, sollozos y clamoreos que a los ojos sacaba un tan nuevo y
lastimoso espectáculo».
«Carrozas
ni cavallos, escribe el P. Franco, no fueron de provecho en mucho tiempo. Las
canoas sirvieron de todo, y fué el remedio y medio con que se negociava y
traginava; assí en breves días, concurrieron a México infinidad de canoas y
remeros. Las calles y plazas estavan llenas de estos barcos, y ellos sirvieron
de todo cuanto hay imaginable para la provisión de una tan grande República; y
llegó lo que era travajo a ser alivio, comodidad y recreación. Vna sola canoa
cargaba lo que necesitava de muchos arrieros y bestias mulares. Fué lenguaje
común decir “todos andamos ahora en carrozas”, porque pobres y ricos paseavan
la Ciudad con mucho descanso y sentados en las canoas, que eran carrozas de
menos costo, por el mucho que tiene sustentar carroza y animales que la tiren.
En canoas se llevavan los cuerpos de los difuntos a las iglesias, y en barcos
curiosos y con mucha decencia se llevava el Santísimo Sacramento a los
enfermos. Ví el de la Cathedral, muy pintado y dorado, su tapete y silla en que
iba el cura sentado, y haciéndole sombra otro con un quitasol de seda.
Acompañábanle otras canoas en que iba gente que llevavan luces, y la campanilla
que se acostumbra, iva delante para avisar a los menos atentos. Para resguardo
de los cimientos de los edificios se hicieron unas calzadillas. Por ellas
andavan muchos a pie, y para que se pudiessen pasar las encrucijadas y bocas de
las calles, se hicieron muchos puentes de madera, altos, para que por lo bajo
pasasen las canoas».
En
tan aflictivas circunstancias, juzgó el prelado que debía acudirse a la
intercesión de la Virgen, bajo su advocación de Guadalupe, y puesto de acuerdo
con el Virrey y oídos los pareceres de ambos cabildos, de la Real Audiencia y
de los Tribunales, decidióse trasladar aquella imagen a la Capital.
Estando
inundado todo el trayecto desde México hasta la falda del Tepeyac, fué preciso
hacer la traslación de la Virgen en canoa, y, al efecto, el día 25 embarcáronse
en una «faluca», empavesada con gallardetes y banderas, el Virrey y el Arzobispo,
y bogaron hacia el Santuario, seguidos de una verdadera flotilla de canoas,
igualmente adornadas y «esquisadas de remos», que conducían a los oidores,
capitulares, órdenes monásticas y nobleza; y, en toda clase de embarcaciones,
por casi todo lo que quedaba de la población de México.
Llegados
a las puertas del templo, la imagen fué bajada de su sitio y colocada en la
falúa del Arzobispado, y empezaron a navegas rumbo a México, dice el P.
Florencia «con aparato grande de luces en las embaraciones, de música, clarines
y chirimías, cantando el coro de la Catedral himnos y salmos, con más
consonancia que alegría, porque a todos llevaba el común trabajo contritos,
aunque confiados en la compañía de la Santa Imagen, de quien esperaban el
remedio».
Al
acercarse la flotilla a la iglesia de Santa Catarina Mártir, los encargados de
este templo sacaron a esta imagen, ricamente vestida y con sus más preciosas
joyas engalanada, en una canoa, también adornada vistosamente, para recibir a
la Guadalupana; entraron ambas con toda la comitiva a la iglesia, en donde
verificóse solemne función, y terminada ésta, continuó su ruta la Virgen del
Tepeyac hasta el Arzobispado, en donde permaneció aquella noche. A la mañana
siguiente fué conducida a la Catedral, que entonces se construía, siendo
colocada en el «nicho de patronos», en lo que fué más tarde sacristía mayor.
Allí se le rindió culto por los infortunados vecinos de México, quienes
impetraban su intercesión con misas y novenarios, para que cesara el mal que
los afligía.
Mas
no quiso Dios que amainara desde luego la inundación: por mucho tiempo siguió
la ciudad bajo de agua, y la Virgen de Guadalupe permaneció en la Catedral
cerca de cinco años.
Por
fin, en 1634, hallándose ya la ciudad libre de toda inundación, determinaron
las autoridades civiles y eclesiásticas que regresara la venerada imagen a su
Santuario. El día 13 de mayo «hallábase toda México galanamente colgada, y
hecha un vergel de vistosos doceles, colgaduras y gallardetes», y en las calles
que comprendían el trayecto entre la Catedral y la iglesia de Santa Catarina
Mártir, se formó una espesa y artística enramada para resguardarlo de los rayos
del sol.
Digna
era de verse, llena como estaba de los más variados adornos: flores y frutas en
profusión, cintas y colgaduras de seda, y numerosas jaulas de pájaros de
variados matices y de melodioso canto. Por la noche, convirtieron la ciudad en
ascua refulgente las luminarias en las azoteas de las casas y en las torres de
las iglesias, innumerables hachas y faroles en puertas y balcones, y vistosos
fuegos de artificio que en las esquinas de las calles se quemaron.
A
la mañana siguiente, desde temprana hora, empezaron a ejecutarse en varios
sitios «vistosas danzas, bailes, coloquios y cantares» relativos a la Virgen de
Guadalupe, sus apariciones y numerosos milagros.
Se
organizó la procesión en este orden: Encabezábanla varias imágenes de santos,
seguían inmediatamente las parcialidades de los indios y las cofradías con sus
guiones y estandartes; las órdenes religiosas, el clero y el cabildo
eclesiástico, precedían a la Virgen de Guadalupe que era llevada en andas, las
cuales (para conservar el culterano lenguaje del P. Cabrera) «trenzáronse de
plata y oro, bordándose de la pedrería conveniente los Atributos de Nuestra
Señora y su limpieza original, dejando al verde del Cyprés, Palma y Huerto, las
Esmeraldas; los Rubíes, a la Rosa; Topacios y Saphiros, al Lirio; Diamantes, a
las Luces y Estrellas; Perlas, a las Aguas, y al Oro para lazos de todos».
Venía
en seguida el Arzobispo, el Ayuntamiento y la Nobleza, y con los Tribunales y
Real Audiencia, el Virrey Cerralvo, quien, no obstante hallarse quebrantado de
salud, no quiso dejar de asistir a tan solemne acto.
Llegada
la procesión a la iglesia de Santa Catarina, habiendo caminado todo el tiempo
bajo la enramada, celebróse allí solemne función, y como la hora era muy
avanzada, permaneció la Virgen en ese templo aquella noche, para continuar su
marcha al día siguiente, en medio del general regocijo y de la mayor devoción
del pueblo.
Desde
entonces hasta la fecha, no ha abandonado más la Villa de Guadalupe.
Y
no se crea que por no haber vuelto la Guadalupana Imagen a la Capital,
entibióse el culto a ella rendido. Al contrario, con el tiempo aumentaron los
homenajes, tanto del pueblo como de los gobernantes y de la aristocracia.
Interminable tarea sería la de citar todas las muestras de devoción que dieron
los Virreyes: el Conde de Salvatierra regaló al Santuario «un tabernáculo de
plata maciza, en que se colocó la imagen», que pesaba más de 350 marcos; el de
Alba de Liste, al ser promovido al virreinato del Perú, llevó consigo una copia
de la Virgen y extendió su culto en aquellas provincias; y uno de los más
íntegros Virreyes, Bucareli, quiso dormir su postrer sueño al pie del Tepeyac.
En
cuanto a la nobleza, baste recordar que, cuando en 12 de febrero de 1778 se
comenzó a edificar el camarín, los primeros que pusieron manos a la obra,
cavando ellos mismos los cimientos, fueron muchos grandes señores de aquel tiempo,
encabezados por los Condes de Santiago y de San Mateo de Valparaíso.
En
fin, como acontece hoy, durante el virreinato era rara la familia mexicana, que
no tuviera muy especial devoción a la Virgen, que en el árido Tepeyac, hizo
florecer lozanas rosas.
La Guardia de Alabarderos de los Virreyes
Por
Reales Cédulas expedidas, respectivamente, en Aranjuez y Madrid el 27 de mayo y
el 28 de diciembre de 1568, «teniendo consideración a la autoridad de los
cargos de Virreyes de las Indias y calidad de sus personas», creó
Felipe II para el «ornato y acompañamiento» de los del Perú y Nueva
España, una guardia de soldados «alabarderos», a semejanza de los que
custodiaban la real persona en la Corte. Componíase la de la Nueva España de un
capitán, un subteniente, tres cabos y veinte plazas, y gozaba cada alabardero
de un sueldo de «trescientos pesos de a ocho reales», y doble cantidad el
capitán, pagaderos de lo que había de percibirse de «lanzas y arcabuces y de
los repartimientos de Indios que vacaren». Expidiéronse además, entre 1571 y
1624, varias otras Cédulas reglamentando la Guardia y prohibiendo que las
plazas se sirviesen por criados de los Virreyes.
Las
obligaciones de la Guardia consistían, como se indica en la Cédula de la
creación, en acompañar y cuidar del Virrey en casi todos sus actos públicos y
privados, desde que llegaba a la cercana Villa de Guadalupe a hacerse cargo del
gobierno, hasta que dejaba el mando. Quizá la primera ceremonia de importancia
en que tomó parte fué la de las honras fúnebres por Carlos V, que se
celebraron en el año de 1559, en el atrio del Convento de San Francisco, cuya
descripción hizo el célebre Cervantes Salazar en su Túmulo Imperial de la gran ciudad de México.
En
las entradas públicas; en las visitas que a esta Capital hacía la Virgen de los
Remedios, a la que acompañaba casi siempre el gobernante; en las procesiones
del Corpus y otras; en las corridas de toros y funciones de teatros; figuraban
cuatro, seis, o más alabarderos, según la categoría de la fiesta. Algunos
acompañaron al Conde de Alba de Liste hasta Acapulco, cuando dejó el Virreinato
de México por el del Perú; y en abril de 1737, que fué jurada Patrona de México
Nuestra Señora de Guadalupe, toda la Guardia dió escolta a la Imagen, en la
procesión con que se solemnizó el acto. Ni aún el 30 de octubre de 1785, que
fueron los Condes de Gálvez a pasear al portal con sus hijos, faltaron cuatro
individuos de la Guardia que los acompañasen. Siempre que el gobernante salía
en carruaje, el capitán de la Guardia lo acompañaba a caballo, al estribo
derecho.
Cuando
un Virrey, enfermo de gravedad, recibía el Viático, la Guardia escoltaba al
Santísimo desde el Sagrario hasta la cabecera del paciente, como en el caso de
don Bernardo de Gálvez en 1786; y si moría el gobernante, entregábase la llave
del ataúd al capitán de los Alabarderos, quienes daban guardia, «con armas a la
funerala», al cadáver mientras permanecía insepulto, y lo escoltaban a su
última morada.
En
la descripción del entierro de Fray García Guerra en 1612, dice el célebre
Mateo Alemán; «A los lados del cuerpo, ivan los de la guardia, en cuerpo i
descubiertos. Llevaban ropillas largas de vayeta, las alavardas vueltas,
arrastrando las cuchillas por el suelo».
La
constante presencia de los Alabarderos cerca de los Virreyes los libró en no
pocas ocasiones de graves atentados, el mayor de los cuales fué el que sufrió
el Duque de Alburquerque el 12 de marzo de 1660. Había ido a inspeccionar el
estado de la obra de la Catedral, que a la sazón se construía, y cuando estaba
haciendo oración en la capilla de la Soledad, un soldado español, llamado
Manuel de Ledesma, destinado para la expedición de la Jamaica, acometió al
Virrey con una espada; pero al momento fué preso por los Alabarderos y
ejecutósele al día siguiente en la Plaza Mayor.
Tenía
la Guardia para su uso particular una capilla en el Monasterio de San Agustín,
denominada «de Nuestra Señora de la Asunsión de los Alabarderos», en la cual
celebraban funciones religiosas y honras fúnebres.
Entre
los Alabarderos hubo algunos que en algo se distinguieron, como Juan de Ochoa,
que murió en 1777, de 81 años de edad, habiendo servido 56, y conocido a
catorce Virreyes, desde el Ilustrísimo señor Ortega Montanés hasta el ínclito
Bucareli; pero ninguno tanto como el cabo José Gómez, quien escribió un
«Diario» muy curioso de los acontecimientos de que tuvo noticia, que abarca el
período comprendido entre el 14 de agosto de 1776 y el 26 de junio de 1798.
En
cuanto al uniforme que vestía la Guardia, encontramos en el «Diario» de Robles,
correspondiente al 6 de enero de 1703, que «se dispone que los Alabarderos se
vistan de amarillo con golillas»; pero a fines del siglo XVIII y
principios del XIX, su uniforme completo consistía de «casaca y calzón azul; chupa
y vuelta encarnada; botón y alamares de plata; y los oficiales con galón en las
costuras». Estrenóse, además, el 12 de marzo de 1780, para pequeñas ceremonias,
un «petit uniforme», que lacónicamente describe José Gómez, como «unos ojales
de galón y su fleco».
El
año de 1784 fué de grandes innovaciones para el Cuerpo de Alabarderos: en 25 de
febrero «se empezó a venir a montar la Guardia con botines y biricú»; en 13 de
agosto fué nombrado como su primer Capellán el licenciado, don Baltasar
Domínguez de Gálvez; y el 21 siguiente, «tomó posesión de cirujano de
Alabarderos don José Subielde, y por haber sido el primero que tuvo esta
compañía hizo mucha novedad».
El
puesto de Capitán de la Guardia de Alabarderos era muy codiciado en la Colonia,
y se confería casi siempre a algún miembro de las casas de los Condes de
Santiago, Marqueses de Santa Fe de Guardiola u otras igualmente distinguidas.
El último Capitán fué el tercer Conde de Regla, Marqués de San Cristóbal y de
Villahermosa de Alfaro, quien, en 31 de mayo de 1820, juró con toda la Compañía
de su cargo la Constitución Política de la Monarquía Española.
Al
consumarse la Independencia —ocioso es decirlo—, cesó la Guardia de
Alabarderos, pero su Capitán fué nombrado Caballerizo Mayor de S. M. don
Agustín I, Emperador de México.
Borlas doctorales
Cercano
al mercado de «El Volador», y frente a la fachada Sur del Palacio Nacional,
existe hoy un solar, de tristísimo aspecto y lleno de escombros, en donde
estuvo no hace tres lustros, el Conservatorio Nacional de Música, derribado con
el ánimo, seguramente, de substituirlo con algún nuevo edificio; pero como
quiera que tal construcción no ha llegado a levantarse, es aquél un campo de
soledad, si no precisamente un mustio collado, que fué un tiempo la Universidad
famosa de México, fundada por Carlos V, con constituciones, fueros y
privilegios iguales a los de la celebérrima de Salamanca, y de la cual han
escrito renombrados historiadores[7].
Los
grados de doctor que en diversas facultades esta Universidad concedía, estaban
sujetos a un curioso ceremonial, del cual parécenos pertinente dar un ligero
bosquejo antes de que desaparezca del todo el recuerdo del vetusto plantel.
En
la tarde del 23 de agosto de 1694, una lucida cabalgata recorría las principales
calles de México, en tal forma ordenada, que al verla, los buenos habitantes de
la ciudad supieron que al día siguiente, uno de los que la componían había de
recibir el grado de doctor en alguna facultad. En efecto: el licenciado don
Manuel de Mendrice cumplía con lo ordenado en los estatutos de la Universidad,
conforme a los cuales todo aquel que se graduara había de hacer, la víspera, un
paseo a caballo «con toda pompa y solemnidad».
Abría
la marcha una comparsa de jinetes, tocando trompetas, atabales y chirimías, y
numeroso concurso de caballeros al efecto convidados. Encabezado por sus dos
bedeles, quienes lucían traje talar de terciopelo morado con mangas
encarrujadas y sobrecuello grande, y llevaban al hombro mazas de plata con las
armas reales, por ser del real patronato, caminaba el gremio universitario en
este orden: El secretario y tesorero síndico, los maestros en artes, los
doctores médicos, los doctores y maestros teólogos, canonistas y legistas,
todos a caballo y de dos en dos por orden de antigüedad, «con sus insignias de
borla y capirote», siendo el color de éstas para la facultad de medicina,
amarillo; de teología, blanco; de cánones, verde y de leyes, rojo. Seguían
algunos alcaldes, fiscales y oidores de la Real Audiencia, que eran doctores.
Varios lacayos y pajes, con bastones pintados, precedían al doctorando don
Manuel de Mendrice, a la izquierda del rector de la Universidad, doctor don
Jerónimo de Soria Velázquez, posteriormente primer Marqués de Villahermosa de
Alfaro, quien tenía a su derecha al decano de la facultad de teología, doctor
don Bernabé de Córdoba. Seguía inmediatamente detrás un «hombre de armas en un
caballo a la brida, bien aderezado», empuñando un bastón dorado sobre el cual
llevaba el bonete con borla blanca, que al día siguiente había de ceñir el de
Mendrice. Cerraba la marcha, entre dos caballeros principales, y con digno
acompañamiento, el padrino del grado quien, en este caso, era nada menos que el
Excelentísimo Señor don Gaspar de Sandoval, Silva y Mendoza, Conde de Galve,
Virrey y Capitán General de la Nueva España, y presidente de la Real Audiencia.
Dirigióse
la comitiva a la casa del maestrescuela de la Catedral, doctor José Vidal de
Figueroa, quien la esperaba ya a caballo, e incorporóse en seguida a ella
tomando la izquierda del décano. Recorrió la cabalgata, como ya hemos dicho,
las principales calles de la histórica ciudad, y disolvióse, después de haber
dejado al Virrey en las casas del Marqués del Valle, en donde se hospedaba por
estar reconstruyéndose a la sazón el real palacio; al maestrescuela en su casa,
y a Mendrice en la suya. En el balcón principal de su morada, como prevenían
los estatutos, colocado había el doctorando, bajo dosel, su escudo de armas,
añadiéndole una bordura blanca, (color de su facultad), cargada con tantas A’s
como «Aprobados» (Approbatus) había obtenido en los exámenes respectivos.
A
las nueve de la mañana siguiente, el rector, decano, doctores y maestros fueron
a buscar a Mendrice a su casa; de allí a la del Maestrescuelas y, habiendo
acudido a las del Valle por el Virrey, procedieron con pompa igual a la de la
víspera, a la Catedral, en donde se había erigido en la puerta oriental un
tablado, lujosamente adornado y «colgado con tapicería del Virrey», cuyo centro
ocupaba un altar, teniendo al frente un baldoquín, (con las armas reales en el
centro, a la derecha las de la Universidad, y a la izquierda las de Mendrice),
bajo el cual se hallaba un sitial. A ambos lados colocáronse numerosas sillas
de vaqueta, todas iguales, y en sendas bandejas de plata sobre una mesa,
hallábanse las insignias doctorales: borla, anillo y libro, así como las
propinas y guantes que habían de repartirse. Cerca de la mesa había una cátedra
pequeña.
Apeada
la comitiva de sus cabalgaduras, entró al sagrado recinto en el orden prescrito
y se dirigió al tablado; ocupó el sitial bajo el dosel el conde de Galve,
teniendo a su derecha al rector y maestrescuela, cancelario de la Universidad;
y en las otras sillas tomaron asiento los doctores y maestros por orden de
antigüedad, mientras que Mendrice permanecía de pie junto a la mesa, con el
maestro de ceremonias, el secretario y los bedeles. Enfrente sentáronse el
conde de Santiago y otros señores titulados que asistían como convidados de
honor.
Se
dijo la misma, y al terminarse, abordó la cátedra el decano doctor Bernabé de
Córdoba, y junto a ella hizo el graduando la conclusión doctoral que dedicó a
su padrino el Virrey, y en contra de la cual arguyeron y fueron refutados el
rector y los doctores Marcos Muñoz y Pedro de Avalos.
Acabada
la conclusión doctoral, el maestro de ceremonias y los bedeles fueron a la
cátedra por el decano, a quien acompañaron hasta que tomó asiento al lado del
rector, y luego condujeron al doctor Miguel González a aquélla, para que diera
el vejámen, el cual escuchó Mendrice de pie y descubierto.
Eran
estos vejámenes, festivos y satíricos discursos sobre los defectos literarios
de los graduandos; duraban media hora, y para que «fueran con gracia y sin
ofensa alguna» habían de ser aprobados préviamente por el maestrescuela[8].
Al
terminar el vejámen, los bedeles y el maestro de ceremonias acompañaron al
decano a la mesa junto a la que estaba Mendrice, y condujeron a éste ante el
maestrescuela, a quien pidió las insignias doctorales en una breve oración
latina, contestada en igual forma por el canónigo. Vuelto a la mesa, pidió en
otra oración latina, las insignias al decano, y éste recibiéndolas de mano del
Virrey, las fué imponiendo al graduando de la manera siguiente: Besólo primeramente
en un carrillo, diciéndole en latín: «Recibe el ósculo de paz en señal de
fraternidad, amistad y unión con nuestra academia»; al darle el anillo le dijo:
«Recibe el anillo de oro en señal de desposorio entre tí y la sabiduría, como
esposa carísima»; y al entregarle el libro: «Recibe el libro de sabiduría para
que puedas libre y públicamente enseñar a otros». Dadas las insignias,
condújole el doctor Bernabé de Córdoba a la cátedra para que se sentara en
ella, diciéndole: «Sube a la cátedra y toma asiento en ella para que, como
doctor, puedas examinar e interpretar las sagradas escrituras».
Bajó
de la cátedra don Manuel de Mendrice, e hincado de rodillas ante el
maestrescuela, y puestas las manos sobre los Santos Evangelios, hizo solemne
profesión de fe y juró el misterio de la Inmaculada Concepción; hecho lo cual,
pidió al canónigo en latín que le confiriera el grado de doctor en teología,
puesto que ya había recibido las insignias, y lo único que le faltaba era la
borla. Confirióselo el maestrescuela en estos términos: «Con la pontificia y
real autoridad, por la que funjo en este acto, concédote el grado de doctor en
la facultad de sagrada teología. Y por la imposición de este bonete, concédote
todos los privilegios, inmunidades y exenciones que tienen y gozan los que han
alcanzado igual grado en la Universidad de Salamanca, en el nombre del Padre, y
del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».
Dió
las gracias el nuevo doctor, abrazó a los doctores y maestros, y repartió
sendas propinas y guantes al maestrescuela, rector, decano, bedeles y maestro
de ceremonias; con lo que terminó el acto y regresaron todos a sus respectivos
domicilios en la forma ya descrita[9].
*
* *
Innumerables
fueron los grados doctorales que la Real y Pontificia Universidad de México
confirió a los más ilustres hijos de la Nueva España, pero a ninguno con mayor
aplauso que a don Antonio López Portillo y Galindo, quien en 1755 sostuvo
durante tres días, actos de todas las facultades bajo de muy difícil programa,
recompensándolo la Universidad en claustro pleno, compuesto de noventa
doctores, y en presencia del Virrey, Real Audiencia y Nobleza, con todas las
borlas; y obsequiándolo el Marqués de las Amarillas «con un rico cintillo de
diamantes brillantes y un reloj de oro guarnecido de la misma pedrería».
Este
hecho, sin precedente y no imitado después, se conmemora en los retratos de tan
ilustre sabio, ostentado su bonete borla de los colores de todas las
facultades.
Fiestas campestres
Ningún
Watteau colonial nos ha legado, como lo hicieron en Francia los pintores
versallescos de los siglos XVII y XVIII, escenas de las fiestas campestres
de entonces: en vano buscaríamos en México esas telas de delicados colores, en
las que se ven duques-pastores y condesas-aldeanas bailando pavanas y minuetos
en glorietas de frondosos parques, al lado de claras fuentes, cerca de
marmóreos balaustres y estatuas. Mas no se crea que careció la sociedad
virreinal de fiestas semejantes. No fueron famosas, seguramente, como las que
celebraba la más frívola de las cortes en la más frívola de las épocas, pero sí
en alto grado espléndidas, y con la ventaja de tener más hermoso cuadro
escénico, puesto que, si bellísimos son los parterres y escalinatas que trazó
Le Notre, en cambio, ¿qué puede compararse con la falda del Ajusco y el lago de
Xochimilco, qué con el azul del cielo mexicano y con los volcanes cuyo nevado
perfil se divisa en lontananza?
Con
la elevación al trono español del quinto de los Felipes, dejóse sentir desde
luego en toda la monarquía la influencia de la vida francesa, inaugurándose
usos y costumbres muy distintos de los que imperaran en tiempo de los Austrias.
Durante el gobierno de esta austera dinastía, hubo en México pocas fiestas del
género que indicamos; pero, a partir de 1700, empezaron a verificarse con más o
menos lujo, y teniendo siempre por escenario alguno de los pintorescos
pueblecillos cercanos a la capital, como Tacubaya, San Ángel y San Agustín de
las Cuevas (hoy Tlalpan), en los cuales, al decir del cronista Castro Santa
Anna, había desde entonces «hermosas casas de campo, amenos jardines, crecidas
huertas, con todo género de exquisitas y delicadas frutas, abundantes aguas en
pulidas fuentes, pilas y estanques».
Como
prueba de que estos amenos sitios eran muy del agrado de los grandes señores de
entonces, parécenos oportuno extractar lo que acerca de ellos recordaba el
Marqués de Cruillas —hijo del Virrey del mismo título—, en una carta que en
enero de 1790 dirigía desde Valencia al Conde de Regla: «¡Oh! cómo se havran
vms. divertido en esse ameno Pensil de San Agustín, ya paseándose por essos
Callejones, ya yendo a Suchimilco y en canoas paseando por medio de aquellas
maravillosas chinanpas, y ya también yendo a Cuyuacan al Mercado! Todo lo tengo
mui presente: lo hermoso de esse territorio, y cada vez conozco que es lo único
que hay en el Globo terrestre».
Principiaron
los festejos en estos sitios en tiempo del trigésimo-cuarto Virrey, don
Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque, cuya esposa, doña Juana
de la Cerda, de la ilustre casa de Medinaceli, era muy afecta a la ostentación
y al lujo. El 1.º de mayo de 1703, con el objeto de que la Virreina conociera
el canal de la Viga y visitara Ixtacalco, aparejó don Francisco de Medina
Picazo, tesorero de la Casa de Moneda, una canoa de doce varas de largo, cuatro
de ancho y tres de alto, dorada en su totalidad y engalanada con guirnaldas de
toda clase de exquisitas flores, y cuyos diez remeros vestían vistosos trajes
de «lampazos de China». En ella se embarcaron los Virreyes con muy selecta
concurrencia, sin olvidar una buena orquesta que amenizara la jornada.
El
citado funcionario tenía empeño, según parece, en agasajar a la Duquesa, puesto
que, pocos días después, la obsequió con una serie de fiestas en San Agustín de
las Cuevas, que duraron de domingo a viernes, habiendo habido tres corridas de
toros, amén de varias otras diversiones, festejo que le costó más de veinte mil
pesos, de los cuales solamente por la comida pagó a los cocineros del Virrey,
cinco mil, y tres mil gastó en la extraña cuanto extravagante ocurrencia de
hacer dorar un «pino grande». ¡Seguramente consideró bien empleada esta suma,
cuando vió retratado en los semblantes de sus convidados el mayor asombro al
admirar este nuevo y fastuoso enmiendo a la naturaleza!
Medio
siglo más tarde, en julio de 1752, el ilustre Conde de Revillagigedo, sintiendo
algo quebrantada su salud, se transladó a San Ángel, a la «casa y huerta del
capitán don Jacinto Martínez de Aguirre, quien la aderezó y compuso
primorosamente» —según dice el cronista. Con tan plausible motivo,
deshiciéronse todos los que a la sazón habitaban sus casas de campo en
obsequiar a los Virreyes y a su familia; pero de todas las fiestas que en honor
de los Condes se organizaron, las más notable, sin duda, fué la que describe en
su diario Castro Santa Anna, en estos términos:
«Agosto
4.—La mañana de este día, en su pueblo de San Ángel, el señor don Francisco de
Chávarri, oidor decano de esta audiencia hizo convite para almorzar a su huerta
a SS. EE., familia y comitiva, y a muchos sujetos principales de esta
corte. Aderezó la casa costosamente y mandó formar en la huerta dos hermosas
galerías cubiertas de ramos y flores; en la primera se hallaba un bien dispuesto
estrado con muchos asientos de damasco, rodeada la galería de taburetes
forrados de seda; y habiendo entrado toda la comitiva, repentinamente se
despeñó una gran porción de agua, que con arte tenía represa, la que causó gran
diversión, sonando al mismo tiempo un golpe de música, que estaba oculta en
varias cuevas que tenían formadas al pie de los troncos de los árboles; y
corriéndose después unas cortinas, se dejó ver la segunda galería, en donde
estaba una larga mesa cubierta de exquisitos y pulidos manjares y ricos
aparadores con todo género de bebidas; tomaron sus asientos y gustaron en este
opíparo banquete hasta más de las doce del día, que SS. EE. se retiraron a
su palacio».
El
cronista no deja de mencionar la interesante noticia —fruta de todos los
tiempos—, de que «se perdieron dos platones, once platillos y muchas cucharas
de plata, porque la concurrencia vulgar fué crecida».
Después
de una fiesta campestre en Tlalpam o San Ángel, los convidados que no poseían
casas de campo, regresaban, al anochecer, a la capital en recios y capaces
forlones tirados por cuatro o seis mulas y con el consiguiente tren de
palafreneros, postillones y lacayos; mientras que a ambos lados, para alumbrar
el camino, acompañábanlos a galope tendido numerosos mozos de a caballo,
empuñando sendos hachones encendidos y humeantes.
Despertábanse
los pacíficos vecinos de México por unos instantes con la algarada de carrozas
y caballerías; desaparecían éstas dentro de los zaguanes de los palacios
coloniales, y tornaba la ciudad a dormir en silencio hasta el toque de la misa
de alba que sobre ella esparcían las campanas conventuales.
Funerales del Marqués de Casa Fuerte
Relativamente
pocos de los Virreyes de la Nueva España murieron antes de cumplir su período
de gobierno; de los sesenta y dos que la rigieron durante tres siglos, sólo
catorce durmieron su postrer sueño en esta tierra, y fueron sepultados en la
Catedral y en las iglesias de los principales monasterios de México, todos con
pompa; pero ningún entierro fué tan aparatoso como el de don Juan de Acuña y
Bejarano, Marqués de Casafuerte, Capitán General de los Reales Ejércitos,
Caballero del hábito de Santiago y Comendador de Adelfa en la Orden de
Alcántara, miembro de la gran casa ducal de Escalona.
Nacido
póstumo en Lima, el 22 de febrero de 1658, fué nombrado trigésimo séptimo
Virrey de la Nueva España en 1722, y el 15 de octubre tomó posesión del
gobierno. Fué su virreinato próspero y feliz sobremanera; e hizo, del crecido
caudal que llegó a reunir con las economías de su sueldo, numerosas fundaciones
piadosas. En marzo de 1734 exacerbáronse los ataques de gota que venía
padeciendo, y, debido a su avanzada edad, se comprendió que se acercaba el
término de su vida. Se sacramentó el día 16, con grande resignación y piedad,
administrándole el Viático el Arzobispo de México, y el Obispo electo de
Durango, don Martín de Elizacoechea, la extrema unción. Asistiéronlo en sus
postreros momentos los franciscanos, y falleció el día 17, a las dos de la
tarde. Hízose saber al público la infausta nueva por medio de cien campanadas
en todas las iglesias, y las salvas de ordenanza.
Abierto
el «pliego de mortaja»[10], en que se nombraba para sucederle al
Arzobispo de México, don Juan Antonio Vizarrón y Eguiarreta, pasaron los
oidores al Arzobispado, a notificárselo, y mientras tanto —dice «La Gaceta de
México»—, «los más peritos cirujanos abrieron, curiosearon, embalsamaron, y
previnieron el cuerpo de Su Excelencia con aquellos ungüentos, aromas,
confecciones, pólvoras y barnices, con que los cadáveres se suelen precaver de
corrupción, e ingrato olor». Vistiósele con los «adornos correspondientes al
cargo de actual capitán general, comendador, etcétera», y, amortajado con el
manto capitular de las Órdenes de Santiago y Alcántara, «se dispuso, en la
cabecera del salón principal (que estaba todo alfombrado), cama y sitial
carmesí, bajo del cual, con el “Guión” delante, y cercado de muchas hachas, se
colocó y expuso así para que, con desahogo, fuese visto del innumerable pueblo,
como para que cómodamente se erigiesen algunos altares en que (fuera de las
cantadas de las comunidades, y parrochia), aquellos días se le dijeron
cuatrocientas misas».
Había
dispuesto el Marqués, en su testamento, que se le diera sepultura en el convento,
extramuros de la ciudad, de San Cosme y San Damián, de Religiosos Franciscos
Recoletos, por quienes tenía marcada predilección, debido a un incidente que
nos parece oportuno relatar. Rondaba una noche por la ciudad, a caballo,
acompañado de un ayudante, y al pasar por el convento de San Cosme, llamó su
atención el toque de una esquila. Preguntó a su compañero qué significaba
aquella campana, y éste contestó: «Excelentísimo señor, son los frailes que
llaman a maitines, pero no van».
Sin
proferir palabra, acercóse el Virrey al templo y tuvo la paciencia de escuchar,
desde afuera, todo el oficio, terminado el cual, siguió un miserere. Entonces
retiróse el Virrey, diciendo a su ayudante:
«Los
frailes no sólo van a maitines, sino que también se dan» aludiendo a los
latigazos de disciplina que acababa de escuchar.
No
obstante la larga distancia que mediaba entre el Real Palacio y dicho
monasterio (tres mil setecientas cincuenta varas, o sean tres cuartos de
legua), se puso una valla de fuertes vigas en las calles que formaban el
trayecto, para que el gentío no invadiera el espacio destinado al fúnebre
cortejo. Al amanecer del domingo veintiuno, hallábanse las calles henchidas de
gente, ocupando innumerables espectadores, no sólo todos los balcones y azoteas
de las casas, sino también los árboles de la Alameda, y el acueducto que
entonces corría al lado Norte de la misma.
A
las siete empezó a salir de Palacio el dilatado cortejo, yendo a su cabeza
ochenta cofradías, congregaciones y hermandades, con guiones y estandartes, y
todos sus miembros con luces; seguían las Parcialidades de indios de Santiago y
San Juan con sus gobernadores, llevando varas; después la archicofradía de la
Santísima Trinidad, con túnicas rojas, y en seguida gran número de Terceros franciscanos
y agustinos. Los Colegios cada uno con bandera negra, eran precedidos por sus
respectivos rectores, y lucían mantos y becas de los siguientes colores,
respectivamente: el Real de San Juan de Letrán, morados y blancas; el Imperial
de Santa Cruz de indios nobles caciques, azules y blancas; el de San Ramón,
morados y rojas; el Real de Cristo, morados y verdes, y el Mayor y Más Antiguo
de Santa María de Todos Santos, pardos y de grana. Las comunidades religiosas,
a su vez, iban encabezadas por sus prelados, con cruces y ciriales; y la
Archicofradía del Santísimo, del Sagrario, llevaba el crucifijo que perteneció
a San Pío V. El resto de la procesión caminaba en el orden siguiente: la
Congregación de San Pedro; los infantes y Seises de Catedral, con becas azules
y mantos carmesíes, los acólitos, músicas y capellanes de coro, y el venerable
Dean y Cabildo; cinco pajes con libreas de bayeta negra, uno con el Guión, y
los otros cuatro con hachas encendidas; el cadáver del Virrey, llevado en
hombros hasta la mitad del camino, por los Oidores, y de allí por los
Tribunales y Religiosos; dos caballos con gualdrapas de terciopelo negro,
flecos y adornos de plata, y las armas de los Acuña, bordadas con sedas de
colores; los Ministros, Tribunal del Protomedicato y Consulado; los bedeles de
la Universidad, con mazas enlutadas, y los maestros, doctores y Rector con
capelos de terciopelo negro, orlados de los colores de sus facultades; el
Ayuntamiento en pleno; los miembros del Tribunal Mayor de Cuentas, Oficiales de
Real Hacienda y Real Audiencia, acompañando al Arzobispo, quien vestía sotana,
muceta y manteleta de gorgorán negro; los ayudas de cámara cargando la tapa del
féretro, forrada de terciopelo negro, con galones, argollas y clavos de plata;
la infantería y caballería de Guardias del Virrey, con los fusiles vueltos, a
la funerala, cajas destempladas y clarines con sordina; y por último, la
principal estufa del Marqués, completamente forrada de negro, hasta los rayos
de las ruedas, y varios otros coches del difunto y del Arzobispo.
«Toda
esta tan dilatada, prolija, funeste y ostentosa pompa, dice la Gaceta de
México, caminaba con tardo y lento paso, y, en llegando a las “possas”, hacía
pausa, en tanto que se cantaba el Responso, por cuyo motivo llegó como a las
diez y media, saliéndole a recibir hasta el Puente de Alvarado, la Cruz,
Comunidad y Guardián de aquel convento, en donde, luego que llegaron, cantó la
misa el señor Deán, haciendo los oficios de sepultura y dándosela a su
Excelencia en el lado derecho del presbiterio del altar mayor, dando fe de todo
los escribientes de cámara, y dicho el último responso, fueron saliendo los
serios tribunales, de que se componía aquel lúgubre Theatro, y tomando sus
coches, se fueron encaminando a esta ciudad, y habiendo dejado a Su Excelencia
en su palacio, se disolvió el congreso».
Fué
tan solemne y suntuoso el ceremonial observado en este entierro, que quedó como
modelo para los casos análogos.
La Virgen de los Remedios
Las
calles de la muy noble, leal e imperial ciudad de México, hallábanse, el 9 de
junio de 1755, vistosamente engalanadas: viejos palacios de rojo «tezontle» y
labrada «chiluca», decorativos de por sí, se exornaban con numerosas estatuas,
pinturas, espejos y pantallas, y ostentaban en sus balcones colgaduras de toda
clase de damascos y terciopelos, rojos, azules, verdes, amarillos, que al
moverse ligeramente por la brisa, hacían oscilar las fuentes de plata que sobre
ellos se colocaban, reverberando en sus pulidas superficies los rayos del sol
de primavera. Todos, ricos y pobres, habían puesto sus cinco sentidos en el
adorno de sus casas y, en donde faltaban brocateles y velludos, lucían más
modestas colgaduras y hasta humildes sobrecamas, con gallardetes y flámulas de
papeles de colores. Densa alfombra de flores cubría el piso.
¿A
qué se debía tal derroche?
Era
una de tantas veces que venía a la capital la Virgen de los Remedios.
Más
de setenta en épocas de públicas calamidades, aquella pequeña imagen, traída a
México, como todo el mundo sabe, por Rodríguez de Villafuerte, soldado de
Cortés, ha abandonado su santuario cerca de San Bartolo Naucalpan, para
hospedarse por breves días en la Catedral metropolitana, en donde se le han
hecho solemnes novenarios.
En
aquel año, había llegado la época de las lluvias sin que éstas dieran señales
de caer, y extremándose los calores, empezaron a aparecer enfermedades
peligrosas, como el tabardillo y demás, que podrían degenerar fácilmente en
epidemias. Esto en la ciudad; en el campo se temía que por falta de agua se
perdieran las cosechas, cosa que sería de las más funestas consecuencias.
Se
determinó, pues, traer a la imagen de los Remedios para impetrar, por
intercesión de la Virgen bajo esta advocación, la protección divina. En la
tarde del día 8 dirigiéronse al Santuario el Deán y Arcediano de la Catedral,
con todo el cabildo de la ciudad, amén de muchísimas personas de distinción.
Recibieron los eclesiásticos la pequeña imagen de manos de sus custodios y
colocáronla en una estufa del Virrey, tirada por cuatro mulas ricamente
enjaezadas, que con tal objeto se había llevado; y organizóse la comitiva rumbo
a la ciudad. El largo trayecto de tres leguas que hay desde el Santuario hasta
la parroquia de la Santa Veracruz, hallábase henchido de gente de todas las
clases sociales, desde el encopetado título de Castilla hasta el humilde indio,
quienes concurrían a caballo, en pesados forlones o en el coche de San
Francisco. Tributábanle los naturales «danzas, músicas, clarines y atabales»,
empuñando la mayor parte de ellos largas cañas adornadas con flores.
Llegada
la estufa a la parroquia citada, fué recibida la imagen con gran solemnidad por
el cura y clero de ella, quienes tenían el encargo de custodiarla hasta el día
siguiente. En la tarde de éste fué llevada a la Catedral en procesión que se
organizó de esta manera: abrían la marcha las parcialidades de los indios, a
quienes presidían sus gobernadores y alcaldes, y seguían inmediatamente todas
las cofradías establecidas en el Sagrario y demás parroquias, con sus guiones y
estandartes; después las órdenes terceras de la Merced, San Agustín, Santo
Domingo y San Francisco, de las cuales eran hermanos las personas más
prominentes de la capital; bajo sus cruces las comunidades religiosas, como las
de San Hipólito, San Juan de Dios, la Merced, el Carmen, San Agustín, San
Francisco y Santo Domingo; la archicofradía de Nuestra Señora de los Remedios;
más de cuatrocientos miembros del clero, y la capilla de Catedral con sus curas
y prebendados. La imagen era llevada en andas bajo palio, y seguían al
Arzobispo de México Rubio y Salinas, la Nobleza bajo mazas, el Ayuntamiento,
los Tribunales y la Real Audiencia, presidida ésta por el Virrey, Conde de
Revillagigedo, a quien daban guardia los alabarderos, la infantería y la
caballería.
El
trayecto que recorrió tan lucida comitiva fué el de las calles de la Mariscala,
Santa Isabel, San Francisco y Empedradillo, hasta la Catedral; en todo él
repicaron las campanas de las iglesias, y al entrar la imagen a la metropolitana,
fué saludada con salvas de artillería.
El
día 10 empezó el novenario, dedicándole un día cada una de las corporaciones,
como la Real Audiencia, Tribunal de Cuentas, Oficiales Reales, Ciudad,
Universidad, Consulado y Protomedicato, y entonando «la salve» por las tardes
las comunidades religiosas.
«La
mañana del 18 —dice Castro Santa Ana—, último del novenario, cantó la misa de
pontifical su Ilustrísima, por ser éste su día y el del cabildo eclesiástico;
asistió S. E., Real Audiencia y Tribunales, siendo crecido el concurso,
como el de los antecedentes días; la Salve de la tarde, cantaron los músicos de
la capilla de dicha santa iglesia, en donde se hallaban congregados todos los
sujetos, que compusieron la procesión del día que vino la divina Señora; de
cofradías, órdenes terceras, religiosas, clero, cabildo, con su ilustrísimo
prelado, tribunales, real audiencia, con S. E., y habiéndose principiado
la procesión, salió por la puerta que llaman del Empedradillo, y tomando la
calle de Tacuba, fueron hasta la parroquia de la Santa Veracruz, en donde quedó
la Señora hasta el día siguiente, que la transportaron a su santuario…».
El
regreso de la imagen se efectuó en la misma forma, acompañándola en la carroza
del Virrey el deán don Alonso Moreno de Castro, y el prebendado don José
Lizalde, y fungiendo de cocheros don Alejandro de Estrada Cosío, Marqués de
Uluapa, y su primogénito. Llegados al santuario, hubo allí solemnísima función,
seguida de espléndido banquete costeado por el Ayuntamiento, que tenía el
patronato de aquella iglesia.
Siempre
que era traída a México la Virgen de los Remedios, animábase la ciudad
sobremanera, y, no pocas veces, los grandes señores que tenían sus casas en
alguna de las calles por donde pasaba la procesión, convidaban a sus amistades
para verla desde sus balcones. Ninguna se hallaba tan bien situada como la casa
del Mariscal de Castilla (en la esquina de la hoy Avenida de los Hombres
Ilustres y Aquiles Serdán), y a ella acudía casi siempre la Virreina. Así vemos
que, en 1758, «SS. EE. vieron esta ostentosa procesión —dice Castro Santa
Ana—, en la casa del señor Mariscal de Castilla, quien les convidó, y su esposa
a muchas señoras principales, para que la acompañasen y cortejar a la
Excelentísima señora Virreina (la Marquesa de las Amarillas); hallábase esta
hermosa casa vistosamente aderezada, y concluida la función se les ministró a
SS. EE. un especial y exquisito refresco, de todo género de dulces, masas,
frutas de horno, quesos, canutos y bebidas heladas, sirviendo el refresco a
SS. EE. y las señoras los caballeros parientes de dicha casa, siguiendo
después un festejo de los principales músicos, y todo género de instrumentos,
que duró hasta las once de la noche… y al día siguiente, remitió a la
Excelentísima señora Virreina la señora mariscala una hermosa fuente de plata,
llena de exquisitos dulces, y en medio una hermosa piña de plata de martillo, y
en los lados dos jarras de la misma especie con pulidos ramos: otra fuente más
pequeña llena de bucaritos de Guadalajara exquisitamente guarnecidos, cuyo
obsequio estimó mucho dicha excelentísima señora».
La toma de posesión y la entrada pública de un Virrey
I
Como
el Virrey tenía la representación de la realeza en la Nueva España, y era,
además, Capitán General del Reino y Presidente de su Real Audiencia, era
considerado, muy justamente, como la primera persona de la colonia, y tanto su
toma de posesión como su entrada pública la celebraban con ceremonias dignas de
tan elevados cargos.
Tan
luego como se tenía noticia en México, de que había llegado a Veracruz el nuevo
Virrey, el que iba a cesar en su gobierno enviábale presentes de diversas
clases y, en las postreras décadas de la dominación española, comisionaba a una
compañía de caballería para que fuera a tributarle los honores que le
correspondían. En el puerto había sido recibido el nuevo funcionario en el
muelle por el gobernador y el Ayuntamiento, quienes, después de entregarle las
llaves de la ciudad, acompañábanlo con mucha pompa y entre una valla tendida de
la guarnición, a la parroquia, en donde los esperaba el cura, con capa pluvial,
y cantábase solemne «Te Deum».
Después
de corta estancia en Veracruz, poníase en camino, precedido de cuatro batidores
y dos correos, y en las principales ciudades del tránsito se le recibía como
correspondía a su alta investidura. Así vemos que, cuando el cuadragésimo
segundo Virrey, Marqués de las Amarillas, que había desembarcado el 30 de
septiembre de 1755, con su mujer, hijo y «crecida familia de ochenta y una
personas», emprendió el viaje rumbo a la metrópoli, habían salido a encontrarlo
hasta Tlaxcala, los provinciales de todas las religiones, con sus definitorios
y, a Puebla, el canónigo don Juan del Villar y el presbítero don Luis de Torres
Tuñón, acompañados de los capellanes de coro y llevando consigo «el tren y
carruajes correspondientes a sus personas».
En
la primera de dichas ciudades, se le hizo, el 23 de octubre, la recepción en
tales casos acostumbrada. Precedido de los batidores y un paje del Virrey que
portaba un estandarte bordado con las armas reales por un lado y al reverso las
del Marqués, marchaba numeroso concurso de indios, tocando chirimías y tambores
y llevando en alto los guiones e insignias de sus respectivos pueblos. Seguían
los indios nobles que componían aquel Ayuntamiento, vistiendo mantas finas de
algodón bordadas con los timbres de sus razas y familias, y llevando en las
manos largas cintas de colores, cuyos extremos estaban atados al freno del
caballo que el Virrey montaba; y cerraban la marcha el caballerizo de éste y la
escolta, seguidos de crecida muchedumbre. Hallábase la vetusta ciudad
vistosamente engalanada, y erigióse en sitio principal un arco triunfal «en que
se delinearon con viveza las hazañas de S. E. con primorosos metros y una
discreta loa». Cantado el «Te Deum» en la parroquia, pasó el Virrey a las casas
reales en donde se le tenía dispuesto alojamiento, y permaneció en Tlaxcala
cuatro días, en los que hubo toros y otras diversiones.
Después
de haber sido recibido con igual pompa en Puebla, en donde fué cumplimentado
por el Obispo, ambos Cabildos y Nobleza, prosiguió su camino para México, y
llegó a Otumba el 8 de noviembre, siendo recibido en ese histórico lugar por el
Conde de Revillagigedo, su antecesor, quien le entregó con toda solemnidad el
bastón de mando; y según el cronista, corrió por cuenta del último «el
hospedaje de aquel día en aquel palacio que se hallaba ricamente aderezado,
ministrándose en él un opíparo banquete de cinco cubiertos de ricas viandas y
dulces, todo género de bebidas, frutas, pulidos ramilletes, siendo
correspondiente el refresco de la tarde y cena, que pasó el costo de lo
referido de ocho mil pesos: concurrieron en aquel palacio las Excelentísimas
señoras Virreinas, siendo muy obsequiada de la actual la recién venida, con
expresiones de grande afecto y urbanidad; allí concurrieron los RR. Priores y
guardianes de los conventos de esta capital, y gran parte de la nobleza de
ella, a cumplimentar al nuevo señor Virrey»[11].
Al
día siguiente, salió de México el Arzobispo Rubio y Salinas para San Cristóbal
Ecatepec, e incorporándose allí a la comitiva del Marqués de las Amarillas,
llegaron ambos el día 10 al Santuario de Guadalupe, en donde los esperaban la
Real Audiencia, los Tribunales, el Ayuntamiento, los Prelados y la Nobleza.
Después de haber asistido al banquete que en Guadalupe le ofreció la Ciudad,
salió el Virrey a las cinco de la tarde para México, escoltado por la
caballería y guardia de Alabarderos, y llegó a la metrópoli en medio del mayor
júbilo, con salvas de artillería y con repiques en todos los templos. Dirigióse
en seguida a palacio, acompañado de la Real Audiencia, y en la sala del Real
Acuerdo, se le dió inmediatamente posesión del virreinato, en la forma
siguiente:
Habíanse
colocado en un extremo del salón un dosel de terciopelo y damasco encarnados y,
cerca de él, una larga mesa, cubierta con hermosas sobrecamas de China, sobre
la que se hallaban un crucifijo, ocho candeleros con sus velas, y, a la
derecha, un misal abierto al evangelio del día. El sitial y cojín para el
Virrey estaban tapizados de terciopelo rojo, y a cada lado había seis sillas
para los Oidores.
Tan
luego como éstos y aquel tomaron sus asientos, se cerraron todas las puertas y
sonó el Marqués de las Amarillas una campanilla de plata, con lo cual entró un
portero, a quien dió orden de que se trajese el real sello. Se cumplió lo
mandado entrando el Canciller, Marqués de las Torres de Rada, armado y
cubierto, llevando en un azafate el sello, bajo un paño, acompañado de doce
Ministros de la Real Audiencia empuñando sendas hachas, y cuatro alabarderos.
Pusiéronse todos de pie y, después de haber colocado el sello en la mesa,
delante del Virrey, éste lo tomó en la mano en señal de posesión; y en seguida
leyeron los secretarios de Cámara y Gobierno las tres reales cédulas por las
cuales la Católica Majestad de Fernando VI, nombraba Capitán General y
Virrey de la Nueva España y Presidente de su Real Audiencia a don Agustín de
Ahumada y Villalón, Marqués de las Amarillas, Teniente General de los Reales
Ejércitos, comendador de la Reina en la Orden de Santiago y su Gentilhombre de
Cámara con entrada. Después, teniendo a cada lado a uno de los Secretarios,
hizo el nuevo Virrey el juramento sobre el Evangelio y devolvióse el sello a la
Cancillería en igual forma que se había traído, con lo cual terminó el acto[12].
Toda
esa tarde hubo gran concurso de la alta sociedad que iba a Palacio a presentar
sus respetos a los nuevos Virreyes, dándose motivo para «un exquisito festejo
de los más diestros músicos de esta ciudad, al que asistieron la señora
Virreina, y muchas señoras de distinción, terminándose a más de la diez de la
noche». Lo cumplimentaron al día siguiente la Audiencia, Tribunales y Nobleza,
asistió a un banquete con que lo obsequió la Ciudad y, por la noche, a la
representación que dieron «los farsantes del coliseo, en el pulido que en dicho
real palacio hay con todo género de perspectivas y tramoyas», de la nunca
bastantemente aplaudida comedia de Moreto: «El desdén con el desdén».
II
Transcurridos
unos días después de la toma de posesión del gobierno, dando a la Ciudad el
tiempo necesario para preparar los adornos y festejos convenientes, se
verificaba la entrada pública del nuevo Virrey, acontecimiento muy del agrado
de nuestros antepasados, quienes concurrían en apretada muchedumbre a
presenciar tan suntuosos espectáculos.
Efectuóse,
pues, la entrada pública del Marqués de las Amarillas el 9 de febrero de 1756.
Hallábanse las calles que median entre Santo Domingo y Santa Catarina,
vistosamente «aderezadas con colgaduras, paños de corte, espejos, fuentes de
plata y pantallas», y muy admirados eran los arcos triunfales que en la esquina
de la calle de Medinas y enfrente a la puerta Occidental de la Catedral erigieran
la Ciudad y el Cabildo Eclesiástico, respectivamente, llenos de emblemas,
redondillas y sonetos alusivos al Virrey, siendo éste comparado al «Griego
Enas», en el primero, y en el segundo «siendo la idea la ingeniosa alegoría de
los ojos, con varias historias políticas, militares y profanas».
Fingíanse
en esos arcos la entrada a la Ciudad, tanto en lo civil como en lo religioso.
En la plazuela de Santa Catarina, como en el cementerio de la metropolitana,
frente a las casas del Marquesado del Valle, «formáronse espaciosos tablados
alfombrados y colgados de terciopelo carmesí, con sus sitiales»; y en todas las
bocacalles, tribunas para la concurrencia; más ésta fué tan numerosa que toda
la noche anterior fué preciso iluminar el trayecto para impedir disturbios y
prohibióse la circulación de coches y caballos.
Sonaban
las tres de la tarde, cuando los Ministros de la Audiencia y Tribunales,
saliendo del Real Palacio, «en forma de paseo a caballo», dirigiéronse a la
plaza de Santa Catarina, en donde apeados, ocuparon sus puestos en uno de los
tablados, para esperar al Virrey. Llegó éste al poco tiempo, en coche, y en
seguida organizóse la procesión que constituía la «entrada» propiamente dicha.
Abrían
la marcha veinticuatro clarineros y timbaleros de la Ciudad, con rojas libreas,
y sus caballos con gualdrapas, seguían los ministros inferiores de Vara,
Tenientes de la Ciudad y Corte, y Tribunales del Protomedicato y Consulado. Los
bedeles de la Universidad, en mulas con gualdrapas de terciopelo, precedían a
su Rector, claustro mayor e individuos con las insignias de sus respectivas
facultades, y los porteros de la Ciudad, con sus mazas, al Corregidor,
Mayordomo, Contador, Secretario, Regidores, Alguacil Mayor y Alcaldes
Ordinarios. Venían inmediatamente después los Tribunales en pleno, y
acompañando al Virrey los Fiscales, Alcaldes de Corte y Oidores. Montaba el
Marqués un hermoso caballo «de color melado» llevándole las bridas, a la
derecha, el Corregidor, y a la izquierda, el decano; dábanle guardia los alabarderos
y seguíanlo sus familiares, y secretarios de cámara; «los caballos de respeto,
guardia de caballería e infantería del real palacio, las estufas de S. E.,
habiéndolas estrenado muy ricas, forradas de terciopelo, con guarniciones y
flecos de plata y vidrios cristalinos».
Al
presentarse el Virrey frente al primer arco, el Corregidor con el Ayuntamiento
y el Escribano de Cabildo, recibieron el juramento del Virrey, de fidelidad y
de hacer guardar los privilegios de la Capital; hecho lo cual, se le entregaron
las llaves y dejóse libre el paso.
Pasó
tan lucida comitiva por entre la valla de las compañías de plateros y demás
gremios que se tendieron en el trayecto, y el Marqués de las Amarillas fué
entusiásticamente aclamado, encontrando los espectadores muy plausible el
fausto que se ostentaba.
En
el tablado de la catedral esperaba el Arzobispo, de medio pontifical, y los
capitulares con capas pluviales. En seguida que el Virrey se apeara de su
caballo, oraron ambos personajes ante la cruz que se hallaba colocada sobre el
altar en el tablado, y pronunciada una loa por dos infantes de coro, entró la
comitiva al templo, que estaba ricamente engalanado. Cantóse el Te Deum, y
después de escuchar un coloquio que otros dos «colegiales infantes con mucha armonía
de música dijeron a S. E.», abandonaron el sagrado recinto y dirigiéronse,
el Virrey y personajes principales en carruajes, al real palacio, en donde los
esperaba ya la Marquesa de las Amarillas, quien con sus damas, había
presenciado la entrada desde los balcones de la casa del Marqués del Valle.
«Ministróse a todos un amplio refresco, y siguió un festejo de los músicos de
la capilla de dicha santa iglesia, el que duró hasta la media noche».
*
* *
Tal
era, con ligeras variaciones, el ceremonial con que los Virreyes de la Nueva
España hacían su entrada pública a la capital del Virreinato.
Antes
de 1666 fué regla general que el Virrey pasara el arco en la esquina de Medinas
bajo palio, cuyas varas llevaban los regidores; pero a partir de esa fecha, se
omitió, con raras excepciones, esa parte de la ceremonia.
No
faltaron en algunas de estas solemnidades, inesperados incidentes. Cuando entró
el Conde de la Monclova, hundióse el tablado de Catedral y cayóse el Arzobispo,
afortunadamente sin desgracias que lamentar; y, en 1696, al aproximarse el
Conde de Moctezuma al arco que erigiera la Ciudad, espantóse el caballo que
montaba, y lo derribó, cayendo por un lado el gobernante y por otro su
voluminosa peluca.
Los Caballeros de la Santa Veracruz
Las
estrechas ligas que unían a la Iglesia y al Estado en la dilatada monarquía
española, y el sentimiento católico que en aquella época imperaba hacían que la
vida, tanto en la Metrópoli, cuanto en sus colonias, tuviera en casi todas sus
manifestaciones, no sólo política sino también socialmente hablando, un aspecto
religioso. En la Nueva España, se dividían por iguales partes la atención y el
respeto de los habitantes de la Capital el Virrey y el Arzobispo de México, y
rara era la ceremonia pública o privada que no se efectuara, en gran parte, en
el sagrado recinto.
Esta
estrecha unión dió origen a aquellas asociaciones o cofradías que se
establecieron en las diversas parroquias con distintos fines, y a las que
dedicaron nuestros antepasados gran parte de su tiempo. De todas ellas la más
importante fué, sin duda, la Archicofradía de la Santa Veracruz que fundó
Hernán Cortés en México, en el año de 1526, en memoria del Viernes Santo de
1519, día en que pisó por vez primera el suelo mexicano. Fué aprobada por auto
de 30 de marzo del año siguiente, por Fray Domingo de Betanzos, del Orden de
Predicadores, Vicario General de la Nueva España. Asociáronse en seguida Leonel
Gómez de Cervantes, Comendador de Santiago, Antonio Ruíz de Castañeda, Juan de
Alanís y Antonio de Carvajal; y quiso Cortés que desde un principio se
compusiera la Archicofradía de las personas más nobles de México, nombrando al
efecto Rector y Diputados. Se alistaron en ella miembros de las familias
principales de la Colonia, títulos de Castilla y Mayorazgos, y desde que se
estableció el Virreinato, se consideró al Virrey «ex oficio» Jefe de la
Corporación. Dióse desde luego a los Cofrades el carácter de Orden Militar,
llamándoseles «Caballeros de la Santa Veracruz»; y obtuvieron de la Real Audiencia
el privilegio de usar unas cruces, a modo de veneras, como los calatravos,
alcantarinos y santiaguistas.
Asistieron
los caballeros al entierro de Fray García Guerra, llevando un estandarte; y no
había fiesta o solemnidad religiosa en que no figuraran.
Al
quedar instituida la Archicofradía, habían solicitado sus miembros, del
Ayuntamiento de México, solares para edificar su iglesia y un hospital, y
aunque desde el 18 de diciembre de 1586, fué aquélla declarada parroquia por el
Arzobispo Montúfar, la iglesia que hoy existe no quedó terminada, después de
muchas reparaciones e innovaciones, sino hasta por los años de 1730. Las torres
y portada se construyeron durante el rectorado del Conde de la Torre Cossío,
Caballero de Calatrava, según reza la inscripción que allí se halla. Fué
dedicada con grande ceremonia y con asistencia de las religiones, Prelados y
Nobleza, el 13 de septiembre de 1764. Detrás del templo había un camposanto
para los cofrades.
Dícese
que, al tener noticia de la fundación, el Emperador Carlos V la obsequió
con una imagen de Nuestro Señor Crucificado, llamada «de los siete velos», que
le regalara el Sumo Pontífice Paulo III, así como un «lignum crucis» y
otras reliquias. El Papa no sólo la aprobó, sino que la agregó a la Archicofradía
del Santo Cristo de San Marcello, de Roma, por Bula de 13 de enero de 1573, con
participación en todas sus gracias e indulgencias, más una de cien días,
concedida a los fieles que consiguieran que se les descubriese la imagen, pues
estaba siempre cubierta con siete velos, que solamente se quitaba los miércoles
de Cuaresma.
La
fiesta titular de la Achicofradía era la Invención de la Santa Cruz, y en ese
día hacía solemnísima función en su iglesia, con asistencia del Virrey y
Caballeros, y predicaba el orador sagrado de más renombre. El Miércoles Santo
sacaba una lucida procesión de Penitencia.
Eran
deberes principales de los Cofrades consolar a los presos y asistir a los
ajusticiados. Al ser sentenciado un reo a sufrir la pena capital, entregábasele
a los Hermanos, quienes nombraban una comisión para que lo atendiesen durante
los días que precedían a la ejecución. Confortábanlo con piadosa abnegación,
comulgaban con él y lo acompañaban al patíbulo, llevando delante un Crucifijo,
entre dos tablas en que estaban inscritos los mandamientos de la Ley de Dios y
de la Iglesia. Todos los gastos que esto ocasionaba, inclusive los de mortaja y
ataúd, eran erogados por la Archicofradía.
Se
asegura que a fines del siglo XVIII y principios del XIX, llegaron a verse
los Caballeros de la Santa Veracruz tan apurados de recursos, que no podían
proporcionar para los cadáveres de los ajusticiados más que una miserable
estera, con lo cual regocijábanse los espíritus mezquinos y los motejaban
«Caballeros del Petate». Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que, consumada
la Independencia, fué nombrado Rector el Príncipe de la Unión, padre del
infortunado Emperador Agustín I, de Iturbide, y al proclamarse la
República, los caballeros se cambiaron en «Ciudadanos de la Santa Veracruz», y
fué su Jefe don Félix Fernández, mejor conocido en la historia con el
estrambótico nombre que adoptó de «Guadalupe Victoria».
Muy
poco sobrevivió la institución, y antes del año de 1830, cayó en desuso.
Los Cocheros del Santísimo
Si
no tan antigua como la de la Veracruz, indudable e igualmente simpática fué la
Archicofradía que se estableció en la Parroquia del Sagrario, conocida con el
nombre de «Los Cocheros del Santísimo».
Debióse
a la iniciativa del Mayorazgo don José Ángel de Aguirre y Avendaño, Regidor
perpetuo de la Ciudad de México quien en el año de 1758 impetró y obtuvo del
Arzobispo Rubio y Salinas aprobación para formar una Cofradía de los jóvenes de
las principales familias de la capital, con el objeto de que, siempre que
saliera el Viático para los enfermos de la citada parroquia, sirvieran de
cocheros y lacayos en las estufas del Santísimo. Acogieron la idea con
entusiasmo y alistáronse en seguida como cofrades los primogénitos de grandes
casas como las del Conde Santiago, Mariscal de Castilla, Marqueses de Uluapa, y
condes de Miravalle, amén de numerosos mayorazgos, regidores y otras personas
distinguidas. Determinóse que habían de asistir todos los días, de las siete de
la mañana hasta las nueve de la noche, no haciéndolo en las altas horas de
ésta, por existir ya otra cofradía, nombrada «de los Ángeles», que tal
obligación tenía.
En
los días de fiesta habían de concurrir un cofrade de cochero y otro de sota,
con cuatro mulas; y en los ordinarios, solamente un cochero con un tronco.
Obligáronse, además, a mantener a sus expensas las mulas y los mozos de cuadra
que se necesitasen. Empezaron a servir el jueves santo, 23 de marzo, estrenando
un vistoso uniforme o librea de color rojo con botonadura y galones de plata, vueltas
blancas, botas también de este color, y, sobre el pecho de la casaca, «un
escudo de oro con el Divinísimo». Tan plausible pareció a los buenos habitantes
de México esta asociación, que en seguida se agregaron a los primeros cofrades
muchísimas personas principales y tenemos a la vista una larga lista en la que
se leen, entre las que figuran como cocheros, los nombres de los Marqueses del
Valle de la Colina y de Ciria, los Condes de la Presa y de la Torre Cossío, don
Juan Gómez de Parada, don José López de Peralta de Villar Villamil, el
licenciado don Francisco de Verdad y Ramos, y, entre los lacayos, los Marqueses
de Guardiola, de San Román y de San Miguel de Aguayo y don Gabriel de Yermo,
con otros muchos que hoy son históricos.
Se
recordará que todos los años solían llevarse en procesión al Santísimo para que
cumplieran con el precepto de la iglesia los reos que se encontraban detenidos
en la cárcel del Arzobispado. Con este motivo adornábanse las calles del
palacio arzobispal, Santa Teresa y Escalerillas, que debía recorrer la
procesión, y en ésta, según vemos en el diario de Castro Santa Ana, tomaban
parte los cocheros del Santísimo.
«Componíase
la procesión —dice— del crecido número de los hermanos de la Cofradía de los
Santos Ángeles, que a su Majestad acompañan de noche, con velas y ramos de
flores, y con las mismas seguían gran parte del clero, familia de su Ilma.,
música de la Santa Iglesia, sus curas, llevando el más antiguo a su Majestad
debajo de palio, llevando las varas los caballeros cocheros vestidos de
uniforme: seguía la infantería del real palacio, y después tres estufas de su
Majestad, cada una con sus mulas y dos caballeros cocheros; hallábanse las
calles pulidamente aderezadas con vistosos arcos y regadas de flores».
Con
las Leyes de Reforma cesó esta cofradía, y es de lamentarse que en los modernos
tiempos no haya émulos de aquellos jóvenes que, no por ser grandes de la
tierra, desdeñaron servir en tan humilde manera al Rey del Cielo.
Bendición de Banderas
Bajo
el reinado de la casa de Austria, vivió la Nueva España sin más tropas
permanentes que la Compañía de Alabarderos de la guardia de honor del Virrey,
creada en 1568, y compuesta de un capitán, un subteniente, tres cabos y veinte
plazas; y más adelante, dos Compañías de Palacio; pero con el advenimiento de
los Borbones en 1700, empezaron a cambiar las cosas, formándose, entre otros,
los cuerpos veteranos y las milicias provinciales.
El
6 de enero de 1703 —según Robles—, admiráronse los buenos habitantes de la
Ciudad de México de ver salir «los soldados de Palacio vestidos de paño azul
con las mangas encarnadas y medias del mismo color, y sombreros de tres picos,
al uso de Francia, y lo mismo el Capitán, Alférez y demás cabos y alguaciles de
la guardia».
Sesenta
y cinco años más tarde, se enviaron de la Península unos diez mil hombres para
reprimir los motines ocasionados por la expulsión de los jesuítas, así como
para atender a la defensa del reino, en las continuas guerras con Inglaterra.
Pertenecían estas fuerzas a los Regimientos de Saboya, Ultonia, Zamora,
Guadalajara, Castilla y Granada, y como los uniformes de todos ellos eran
blancos, variando solamente el color de las vueltas, se dió en llamar a los
soldados en general «blanquillos», mote que duró por algún tiempo.
Entró
de plano el elemento militar en la vida social de México en el
siglo XVIII, prestando mayor lucimiento a fiestas civiles y religiosas, y
haciendo muy codiciado de la juventud de entonces el título de oficial de
aquellos cuerpos.
Una
de las fiestas que más llamaban su atención, era la Bendición de Banderas, acto
que se verificó por primera Vez en México, el 5 de abril de 1785.
Ese
día, reinaba grande expectación desde las primeras horas de la mañana, y a eso
de las nueve, salieron de su cuartel, situado en donde está hoy el de
Zapadores, dos batallones de Granaderos de Zamora, quienes marcharon «con los
Gastadores al frente, llevando las banderas viejas», hasta el Cementerio de la
Catedral. Allí hicieron alto, se tendieron para esperar al Arzobispo de México,
don Alonso Núñez de Haro y Peralta, y tan luego como llegó éste, entraron
detrás de él al templo, yendo delante todos los oficiales, la música y una
compañía de infantería, sin armas.
Llegados
que fueron al altar mayor, revestido el Arzobispo con todos los atributos de su
dignidad y ocupando un sitial bajo dosel, abatieron las banderas y el Prelado
con la mayor solemnidad las bendijo, después de lo cual «las ocultaron».
Acto
continuo, tomaron los cuatro abanderados las nuevas, y pusiéronlas en manos del
teniente coronel, dos capitanes de Granaderos y el más antiguo de los
Fusileros, quienes a su vez las pasaron al Arzobispo para que las bendijese, lo
cual ejecutó como antes. Dada la bendición, volvieron por el mismo conducto a las
manos de los abanderados. Pusiéronse éstos y la oficialidad de pie en las
gradas del altar mayor, y dió principio la misa solemne, oficiando de
pontifical el señor Núñez de Haro. Al cantarse el Evangelio, pusiéronse los
oficiales los sombreros y sacaron las espadas en alto; y a la Elevación «tocó
el golpe de Música del Regimiento».
Terminada
la misa, salió del templo toda la tropa en el mismo orden en que entrara y
tendióse de nuevo en el Cementerio, a fin de recibir las banderas nuevas. El
teniente coronel pronunció una oportuna arenga, exhortando a los soldados a
defenderlas «hasta perder la última gota de su sangre», e hízose una descarga
general.
Entonces
salió del templo el Arzobispo, con una numerosa comitiva, precedido de su
crucero; revistó a la tropa y regresó a su palacio, con lo cual se dió por
concluido el acto, retirándose los Granaderos y demás soldados a sus cuarteles.
En
la Nueva España (como acontece hoy en las monarquías europeas) las prácticas
militares estaban íntimamente ligadas con las religiosas: cosa lógica, a
nuestro juicio, porque la Historia ha demostrado que nunca estuvo reñida la
Espada con la Cruz.
Los paseos
Con
pocos sitios contaba la antigua Ciudad de México, para solaz de sus pacíficos
moradores. Las extensas plazuelas, ayunas de césped y de árboles, ostentaban
como gala, cuando más, una triste pila con poca agua o seca del todo; de manera
que aquellos sitios eran de poca atracción para el pueblo y de ninguna para la
aristocracia. Cuando ésta apetecía recrear la vista con prados o flores,
buscábalos por el rumbo de la Viga o por el de San Cosme y la Tlaxpana. Allí sí
había extensas huertas y amenas casas de campo, apellidadas en aquellos tiempos
«de placer», descollando entre ellas la del Marqués del Valle, situada en lo
que es hoy Panteón Inglés. A ellas acudían los grandes señores de aquella
época, cuando el tiempo o sus quehaceres les impedían emprender más larga
caminata a San Ángel o San Agustín de las Cuevas.
Prestábanse,
por otra parte, las «casas de placer» a algunos abusos. En una información del
año de 1556, depuso un testigo que «muchas personas se iban a las huertas desde
la mañana hasta la noche y muchos dellos sin oir misa, y otras personas estaban
tres y cuatro días en sus regocijos y pasatiempos, sin tornar a la ciudad,
donde se hacían ofensas a Dios nuestro Señor»; y que «vió ir mucha gente a las
huertas, así hombres como mujeres, y a ellas llevar muy buen repuesto de comida
y cena, donde en algunas partes que este testigo se halló, vió jugar y hacer
otros excesos».
Aunque
bastante más lejos que la Tlaxpana, Chapultepec también atraía a los buenos
vecinos de México, sobre todo cuando llegaba un nuevo Virrey a albergarse en
ese histórico y hermoso sitio, antes de hacer su entrada pública en la capital.
Al pie del cerro había una casa pequeña que solía engalanarse en estas grandes
ocasiones, y así vemos que, cuando el Arzobispo Ortega Montañez iba a entregar
el virreinato al segundo Duque de Alburquerque, en noviembre de 1702, dispuso
en ella el alojamiento del magnate y, en los días anteriores a la llegada del
Virrey, era diversión de la ciudad ir a ver esos preparativos. La casa —dice
Robles—, «estaba ricamente colgada y adornada, y entre otras preseas ricas
había dos escritorios embutidos de plata, muy curiosos, tan altos que llegaban
a las vigas y tenían dos varas de ancho, y estaban apreciados en 15,000 pesos.
Estaba cercada la plaza de toros; había en ella muchos puestos de frutas y
cosas comestibles y cocineras, los tablados pintados, aguas y dulces, y gran
concurso».
Gemelli
Careri escribe que cuando visitó México, fué a Chapultepec con varios amigos en
una carroza tirada por cuatro caballos y que le recordó el paseo el «Castillo
de Emaus», por la variedad de figuras a pie y a caballo, llamando mucho su
atención que varias damas cabalgaran en ancas con sus caballeros.
Fué
el benéfico Virrey don Luis de Velasco II el primero en comprender que la
Ciudad de México necesitaba un paseo público, y al efecto fundó la Alameda.
Pero no se crea que el primitivo parque de este nombre tuviera entonces la
extensión que hoy mide. Era la mitad apenas, terminando frente a la iglesia de
Corpus Christi, pues entre el parque y el Convento de San Diego existía una
plazuela de tristísimo aspecto, llamada «El Quemadero», por el uso a que estaba
destinada. Ya fuera por tan desagradable vecindad o por otras causas que
ignoramos, el caso es que la Alameda quedó abandonada por muchos años, hasta
que, destruido «El Quemadero», se prolongó hasta cerca del convento mencionado
durante el Gobierno del Marqués de Croix. Mucho empeño tuvieron los Virreyes en
mejorarla, como lo demuestra el hecho de que en 1727 fué electo «Alcalde de la
Alameda» en el Ayuntamiento, el Virrey Marqués de Casafuerte, con el ánimo de
dar mayor impulso a dichas mejoras; pero fué debido al segundo Conde de
Revillagigedo que este parque llegó a ser tan ameno y apreciado en las últimas
décadas del siglo XVIII. Guardaba en esa época la misma disposición de
calzadas que hoy en día, pero contaba solamente con cinco pilas o fuentes,
situadas, una en el centro, y las otras en la intersección de las calzadas
diagonales. Denominábanse éstas, por los adornos que ostentaban: la del
Nordeste, de Ganimedes; la del Sudeste, de Arión; la del Noroeste, de Hércules;
y la del Suroeste, de Tritón; y la de en medio, cuyo brocal, según Sedano,
estaba adornado con «estatutas y perros de agua», tenía en el centro, sobre una
pirámide, una estatua de «Glauco pescador», de dos varas de alto, con su red al
hombro en equilibrio moviente, como si fuera a caerse al agua. «Cercaba la
Alameda —dice el doctor Marroquí—, un muro de piedra de dos varas de alto, con
pilastras de mampostería distribuidas a iguales distancias, para sostener una
reja de encino pintada de verde, que llenaba los claros», y por la parte
inferior de este muro corría un asiento de cal y canto defendido de los coches
por una hilera de árboles y una pequeña zanja regadora; porque, a diferencia de
hoy, los carruajes entraban a la Alameda. Había una entrada en cada ángulo y
otra en medio, frente a Corpus Christi, cuyas portadas coronaban las armas
reales.
Se
puso muy de moda este paseo en tiempo de los primeros Condes de Revillagigedo,
en cuyos días de Santo había «crecido y numeroso concurso», y no decayó durante
el gobierno de su sucesor, el Marqués de las Amarillas, quien con sus esposa
concurría muy a menudo, sobre todo en carnaval.
En
julio de 1785, se proclamó por bando el «Reglamento de Coches» —si así podemos
llamarlo—, para la Alameda. Ordenábase que por cualquier puerta que entraren,
tomasen su izquierda, «arrimando la silla a los árboles, lo que buenamente
pudiesen». Recuérdese que en aquellos tiempos los coches no tenían pescantes,
sino que los cocheros iban montados en la mula o caballo, que por tal motivo
llamaban «de silla», y los lacayos de pie en la tablilla posterior de las
carrozas o estufas.
En
la esquina Suroeste debían dar vuelta «para que todos los concurrentes se vean
con comodidad y frecuencia», y se prohibía que ningún coche «se parase en la ruta,
porque inmediatamente quedaría interrumpido el Paseo, con incomodidad de
todos».
Para
mayor lucimiento, al mismo tiempo que para conservar el orden, se dispuso en 30
de agosto de 1791, que todos los días de fiesta, a las cuatro de la tarde,
estuvieran de guardia un oficial, un sargento, dos cabos y dieciocho granaderos
«con sus gorras», y centinelas en las puertas y postigos para impedir la
entrada a «toda clase de gente de mantas o frasadas, mendigos, descalzos,
desnudos, o indecentes». Dos patrullas, cada una de un cabo y cuatro hombres,
habían de hacer la ronda en el interior del paseo, al cual permitíase la
entrada no sólo a carruajes, sino a peatones y «caballos ensillados con silla
Brida o Baquera, siempre que vayan montados por gente decente», así como a los
vendedores de dulces y «otros comestibles», pero «vestidos y calzados». Como se
ve, se tenía especial empeño en que la concurrencia fuera lo más selecta
posible.
Más
moderno que la Alameda fué el Paseo de Bucareli, denominado así por haberse
estrenado durante el gobierno de este. Virrey, el 8 de diciembre de 1775.
Ocupaba el mismo trayecto que las modernas calles de igual nombre, pero
adornábanlo cuatro hileras de árboles, en su mayoría fresnos, álamos y sauces,
y a cada lado corría una acequia. En una glorieta, se hallaba una espaciosa
fuente, cuyo centro consistía en una pirámide de dieciséis varas de alto,
rematada con las armas de la Ciudad, y rodeábanla dieciséis postes con cadenas.
A la entrada y salida del paseo había «en cada una seis columnitas aisladas de
cosa de dos varas de alto por media de diámetro, de una sola piedra, labrado su
fuste a semejanza de las salomónicas, sin serlo, y en su capitel talladas
cuatro cabezas de leones; las de la entrada tenían, de la una a la otra, cadenas
de fierro».
Por
las calles laterales transitaban los peatones y junto a la acequia los jinetes;
por las interiores los coches, y por la del centro la carroza del Virrey,
debiendo entrar cada cual por entre las columnas que le correspondían. Solían estacionarse
los coches en la glorieta y los jinetes y peatones tenían la obligación de
detenerse cuando pasaba el Virrey. Como en la Alameda, servían de policía los
Granaderos y tanto en aquel paseo como en el de Bucareli hacían al Virrey y al
Arzobispo los honores correspondientes.
Las
disposiciones que para guardar el orden se dictaron, se publicaron en la Gaceta
de México y terminan diciendo que «respecto a que la falta de civilidad en los
cocheros es notoria en todas partes, se encarga a los amos les hagan usar de
atención, conteniendo su coche a la entrada de otro en la carrera, y que nunca
se empeñen en adelantarse unos a otros…».
Otro
paseo hubo, en las postrimerías del Virreinato, denominado «de Azanza», por el
Virrey de ese nombre; pero no alcanzó el favor de la sociedad, debido
seguramente a su lejanía —la Garita de la Piedad—, y puede decirse que murió al
nacer.
El gran mundo colonial
La piedad de los Virreyes
I
De
las muchas cualidades que adornaban a los Virreyes de la Nueva España, ninguna
era mayor que su piedad, cosa que no debe maravillarnos, puesto que el amor y
respeto a sus creencias han sido siempre característicos de la española
nobleza, cuyos monarcas, entre sus numerosos títulos, han preferido el de
«Majestad Católica» confirmado, más bien que otorgado, por la Santa Sede a los
gloriosos Isabel I y Fernando V.
Todas
las muestras de piedad que dieron los Virreyes no cabrían dentro de los límites
de unos renglones, ni habría para qué enumerarlas; basta citar los más
salientes ejemplos de su religiosidad, como útiles bosquejos para el cuadro de
aquella época.
Distinguióse
el vigésimo segundo Virrey, Duque de Alburquerque, desde que asumió el mando,
por el gran interés que tomaba en la Catedral de México que a la sazón se
construía, visitando la obra todas las tardes, subiendo a los andamios y
alentando a los artesanos y alarifes con gratificaciones que de su propio
bolsillo les daba. Cuando consideró que la iglesia mayor estaba lo
suficientemente acabada para su dedicación, el domingo 30 de enero de 1656, «a
las cinco horas de la tarde —dice Guijo— juntó el Virrey al Deán y Cabildo de
esta santa iglesia Catedral en ella, y fué él y la Virreina, y su hija, y
criados, y habiendo entrado, cerraron todas las puertas, y en el Cabildo les
hizo el Virrey una plática enderezada a los vivos deseos que ha tenido de ver
la iglesia en el estado que estaba, que era acabada, y que de toda ella se
podían ya servir, que su asistencia manifestaba su grande amor, y que así, en
nombre de S. M., les entregaba las llaves de ella como templo que era de
ellos ya, y no de seglares. Acabado este acto, se fué él y la Virreina e hija
al presbiterio e hincándose de rodillas besó la primera grada con toda
veneración y respeto, y quitándose la capa y espada, y ellas, cubriendo los
tocados con unas tocas, subieron al presbiterio, y entre ellos tres lo
barrieron todo por sus manos y sacudieron sus barandillas y cogieron la basura,
y acabado este acto, no quiso recibir agua manos, sino sacudiéndose todos el
polvo, que fué mucho, salieron de la iglesia y se entraron en sus carrozas y se
fueron al palacio: al tiempo de recibir el Deán las llaves de mano del Virrey,
repicaron en dicha iglesia».
No
es nuestro ánimo describir la primera dedicación de la Catedral de México,
puesto que ya lo han hecho mejores plumas que la nuestra. Bástenos recordar que
aquel memorable 2 de febrero, asistió el Virrey con un recogimiento que fué «la
edificación de todo el pueblo», negándose a hacer uso del tapete y cojín que a
su alta dignidad correspondían. En esta ocasión se verificó el acto sin
precedente y, creo, no igualado hasta la fecha, de cantarse a un mismo tiempo
cuatro misas, una en cada uno de los altares del ciprés, llamando la natural
atención el ver «obrar a cada uno lo que le competía, como si fuera solo,
guardando sus ceremonias con toda autoridad y limpieza, sin confundirse ni ella
ni sus ministros, acólitos y músicos».
II
No
menos piadoso que don Francisco Fernández de la Cueva fué don Gaspar de
Sandoval, Silva y Mendoza, Conde de Galve. El 27 de diciembre de 1688, después
de oír el sermón en la iglesia de los Betlemitas, dirigióse a su palacio en
lujosa carroza, tirada por seis caballos, con el debido acompañamiento de
postillones, palafreneros y lacayos que a su alto rango correspondían, cuando
se encontró con modesta comitiva que conducía al Santísimo Sacramento a visitar
a los enfermos. Apeóse inmediatamente el Conde e hizo que el párroco que
conducía al Rey de reyes subiera al coche, y llevando una vela encendida en la
mano, lo acompañó a pie a las tres visitas que hizo, y como éstas fueron a
casas pobres, dió en cada una de ellas catorce pesos de limosna, suma bastante
crecida en aquellos tiempos. Después, creyendo que profanaría la carroza que
por breves instantes fué morada de Dios Sacramentado, no quiso volver a subir
en ella, sino que —dice Guijo— «quitó el estribo y empanada, y mandó hacer otro
coche».
III
Ocasión
más propicia para que los primeros funcionarios de la Colonia hicieran gala de
caridad, presentábase en Semana Santa, cuando acudían a los oficios que en
Catedral se celebraban y con su devoción edificaban a los presentes. Además,
como representantes que eran de la real persona, efectuaban en el palacio de
México idénticas ceremonias que los Reyes en el alcázar de Madrid, descollando
entre ellas las del Lavatorio, en la tarde del Jueves Santo. El de 1703,
acaecido en 5 de abril, el Virrey (otro Duque de Alburquerque), «dió a cada uno
de los pobres, después de lavados, lienzo y paño para vestidos y algunos pesos,
que dicen daría a cada uno en todo hasta sesenta».
IV
Todos
los que frecuentan el Santuario de Guadalupe se habrán fijado, sin duda, en la
placa de bronce cincelado que cubre la tumba del Virrey Bucarelli, en la cual
se lee que la memoria de aquel modelo de gobernantes «vivirá indeleble en los
corazones mexicanos, por las virtudes que exercitó, Christiano, en las paredes
de ese Santuario», y «por la devoción con que las veneró, piadoso».
«El
miércoles de la Semana Mayor (1799) —dice don Carlos de Bustamante—, fué
atacado de pleuresía, enfermedad que no pudo vencer la medicina… Durante su
enfermedad mostró la serenidad de ánimo que siempre le acompañó: otorgó su
testamento, previniendo se le enterrase en la iglesia de la Colegiata de
Guadalupe, escogiendo (son sus palabras) por lugar de mi entierro, el más
inmediato a la puerta, por donde acostumbraba yo a entrar a rezar y
encomendarme a tan sagrada Imagen que he venerado y venero».
«En
la cláusula catorce, manda se hagan seis estatuas de plata para adorno de la
barandilla del presbiterio de dicho templo… Poco antes de morir mandó que se le
vistiese, porque quería morir hincado de rodillas; y ya que esto no se le
concediese por falta de fuerzas, se le bajase y tendiese en el suelo, para
morir sobre un petate como pobre religioso».
V
Cuando,
en 13 de octubre de 1786, estando enfermo de gravedad, pidió el
cuadragésimonoveno Virrey, Conde de Gálvez, que se le llevara el Viático,
formáronse dos piquetes de los regimientos de infantería de Zamora y de la
Corona, desde la puerta del Sagrario hasta la del Real Palacio, y por en medio
de esta valla condújose al Santísimo Sacramento en la estufa mayor de dicha
parroquia, en manos del Deán de la Catedral, doctor don Leonardo José Terralla,
escoltado por la Compañía de Alabarderos y acompañado por la Nobleza, el
Cabildo eclesiástico, oficiales y miembros del Clero secular y regular, todos
con hachas encendidas. Seguía otra estufa de respeto, y a la retaguardia una
compañía de granaderos de Zamora con su música. En la puerta de Palacio fué
recibido el Santísimo Sacramento bajo palio por la Real Audiencia, Tribunales,
el Ayuntamiento y la Real y Pontificia Universidad, estas dos últimas
corporaciones bajo mazas, y los Doctores con borlas y capelos. Al pie de la
escalera de honor hallábase el Arzobispo Núñez de Haro y Peralta, quien condujo
el Viático hasta la recámara del Virrey. No obstante su gravedad, don Bernardo
de Gálvez quiso recibir dignamente al Señor Sacramentado, y, al efecto, hízolo
de pie y vestido con su uniforme de gran gala.
«Concluyóse
el acto, leemos en “La Gaceta”, con la mayor ternura que vino, siguiendo a Su
Majestad por detrás de la estufa la expresada Real Audiencia y Tribunales,
hasta el Sagrario».
¡Raros
ejemplos de piedad fueron aquellos, que seguramente no veremos imitados en
estos ni en los venideros tiempos!
Caballeros de Cristo
La
Orden de Caballería de «Nuestro Señor Jesucristo» fué instituída, como es
sabido, en el año de 1318 por el Rey Dionisio I de Portugal, para
substituir a la extinguida de los Templarios y con objeto de que sus miembros
asegurasen la frontera de los Algarves contra las incursiones de los moros. Pronto
llegó a ocupar el primer puesto entre las órdenes militares del reino, siendo
para los lusitanos lo que las de Santiago y Calatrava eran para españoles. Como
éstas, fué muy apreciada la Orden de Cristo en el orbe cristiano y ostentábase
con orgullo su «hábito», que consistía en una cruz latina roja, con sus
extremidades en forma de triángulos, encerrando otra más angosta, blanca.
Poquísimos
fueron los que vistieron el hábito de Cristo en la Nueva España.
El
primero fué el Comendador don Juan de Baeza Herrera, de noble familia andaluza,
aposentador de la Emperatriz. Vino a la nueva España en 1545, y según Dorantes
de Carranza, fué «poblador muy antiguo, y sirvió él sólo en su tiempo las
Secretarías de Gobernación y Justicia de la Audiencia Real, cevil y criminal,
que eran seis plaças que ocupan seis personas y con mucho interese y
authoridad». Descubrió las primeras minas de alumbre en la sierra de Metztitlán
y «fué el primero que hizo la invención de los ingenios de agua para la
molienda de los metales de la plata». Desposóse con doña Inés de Vargas y su
descendencia se enlazó con las principales familias de la Colonia.
*
* *
Durante
el gobierno del Virrey Conde de Salvatierra, por los años de 1646, llegó a
México el Caballero de Santiago, don Pedro Vélez Medrano, general de la Armada
Real de Barlovento. Pretendió la plaza de castellano de Acapulco, pero no
accedió el gobernante a sus deseos, quién sabe por qué motivos, con lo cual
Vélez Medrano disgustóse sobremanera, abandonó la Nueva España, dejando a su
mujer e hijos en Atlixco y «pasóse al portugués», arrancando de su pecho el
«lagarto rojo» de Santiaguista y substituyéndolo con la cruz de la Orden de
Cristo.
Al
conocer la rebeldía de su súbdito, libró el Rey real cédula para que la mujer e
hijos de Vélez Medrano fueran conducidos a México y enviados más tarde a
España; en cuyo cumplimiento —a mediados de noviembre de 1648—, despachó el
Obispo Gobernador don Marcos de Torres y Rueda, a Francisco de Córdoba,
«Alguacil mayor y juez del pulque y de la policía», para que los condujese de
Atlixco a la capital del Virreinato, lo que ejecutó debidamente este
funcionario y túvolos «en su casa con todo respeto hasta que llegue el despacho
de la flota».
Mientras
tanto, el rebelde se había constituido en corsario, infestando los mares del
seno mexicano, y en mayo de 1649, se supo en la capital que «venía por general
del enemigo holandés y portugués», y que había apresado un navío que iba de
Veracruz a La Habana con cargamento de más de cien mil pesos de particulares.
El
10 de junio siguiente, octava de Corpus, obedeciendo las órdenes de la
Audiencia gobernadora, se hizo a la vela la flota en que navegaron para España
la mujer e hijos de Vélez Medrano, en compañía del celebérrimo don Juan de
Palafox y Mendoza; pero ignoramos la suerte que correría el revoltoso Caballero
de Cristo.
*
* *
A
fines del mes de mayo de 1687, conmovióse la ciudad de México al saber que la
noche anterior habían sido aprehendidos cerca del Convento de San Cosme, e
internados en la Cárcel de Corte «los salteadores de las barras de plata», y
que entre ellos había nada menos que un «caballero de hábito», que resultó ser
del de Cristo y llamarse don Antonio de Souza, cuyo padre, de nobilísima
familia portuguesa, había ocupado el mismísimo puesto de castellano de Acapulco
que codiciara don Pedro Vélez Medrano.
Poco
después, en la noche del 19 de junio —dice Guijo en su Diario—, fué informado
el Virrey que se tramaba una conspiración para libertar a Souza y sus
compañeros, y que al efecto, se hallaba reunida en San Lázaro, gran cantidad de
gente con intenciones de incendiar la cárcel. El Conde de la Monclova despachó
en seguida al Alcalde de Corte, don Simón Ibáñez, con algunas fuerzas y éste
efectuó varias aprehensiones, entre otras, la del padre de Souza, quien fué
desterrado a Guadalajara.
Todo
hacía presumir que el caballero de Cristo sería degollado por su delito, pero
dos días después anuncióse que había muerto de fortísimo tabardillo en la
prisión. En realidad, y seguramente con objeto de evitar la ejecución de un
caballero de hábito, le dieron de beber una substancia que lo privó de
conocimiento por algunas horas, y sacando un aparente cadáver de la Cárcel de
Corte, condujéronlo a la iglesia de Santo Domingo, diciendo que allí se
verificaría su entierro «después de las oraciones», y a puerta cerrada por lo
contagioso de la enfermedad.
Fué
remitido en secreto a España, en donde vivió muchos años; pero su padre murió
de pesar al poco tiempo en Guadalajara, y su mujer, el 29 de julio, en México,
y fué enterrada en el Convento de San Agustín.
El Duende
A
fines del siglo XVII la persona que daba el tono en la sociedad de México
era un apuesto caballero, conocido en toda la ciudad por el extraño apodo de
«El Duende». Llamábase don Fernando de Valenzuela y Enciso, y debía su estancia
en América a los azares del destino.
Nacido
en la histórica ciudad de Ronda, desempeñó en sus primeros años el puesto de
paje en la casa ducal del Infantado, cuyo jefe lo llevó consigo a Roma, cuando
fué nombrado Embajador cerca del Sumo Pontífice. Debió ser listo el muchacho,
puesto que el Duque le cobró tal afecto, que influyó en gran manera para que,
en 1672, se le despachara título de Caballero de Santiago, habiendo remitido el
interesado las pruebas de nobleza requeridas, desde Nápoles, en donde a la
sazón se hallaba.
Cuando
regresó el del Infantado a Madrid, le presentó al célebre P. Nithard, confesor
y consejero de la Reina madre doña Mariana de Austria, regente del reino
durante la minoridad del infortunado Carlos II, y como el mozo no era
lerdo, pudo ganar el afecto del jesuíta en poquísimo tiempo, y, por
consiguiente, obtener el favor de la princesa, quien a la postre lo casó con
una señora alemana de toda su confianza.
Desterrado
el P. Nithard a Aragón, la Reina estaba al tanto, sin embargo, de todo cuanto
en contra de ella se fraguaba en la Corte, y como no se sabía quién le
suministraba esos informes, dióse en decir que era algún «duende». Averiguóse
más tarde que el informante de la Reina era nadie menos que don Fernando de
Valenzuela, quien se introducía sigilosamente en palacio todas las noches. Le
quedó, pues, el apodo de «Duende» por el resto de vida.
La
carrera de Valenzuela fué rapidísima: primer Caballerizo, Marqués de San
Bartolomé de Pinares (otros dicen de Villasierra), Conservador del Consejo de
Italia, Superintendente de las obras de palacio, Embajador en Venecia (cargo
que no llegó a ejercer), Capitán General de las costas de Granada, Grande de
España y primer Ministro!… Claro está que tantos títulos le originaron el odio
y los celos de la nobleza, quien se indignaba «al verlo, siendo sólo un hidalgo
particular, en la exaltación monstruosa de tales empleos y dignidades»; más él
no procuró atraérsela de ningún modo; al contrario, se daba ínfulas de valido
de la reina y dispensador de todas sus gracias y favores. Quedó, pues,
convertido en el blanco de la malevolencia y sátira generales.
No
tenemos por qué seguir la serie de acontecimientos que motivaron su desgracia.
Bástenos saber que al fin de cuentas fué preso en el Escorial el 22 de enero de
1677, y que se decretó su destierro para las Islas Filipinas. Recluído durante
más de nueve años en el Castillo de Cavite, en donde escribió varias obras en
prosa y verso, al fin logró ser removido a México, a ruegos de la Reina.
Llegó
don Fernando a esta muy noble y leal ciudad el 30 de enero de 1690, se presentó
en seguida al Virrey Conde de Galve, entregándole un pliego del monarca, en el
cual se disponía que viviera el desterrado en México, pero como acreedor al
mayor respeto y debiendo gozar del tratamiento de «Vuestra Señoría».
No
fué poco el lujo que desplegó desde un principio: nada le pesaba su destierro,
seguramente, puesto que tomaba parte en toda clase de diversiones y ceremonias.
Así vemos que en 9 de mayo de 1691, «salió de la casa del duende Fernando
Valenzuela —dice Robles—, una máscara seria en nombre de la real Universidad
por el casamiento del Rey; y salieron en ella muchas personas a caballo, unas en
forma de diversos animales, como son águilas, leones, y otras en el traje de
las naciones, como son turcos, indios y españoles, y otras personas al revés:
con los piés para arriba y la cabeza para abajo, con sus hachas en las manos, y
corrieron delante del balcón de palacio todos; y se acabó después de las once
de la noche».
Siguió
brillando en la sociedad de entonces, sin dejar por eso de gestionar que le
fuese levantado el destierro.
«Pero
fué Dios servido —dice un contemporáneo—, de que, hallándose bueno y sano, y
aún más robusto, como dos meses antes de la desgracia, día del Patrocinio de
Nuestra Señora, tocándole Dios el corazón, hiciese de su mano el testamento; y
desde aquel día, sobre su regular y cristiano modo de vivir, comulgaba dos
veces cada semana, hasta el día 30 de diciembre del año pasado de 91, entre
doce y una del día, que haciendo tiempo para comer, se asomó a una ventana y
viendo que un caballo que iba enseñando se resistía a entrar por una puerta,
bajó, y tomando una vara, le dió algunos golpes, y siendo con extremo manzo, le
dió una coz en el empeine, con tanta violencia que le echó de espaldas,
abriéndole como cuatro dedos de herida».
Quisieron
los galenos combatir tan seria contusión con una copiosa sangría, panacea de
aquellos tiempos; pero nada lograron con ella, pues «el duende» se agravó de
tal manera, que el 5 de enero fué sacramentado y no pudo ya firmar su
testamento, haciéndolo en su nombre los testigos que presentes estaban, así
como el Virrey, a quien, por cierto, nombró su albacea. Falleció dos días
después, a las nueve de la noche, y por la consideración que se le debía, se
dobló en todos los conventos: en San Agustín con veinticinco toques y en
Catedral «de cabildo», a las seis de la madrugada. El día 8 fué embalsamado su
cadáver, y era tan grande el gentío que quería presenciar el entierro, que éste
no pudo verificarse sino hasta el día siguiente.
Lo
describe Robles, en su Diario, en estos términos:
«Llevaron
el cuerpo a San Agustín, a la sala de capítulo, a las cuatro de la mañana, y
dos días y noches se dobló en San Agustín continuamente; y a las diez de este
dicho día fué el Virrey Conde de Galve y la Audiencia, y el Cabildo
eclesiástico venía detrás a dicho entierro, que lo hizo el Deán doctor don
Diego Ortiz de Malpartida; asistió la ciudad, religiones y caballería; el
maestro Fray Diego Velázquez de la Cadena, de San Agustín, fué de capa de
entierro, al cual asistió la capilla de la Catedral, y hubo misa y vigilia, que
cantó el maestro Cadena. Se depositó el cuerpo en la capilla de los Flores, en
una caja con cuatro llaves, en el claustro de dicho convento de San Agustín».
Ocho
días después hiciéronse solemnes honras fúnebres en la iglesia del citado
convento, con asistencia del Virrey, real audiencia, tribunales y todo lo más
selecto de la capital.
«Dejó
en su testamento se vinculase una Santa Espina de la Corona de Nuestro
Redentor, engastada en oro y guarnecida de diamantes; mandas de 39 reales de a
ocho, a un chino que le servía, y de quien parece tenía más confidencia; y a
otro chino 19 reales de a ocho, por cariño que le tenía, por haberlo criado. A
los demás chinos (que su familia se componía de sólo ellos, y eran muchos),
dejó en recomendación a su albacea. Dió libertad a sus esclavos que parece eran
ocho».
—————
¡Quizás
el que en vida fué apodado «el duende» lo sea ahora, efectivamente, y en las
noches solitarias salga de su tumba y ronde por el espacioso templo de San
Agustín, lamentándose con lúgubres gemidos de que tan sagrado recinto se halle
convertido en mansión de libros… y de ratas!
La China
Desde
que se estableció el comercio entre Manila y Acapulco, a raíz de la conquista
de las Islas Filipinas por el Adelantado Miguel López de Legaspi, la llegada de
la famosa «Nao de China» era para los habitantes de la Nueva España un
acontecimiento de grandísima importancia.
Construidas
esas grandes embarcaciones en los astilleros de Bagatao, lugar cerca de Manila,
conducía cada galeón anual, unas seiscientas personas, incluyendo los pasajeros,
bajo el mando de un general de la armada. El cargamento se componía de
productos filipinos, como algalias, paños burdos y drogas, pero en mayor
cantidad de artículos chinos: enormes cantidades de tela de seda y seda en
rama, varias clases de porcelanas, cincuenta mil pares de calzas, piezas de
género, especias, joyas y juguetes. De regreso de Acapulco el cargamento del
buque consistía principalmente de plata, cochinilla, dulces y artículos de
modistas, procedentes de Europa. Para la llegada de la nao, convertíase
Acapulco en concurrida y alegre población, pues a ella acudían los comerciantes
más ricos de México, del Perú y aún de Chile, quienes plantaban extenso
campamento de tiendas, porque no se hallaba suficiente alojamiento en la
ciudad. Durante más de dos siglos la «Feria de Acapulco» fué muy celebrada.
Por
regla general, salía la nao de Manila en julio y llegaba a Acapulco en enero
siguiente; una vez realizadas las mercancías, zarpaba de este puerto en marzo y
arribaba a aquel en junio. En la travesía rumbo a América, era tan segura la
lluvia entre los paralelos 30 y 70 que no se hacía grande provisión de agua
potable, sino que se fijaban empalletados hacia arriba y hacia abajo en el
aparejo del buque, y recogíase el agua en vasijas formadas con artesas de
bambú, que se colocaban en el fondo de los empalletados.
Grande,
pues, era el comercio que se hacía entre Acapulco y México. Empleábanse mulas
de carga para el transporte de las mercancías orientales, y cuando éstas no se
vendían en México, eran enviadas a Veracruz y de allí exportadas a Europa.
Solían
llegar también en esas naos encopetados personajes de las Islas Filipinas, ya
fuera para radicarse en México, o de paso para España. En la que zarpó de
Manila a fines de 1702, tomaron pasaje para Acapulco, don Fausto Cruzat,
gobernador que había sido de aquellas provincias, y que venía preso por orden
del Comisario de aquella Inquisición, su familia, y don Domingo Sánchez de
Tagle, hijo de don Pedro del mismo apellido, Regidor de la ciudad de México y
miembro de una de sus principales familias. Ya fuera debido a lo largo de la
travesía, o a la edad más o menos avanzada del ex gobernador, el caso fué que
Cruzat terminó sus días a bordo, el 25 de noviembre; y su cadáver fué arrojado
a la mar con toda la imponente solemnidad de esos tristes casos. Su hija, María
Ignacia, aparte de las prendas morales que la adornaban, y aparte también de la
hermosura de su rostro, tenía el enorme atractivo de poseer una dote de
seiscientos mil pesos, cantidad no despreciable en aquellos ni en estos
tiempos, de manera que no desaprovechó la ocasión el buen Sánchez de Tagle,
sino que a la vez que la consolaba por la pérdida de su padre, ganaba el
corazón de la rica huérfana; tanto, que al llegar al término del viaje, había
conseguido ya que le diera palabra de casamiento.
Prometíaselas
muy felices el de Tagle, pero ¡qué serie de contrariedades guardábale el
destino! Ocurrió la primera de ellas el 6 de febrero de 1703, cuando el Virrey,
Duque de Alburquerque, dió orden para que fuera preso por «haber traído mucha
hacienda sin registro», y mientras se ejecutaba la orden, se esparció por toda
la capital la noticia de la llegada de tan rica heredera, a quien, por venir de
Filipinas, apellidaron desde luego «la China».
Brotaron,
como era natural, un sinnúmero de pretendientes a su blanca mano y amarillos
doblones; pero para no citar a todos, diremos que se la disputaban
principalmente el Conde de Santiago, el Oidor Uribe y don Lucas de Careaga,
juventud dorada que quería serlo más. Como los dos últimos pronto quedaron
fuera de combate, establecióse recia contienda entre el primero y Sánchez de
Tagle, alcanzando tales proporciones, que toda la sociedad de entonces tomó
bandos: unos, con la alta personalidad del Virrey a la cabeza y los hermanos de
la Cruzat, favorecían al de Santiago; otros a Tagle, a quien apoyaban
principalmente la Virreina, doña Juana de la Cerda y el Arzobispo de México,
don Juan de Ortega Montañés. Determinó éste, por pronta providencia, asegurar la
persona de «la China». A las dos y media de la tarde del 6 de mayo montó en su
carroza, y, acompañado del Alcalde de Corte, don Manuel Sánchez Muñiz, y del
Provisor, dirigióse hacia la Tlaxpana, a una casa de campo llamada «la huerta
de Cantabrana», en donde la familia Cruzat había establecido su residencia.
Llevó consigo a la doncella y la depositó en el Convento de San Lorenzo,
encargando a las monjas que la atendieran cumplidamente.
Pasados
un mes y días, el 14 de junio, octava de Corpus, y ya libre Sánchez de Tagle de
la prisión que sufriera por su contrabando, fué en compañía del prelado al
citado convento, y allí mismo, en la portería, se efectuó el matrimonio, no
obstante que, pocos días antes, una mujer había presentado demanda contra don
Domingo por haber quebrantado la palabra de casamiento que le diera, demanda
que no tuvo efecto, pues el Arzobispo despachó con cajas destempladas a Juan
del Corral, abogado de la presunta esposa.
La
ceremonia nupcial no fué tan pacífica como era de esperarse, pues mientras se
verificaba, los parientes y criados del novio, armados hasta los dientes,
custodiaban el convento dispuestos a entrar en combate con cualquiera que
pretendiese impedir el matrimonio.
Los
hermanos de la novia acudieron indignados al Duque de Alburquerque; le
informaron de lo que acontecía, y le pidieron que enviara la guardia de palacio
para que estorbara el enlace. Accedió gustoso el Virrey, pero cuando llegaron a
San Lorenzo, la pareja había desaparecido, cosa que puso fuera de sí a los
Cruzat, quienes armaron gran alboroto en la portería del convento, y se
hubieran arrojado dentro de él si las monjas no hubieran cerrado rápidamente la
puerta. Enterado el Virrey del suceso, se enojó grandemente, y esa misma noche
hizo prender al novio, imponiéndole una multa de diez mil pesos y decretando su
destierro a Panzacola; a su padre, don Pedro, a Acapulco, y a su deudo, don
Luis Sánchez de Tagle, a Veracruz, ambos también con diez mil pesos de multa.
Sin
embargo, el comercio y los empleados de la Casa de Moneda intercedieron para
que no se desterrara al último de estos señores, y no sólo él, sino que también
don Pedro, fueron, al fin y al cabo, perdonados. No así el infortunado don
Domingo: preso primero en la Cárcel de Corte, fué sacado de ella una tarde por
el Alcalde, metido en un coche y transportado a San Juan de Ulúa, camino de su
destierro.
Los
hermanos Cruzat, según corría la voz, querían arrojarse sobre el convento de
San Lorenzo, en donde había quedado nuevamente depositada su hermana, con
intención de matarla, y para impedir tan monstruoso atentado, ordenó el Virrey
que se dieran por presos en su casa de la Tlaxpana, con prohibición de salir de
ella, bajo pena de diez mil pesos de multa.
Mientras
tanto, la Duquesa de Alburquerque, partidaria como hemos dicho del de Tagle, se
había disgustado con su marido, al grado de no dirigirle la palabra; pero el 23
del citado, a instancias del Arzobispo, consintió en una reconciliación.
En
cuanto a la infeliz doncella, debido sin duda a tan tristes acontecimientos,
enfermó de gravedad en su retiro de San Lorenzo, y habiéndosele declarado
fortísimo tabardillo, acudió el Arzobispo a confirmarla el 17 de julio. Tan
triste ceremonia se verificó en el mismo cuarto en que se hallaba, «en donde se
puso altar y el aparato necesario»; asistieron el Provisor y el doctor don
Miguel González, medio racionero; fué madrina la madre priora y —añade el
cronista— «no hubo aguas ni chocolate».
«La
China» había otorgado su testamento días antes, en el cual disponía que se le
pagasen a Sánchez de Tagle los gastos que erogara con motivo de su casamiento,
más de diez mil pesos, y legó el resto de su fortuna a su abuela y hermano
mayor.
¡Cuánta
verdad es la del adagio que dice que el hombre propone, pero que Dios dispone!
¿Quién de los numerosos pretendientes de «la China» imaginárase que ésta había
de desposarse con la muerte, que por lecho nupcial había de tener una fosa?
Los Borda
Todos
los viajeros que llegan a Cuernavaca acuden en seguida a los Jardines de Borda,
tan ponderados en guías y periódicos, pero la mayor parte de los visitantes
queda desilusionado al encontrarlos en tristísimo abandono: sus balaustres y
escalinatas destruidos y cubiertos de moho, encenagados sus estanques, sus
senderos sepultados por la hojarasca, sus manglares y naranjos invadidos por
roedores líquenes.
Si
de la Borda gastó más de un millón de pesos en sus jardines, se debió sin duda
alguna, a la dificultad que para su trazo presentaba el terreno en declive,
habiendo sido necesario construir grandes terrazas y para ello acarrear enormes
masas de tierra; confesemos, sin embargo, que aún considerado todo esto, parece
exagerada la suma citada.
Joseph
de la Borda, nació en la Provincia de Jaca, del Reino de Aragón, por los años de
1710, y a los dieciséis de edad pasó a la Nueva España en la flota mandada por
el general de Marina don Luis Fernández de Córdoba.
Cortejó
a la fortuna en los minerales de Tlalpujahua, Zacatecas y Taxco; en este último
lugar alcanzó una gran bonanza, tan grande que algunos la hacen ascender a
cuarenta millones de pesos; y desde entonces, a semejanza de lo que hacían los
mineros afortunados en su época, empezó a ejercer la caridad a manos llenas,
debiéndosele muchas obras piadosas y de beneficencia. Construyó el magnífico
templo Parroquial de Taxco, con un costo de más de millón y medio de pesos,
siguiendo el estilo de Churriguera, que se dedicó a San Sebastián y Santa
Prisca, terminado en 1757, y que contiene buenos cuadros que para él pintó
Miguel Cabrera. Entre los ornamentos que regaló a la iglesia figuraba en primer
término la espléndida custodia, cubierta de pedrería, que después fué de la
Catedral de México, y la cual, robada en 1861, existe hasta la fecha, según se
dice, en Notre Dame de París. Era toda de oro macizo, de primorosa labor, de
vara y media de alto; adornábase con cuatro mil seiscientos ochenta y siete
diamantes, entre rosas y tablas, dos mil setecientas noventa y cuatro
esmeraldas, quinientos veintitrés rubíes, y numerosos zafiros, amatistas,
jacintos y perlas.
Por
su fortuna don José de la Borda, llegó a ocupar prominente lugar en la sociedad
metropolitana. Los más encumbrados personajes acudían a sus saraos y fiestas en
el suntuoso palacio que construyó, en grande y magnífica escala, en la capital
del virreinato, y del que buena idea puede formarse hoy, al considerar que era
nada menos que la casa situada en la Avenida Francisco I. Madero, esquina de la
de Bolívar; la cual por cierto, no fué más que parte del primitivo proyecto de
su dueño, quien pensaba edificar toda la manzana, cosa que impidió un repentino
quebranto de su fortuna.
A
juzgar por el retrato que de él se conserva en Taxco, era don José de la Borda
un caballero delgado y de nariz afilada, que nada debía a la hermosura; se
casó, sin embargo, en aquel mineral, con doña Teresa de Verduzco, en el año de
1720. Murió en Cuernavaca a 30 de mayo de 1778, y se le hicieron muy suntuosas
honras fúnebres, cuya descripción, impresa con el título de «El Fénix de los
Mineros», es hoy casi imposible de encontrar.
Fueron
sus hijos don Manuel y doña Ana de la Borda y Verduzco; ésta llegó a profesar
en el Convento de Jesús María de México, con el nombre de Ana María de San
José, y aquél a graduarse de doctor en Filosofía, en la Universidad.
«Dedicó
su borla —dice Castro Santa Ana—, al Illmo. Sr. Rubio Salinas, quien autorizó
la función con muchos señores ministros ambos Cabildos, prelados y nobleza; el
refresco de su casa fué de los más opulentos y costosos que se han visto en
esta ciudad; al Illmo. Mecenas le envió cuatro fuentes de plata de quince
marcos cada una, las dos con dos arrobas de exquisitos dulces, floreados de
cartulina, guarnecidos de punta de Milán; las otras dos exquisitas masas; del
mismo tenor fueron otras dos que se llevaron a SS. EE. (los Virreyes) y a
ambos exquisitas aguas heladas; el anillo que el Illmo. Sr. Mecenas dió a su
ahijado, era un brillante diamante…».
A
don Manuel de la Borda se deben los jardines de su nombre, así como la iglesia
de Guadalupe a ellos contigua. Afecto al estudio de la botánica y de la
horticultura, reunió en aquel sitio variadas especies de flores y frutas, de
manera que además de un «buen retiro», se construyó un jardín botánico y huerto
de aclimatación.
Cuando
el Arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta, en la visita de su
vasta arquidiócesis, pasó por la villa de Cuernavaca, fué alojado en la casa de
de la Borda, quien lo agasajó como correspondía a su rango. Cuentan las
crónicas que una de las fiestas que dió en honor del Prelado, consistió en una
campestre en los jardines, que hizo época. Al llegar la noche ilumináronse
espléndidamente y quemáronse fuegos de artificio como nunca se habían visto en
la Nueva España y causaron tal admiración en los concurrentes que no vacilaron
en declarar la fiesta digna de todo un monarca.
Los cresos coloniales
Principal
fuente de riqueza en los tiempos virreinales era la que emanaba de las entrañas
de esta noble tierra mexicana, la cual, no contenta con los riquísimos frutos
por su privilegiado suelo prodigados, guarda en su seno abundancia de aquellos
metales que tanto codicia el hombre, que por ellos peca, mata y muere.
Pero,
afortunadamente los caudales que rindió la Nueva España tuvieron nobilísimo
empleo, puesto que sirvieron para erigir suntuosos templos y benéficas
instituciones que la posteridad agradece, y aplaude la historia, inscribiendo
en sus páginas, con letras de oro, los nombres de sus preclaros fundadores. Fué
crecido el número de éstos y tan grandes sus fortunas, que adquirieron fama
legendaria, comparable sólo con la de aquel Creso, cuyas riquezas asombraban a
la antigua Roma.
En
aquella sociedad eminentemente religiosa era natural que los cresos coloniales
erogaran fortísimos gastos en construir o exornar la casa del Señor. Díganlo si
no los soberbios templos erigidos por Borda en Taxco, por el Conde de Santiago
de la Laguna en el Cerro de la Bufa en Zacatecas, y por el de Valencia en la
mina de este nombre cerca de Guanajuato. Por rara fortuna, la iglesia de la
Valenciana se conserva casi intacta hasta la fecha, y ella nos habla de la
esplendidez de don Antonio de Obregón y Alcocer, que no vaciló en emplear en su
construcción la suma de ochocientos cincuenta mil pesos. Por cierto que, según cuenta,
el párroco de Guanajuato, al ver que se erigía tan suntuoso templo, objetó que
el permiso que se diera había sido para una capilla y no para una catedral, y,
después de alguna controversia, se convino en que para que guardase su
categoría, se construyese solamente con una de las torres que se proyectaran.
Innumerables fueron las donaciones que le hizo el Conde de Valenciana a
conventos y hospitales, y, no obstante el boato que lo rodeaba, supo siempre
conservar gran sencillez de costumbres.
«Antes
de tener la bonanza de Valenciana —dice Bustamante—, Obregón se presentó en
Valladolid en solicitud de una dispensa matrimonial; concediósela el Sr. Obispo
Rocha, y habiendo ido a darle las gracias, se le quedó mirando de hito en hito,
le puso ambas manos sobre los hombros, y le dijo con voz firme y tono
profético: Vaya Señor Obregón, V. será muy rico. Estas palabras llenaron de
consuelo a Obregón, y cuando disfrutaba de una opulenta fortuna, decía: Para
que fuera completa mi suerte sólo me falta que el Sr. Rocha viviese, para que
viera cuán acertado estuvo en su vaticinio. El Conde de Valenciana no aguardaba
que le pidieran; apenas sabía que un pobre se había muerto, cuando se informaba
de la familia que dejaba y le mandaba socorros abundantes».
Su
yerno, el Conde de Casa Rul, construyó bajo la dirección del célebre Tres
Guerras, una casa-palacio en Guanajuato, cuya clásica fachada es uno de los
principales ornamentos de aquella pintoresca ciudad[13].
Los
marqueses de San Clemente y Vivanco, por su parte, con el producto de sus minas
de Cata, Mellado y Bolaños, construyeron obras de importancia e hicieron
cuantiosos donativos al monarca; y el de San Juan de Rayas, además de construir
la soberbia capilla de este nombre, erogó la mitad del costo de la iglesia de
la Compañía, en Guanajuato, iglesia que por su tamaño y majestad, merece los
honores de Catedral. En prueba de agradecimiento el rey don Carlos III le
hizo varios obsequios, entre ellos una mantilla de riquísimo encaje para la
marquesa.
Pero,
de todos los mineros, el que indudablemente llamó más la atención de sus
contemporáneos, fué el primer Conde de Regla. D. Pedro Romero de Terreros,
quien, desde que el cielo quiso favorecerlo con inmensa fortuna extraída del
Mineral del Monte, ejerció la caridad en asombrosa escala, erogando todos los
gastos para las misiones de Coahuila y Tejas, dotando a innumerables
religiosas, y de mil maneras diversas.
Nadie
ignora que el actual Monte de Piedad fué fundación suya, para la cual donó
trescientos mil pesos; favoreció y protegió a sendos colegios de la seráfica
orden en México, Querétaro y Pachuca; hizo préstamos y donativos al Estado por
valor de varios millones de pesos; pero un hecho sin precedente y no igualado
hasta la fecha, fué el de haber regalado a Carlos III un buque de guerra
de tres puentes y ciento quince cañones, provisto de víveres y todo lo
necesario para seis meses. Este hermoso barco construido todo él de caoba en el
astillero de La Habana, se llamó «El Conde de Regla», alias «El Terreros», y figuró
en las batallas navales de aquel tiempo, según refiere don Benito Pérez Galdós
en el primero de sus «Episodios Nacionales» Trafalgar. Para perpetuar la
memoria de tan magnífica donación ordenó el católico monarca que siempre
hubiera en la real armada un buque de guerra denominado «El Conde de Regla»,
orden que, ocioso es decirlo, no fué cumplida.
Don
Pedro Romero de Terreros, no obstante su piedad y celo caritativo, era fastuoso
en alto grado, y su palacio en la capital de la Colonia estaba amueblado con
tanto lujo y tal abundancia de precioso metal, que bien pudo llamarse la «Casa
de Plata».
Por
supuesto que las riquezas del Conde de Regla dieron margen a numerosas
consejas. Contábase que todas las herraduras de sus caballos eran de plata, y
que cuando se bautizaban sus hijos, la procesión de su casa a la parroquia
marchaba sobre barras de este metal. Asegúrase también que en cierta ocasión la
Condesa al reconciliarse con la Virreina, después de un pleito que con ella
tuvo, la obsequió con un par de zapatillas cubiertas con diamantes y otras
piedras preciosas.
«Para
demostrar su gratitud por el título que le confiriera —escribe el viajero
inglés Mr. Robert Wilson—, invitó al rey para que visitara sus minas,
asegurando a S. M. que si se dignaba hacerle tan señalado favor, los
reales pies no tocarían el suelo de la Nueva España puesto que en donde quiera
que bajase de su carroza, pisaría sobre plata, y el lugar en donde se alojara
sería forrado del mismo precioso metal».
¡A
tal grado llegaron las consejas del vulgo acerca de las riquezas de este
personaje!
Sea
de ello lo que fuere, lo cierto es que extrajo un caudal inmenso de sus minas,
el cual consagró en su mayor parte al servicio de su Patria y de su Dios.
Interminable
tarea sería la de citar todos los próceres benefactores de la Colonia. Bástenos
citar al Marqués de la Villa del Villar del Aguila, que construyó el grandioso
acueducto que surte a la ciudad de Querétaro del precioso líquido; y que, en la
capital, la iglesia de Nuestra Señora de Loreto la más hermosa y clásica en
todo el país, monumento imperecedero de la gloria arquitectónica del insigne
Tolsá, se debió a la piedad del primer Conde de Bassoco y de su esposa, la
Marquesa de Castañiza, a cuyas expensas fué construída.
Mas
no solamente los mineros fueron los cresos de Nueva España. Colosales fueron
también las fortunas de algunos terratenientes. El Conde del Valle de Orizaba
(dueño de la histórica casa de los azulejos) poseía cincuenta y cinco haciendas
en el hoy Estado de Puebla; los Marqueses del Jaral de Berrio y Condes de San
Mateo de Valparaíso, inmensas propiedades en Guanajuato, Zacatecas y Durango,
además de las casas-palacios que hoy ocupan el Hotel Iturbide y el Banco
Nacional; y el mayorazgo del Marqués de Guadalupe, llamado Ciénega de Mata,
abarcaba una gran extensión en los hoy Estados de Jalisco, Aguascalientes y
Zacatecas, y su cabecera semejaba un feudo de la Edad Media: amplísima casa
señorial, monumental iglesia, capaces trojes y graneros y calles enteras de casas
de los dependientes, circunvalado todo por una muralla con fortines y garitas!
Muy
extensas eran también las propiedades del Marqués de San Miguel de Aguayo en
Coahuila, al grado que se podía correr a todo galope una semana entera sin
salir de ellas. Por cierto que su numeroso séquito de lacayos y mozos, debido
al color de los chalecos de sus libreas, eran conocidos en toda la comarca con
el apodo de los «barrigas coloradas».
Besamanos y saraos
Con
el establecimiento en la Nueva España de la dignidad virreinal, representando
en todo a la persona del monarca, era natural, por así exigirlo el decoro del
gobierno, que al rededor del Virrey se formara una Corte, no tan numerosa ni
espléndida, seguramente, como la de la metrópoli, pero no por eso menos
estricta o ceremoniosa. Era, pues, la meta de toda persona de sociedad asistir
a las recepciones de Palacio. En cuanto a este edificio larga y accidentada ha
sido su historia, pero para nuestro objeto bástanos recordar que, estrenado en
1562, por el Virrey don Luis de Velasco, fué exornado más tarde por el Marqués
de Falces, quien hizo pintar una batalla en uno de los salones, y renovado en
grande escala por Fray Payo Enríquez de Rivera; incendiado en el tumulto de
1692, pasáronse los Virreyes a la casa del Marquesado del Valle (hoy Monte de
Piedad), mientras se hacían las reparaciones necesarias, y no fué sino hasta el
19 de agosto de 1785 que se «estrenó el magnífico salón de besamanos con una
colgadura de damasco carmesí con galón, flecos, borlas de oro, un retrato del
Rey muy especial y diez docenas de sillas de madera fina; veinticuatro forradas
en terciopelo y galón de oro y las demás en damasco carmesí; catorce espejos,
muy especiales, diez y seis pantallas iguales a los espejos, tres candiles de
cristal y una alfombra muy buena».
Eran
días de besamanos los cumpleaños de Reyes y Virreyes. En tales ocasiones
vestíase la Corte de gala, y al anochecer, se veían llegar a la puerta de
palacio lujosos trenes de carrozas y estufas tiradas por caballos ricamente
enjaezados, y sillas de manos cargadas por negros esclavos o criados de lujosa
librea. Tanto las unas como las otras, eran en general de gran valor y
elegancia, doradas, revestidas de carey o artísticamente pintadas en su
exterior, y forradas por dentro con ricos damascos y terciopelos.
Alumbraran
la llegada de los invitados varios lacayos con hachones, mientras otros
apoyaban sus largos bastones contra los muros para dejar libre el paso entre la
multitud de curiosos que se apiñaban para ver de cerca a tan grandes damas y
caballeros. Ascendían éstos ceremoniosamente la gran escalera de Palacio, y
atravesando corredores y antesalas, llegaban hasta las habitaciones de los
Virreyes, en donde había de efectuarse la recepción.
Los
besamanos en los cumpleaños del Rey y de la Reina, eran en extremo
ceremoniosos, reduciéndose a que el mundo oficial y social que concurría
presentase sus respetos al lugarteniente de la Católica Majestad, y se
representase después una comedia generalmente por los «criados de palacio».
Mas
amenos eran los de santos de los Virreyes, como el de la Condesa de Baños, en
25 de mayo de 1662, en que, según Guijo, «le hicieron grandes fiestas en
palacio, y las personas de caudal la regocijaron con libreas y carrozas nuevas
y cadenas de oro al cuello, para darle los días; convidóse a todas las damas y
señoras del reino que fueran a palacio costosamente aderezadas, y asistieron a
la comedia que se les representó por los criados y criadas de los Virreyes; y
antes se echaron suertes entre las personas de caudal para devotos de la
Virreina, y que le habían de celebrar este día; y salió don Austacio Coronel
Salcedo Benavides, Alcaide Mayor de Metepec, y éste celebró el día del
nacimiento con gran suma de ducados».
Para
festejar al primer Conde de Revillagigedo, en 24 de junio de 1754, dice Castro
Santa Ana, «al anochecer en dicho Real Palacio se tuvo un primoroso festejo con
los más diestros músicos, el que principiaron con una danza, Sus Excelencias, y
se continuó con varios señores y caballeros, teniendo después varios conciertos
de música, que fenecieron a la media noche».
No
contenta con estos saraos, la mundana Marquesa de las Amarillas, introdujo
además, unas recepciones que denomina «alcobas», más íntimas que las oficiales
y, por lo tanto, más agradables.
«La
mañana del 25 (de diciembre de 1756), dice Castro Santa Ana, pasaron al Real
Palacio los señores de la Real Audiencia, Tribunales, ambos Cabildos y Nobleza
a anunciar a S. S. E. E. la Pascua del nacimiento de nuestro
Redentor Jesús, y fueron recibidos con gran benevolencia, convidando S. E.
a esto señores para las noches de Pascua, a la alcoba que ha de haber en dicho
Real Palacio, cuya práctica es en algunas salas diversión de juego; en otras música,
y otras para conversación, ministrándoles con profusión exquisitos refrescos».
En los juegos de cartas «no se sacaba naipe, ni se experimentaba pérdida
ninguna, por ser sólo de diversión», y los aficionados a la música escuchaban
«cantadas y conciertos» y extasiábanse con el Conde de San Mateo de Valparaiso,
quien tocaba el violín con notable pericia.
Los
Arzobispos de México, por su parte, solían también celebrar recepciones en su
palacio, pero de acuerdo con su dignidad, de carácter más serio, reduciéndose
en general a banquetes en honor de algún gran personaje o nuevo Prelado. El
primero de mayo de 1754, después de haber sido consagrado Obispo de Nicaragua
el Illmo. Sr. José Antonio Flores de Rivera, pasó toda la selecta concurrencia
que en la Catedral de México presenciaba la ceremonia, «al palacio arzobispal,
dice Castro Santa Ana, el que se hallaba vistosamente tapizado con hermosos
paños de corte, damascos y terciopelos, y tres de los principales salones, el
primero de ellos con distintos aparadores y talleres de delicada y exquisita
loza del Japón, en varias piezas de fuentes, platos, tibores, picheles y
flamencas; el segundo con los mismos aparadores con la distinción de ser las
piezas de cristal de roca; y en el tercero se componían sus aparadores de
fuentes, salvillas, picheles de plata cincelada, mucha de ella dorada, y
algunas piezas de oro; eran correspondientes en los dichos tres salones las
hermosas arañas y pantallas de plata; allí se hallaban las mesas con sus
asientos, los que tomaron los Illmos, Sres. Ministros de la Real Audiencia,
Ambos Cabildos, los dos hijos de S. S. E. E. (el primer Conde de
Revillagigedo) títulos y nobleza; cubriéronse cuatro veces las mesas, pasando
los platones de trescientos, de las más exquisitas y delicadas viandas de todos
géneros, así de carnes, pescados, dulces, como frutas heladas y vinos
generosos; durante este opíparo banquete desde la una hasta las cuatro
difundiéndose a otras mesas de capellanes, pajes caballerizos y las de cocheros
y lacayos; y habiéndo reposado, a las cinco se dispuso el paseo en el que
acompañaron a los Illmos. señores Arzobispo (Rubio y Salinas) y Obispo, los
padrinos, por las principales calles, a la derecha iba el consagrado echando
bendiciones; al anochecer, restituídos a dicho palacio, concurriendo los
sujetos referidos en el banquete se ministró un difuso y abundante refresco de
todo género de dulces cubiertos, masas exquisitas, aguas nevadas y un concierto
de música de trompetas, violines, flautas y diversidad de instrumentos, por los
músicos de la Santa Iglesia y los más diestros de la Ciudad».
Mas
no sólo los Virreyes y Arzobispos celebraban grandes fiestas, sino también los
particulares, y éstos solían a veces hacer derroche de extraordinario lujo.
Con
el pretexto de que vieran separar el oro de la plata, el 18 de enero de 1757,
convidó don Manuel Aldaco a los marqueses de las Amarillas, quienes fueron
recibidos en casa del Apartado por «muchas señoras principales, varios señores
ministros y algunos títulos y sujetos de distinción». Adornó la casa «con ricas
colgaduras y alhajas de mucho valor», y no faltaron por supuesto, ni el
«exquisito y espléndido refresco» ni el «festejo de los más diestros músicos»,
de rigor en tales casos.
Leemos
en el diario de Robles, correspondiente al 16 de mayo de 1703, que hubo
«comedia en la casa de moneda que se le representó al Virrey (Duque de
Alburquerque) a costa del Tesorero de ella don Francisco de Medina Picazo:
dicen les dió a los señores Virreyes y a su hija, mil pesos a cada una de regalo,
labrados al modo de los segovianos; a las damas cien pesos a cada una y lo
mismo a los gentiles hombres, y veinticinco pesos a los pajes, fuera de los
dulces, aguas y chocolates; se comenzó la comedia a las 5 de la tarde y se
acabó a las nueve de la noche».
¡Extraña
costumbre la de hacer obsequios en metálico a los concurrentes a una fiesta!
Admira verdaderamente que no se haya adoptado en esta práctica edad.
La mejor parte
Nadie
ignora que en los tiempos coloniales hallabánse la MUY NOBLE Y MUY LEAL CIUDAD
DE MÉXICO llena de conventos y monasterios, muchos de los cuales subsisten
hasta la fecha, aunque tristemente mutilados y destinados a usos láicos. En
aquella época, la sociedad estaba íntimamente ligada con la religión, y las
casas de frailes y de monjas —dígase lo que se quiera— eran centros de cultura
y de progreso.
Admira
verdaderamente el número de religiosas que había en México; mas debe advertirse
que no sólo monjas profesas habitaban los conventos, sino también damas que a
ellos se retiraban por haber sido poco favorecidas por la belleza, por
encontrarse sin apoyo en el mundo, o por mil causas diversas. Conventos hubo,
como el de la Concepción, —el más antiguo de México, por cierto— en donde las
monjas tenían a su disposición criadas y dueñas, fautoras de toda clase de
chismes y enredos.
Por
los motivos que bosquejamos, se comprenderá que la «toma de hábito» de una
monja, sobre todo si pertenecía a familia distinguida, constituía uno de los
acontecimientos sociales de más importancia durante el Virreinato, concurriendo
al acto damas y caballeros en tan gran número y con igual interés que a un
sarao o besamanos.
No
intentamos hacer la descripción del ceremonial para tales casos establecido,
por ser harto conocido, habiéndolo trazado, entre otras, la romántica pluma del
poeta sevillano en su leyenda de «Tres Fechas».
Observaban,
sin embargo, las Esposas del Señor al escoger la «mejor parte», ciertas
costumbres que nos parece oportuno recordar, como muestra del lujo con que se
celebraba todo en la Nueva España.
En
el «Diario» de Castro Santa Anna, correspondiente al 2 de febrero de 1757,
leemos que esa tarde «tomó el hábito de religiosa en el convento nuevo de
Carmelitas Descalzas, a los veinte años de su edad, doña Micaela Josefa Malo y
Castro, quien iba ricamente aderezada de preciosas alhajas y perlas, habiendo
estrenado un vestido de corte, de tisú de oro, color de punzón, aterciopelado,
guarnecido de una punta de Milán, que su costo pasó de mil pesos, dedicándolo
para un ornamento entero en su iglesia». La concurrencia que asistió al acto
fué de lo más selecta, por ser doña Micaela hija de don Pedro Malo de
Villavicencio, presidente que fué de la Real Audiencia de Guadalajara,
Caballero de Calatrava, y señor de muchas campanillas, cuya viuda, doña
Gertrudis de Castro, gran dama de la Corte Virreinal, apadrinó la ceremonia.
Un
año más tarde, en el mismo convento, «hizo su profesión solemne de coro y velo
negro, Sor Micaela Josefa de Santa Teresa, en manos del Ilmo. señor doctor don
Manuel Rojo y Vieira, canónigo de esta santa iglesia. Concurrieron las más de
las señoras principales, prebendados y nobleza, convidados por sus hermanos los
señores don Félix Malo y Castro, Mariscal de Castilla, Conde del Valle de
Orizaba, y Contador Mayor don Joaquín Antonio Cotilla, de sermón y misa fueron
padrinos sus hermanos los RR. PP. Pedro Gaspar y Pablo Timoteo Malo y
Castro, de la Sagrada Compañía de Jesús; dotó la festividad de la octava de
Señora Santa Teresa, con el fondo de 2,000 pesos, y otras varias mandas; la
iglesia se colgó con ricos terciopelos y damascos, guarneciendo su altar mayor
y arcos con piezas de plata de martillo; el golpe de música fué de los más
exquisitos instrumentos, y diestros sujetos de este arte».
Grande,
pues, era el boato con que se despedían del mundo las hijas de Teresa de Cepeda
y de Clara Scifi.
Un Cruzamiento
No
eran los matrimonios las ceremonias que más atraían a nuestros abuelos, durante
la época colonial. Celebrados generalmente en casas particulares y de noche,
sólo los presenciaban las personas más allegadas a la familia, y los que se
verificaban en una iglesia, éranlo casi siempre a temprana hora y no
constituían, como hoy en día acontece, un pretexto para que acudieran las damas
ataviadas con sus más ricas galas como a un sarao, ni para que los caballeros
fueran en pos de ellas, como en pos de las flores van las abejas.
Cierto
es que las novenas, las visitas de la imagen de Nuestra Señora de los Remedios
y otros muchos actos religiosos hacían congregar buen número de personas en las
iglesias, pero lo que más atraía al gran mundo de entonces al sagrado recinto,
era, sin duda alguna, un «Cruzamiento», ceremonia no tan frecuente, por cierto,
como un matrimonio.
Nadie
ignora que existían en España (y existen hasta la fecha) las cuatro grandes
órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara y Montesa, las cuales,
además de exigir las tradicionales pruebas de nobleza por los cuatro costados
del que pretendía pertenecer a alguna de ellas, eran regidas por muy curioso
ceremonial. Se daba el nombre de «cruzamiento» o «toma de hábito» al acto de
ingresar un caballero en su seno, acto que se verificaba en una iglesia, por
ser las órdenes en cierto modo religiosas.
Para
dar mejor idea de cómo era una de estas ceremonias, vamos a relatar
sucintamente la toma de hábito de un personaje de México en el
siglo XVIII, don José María de la Cotera y Rivascacho, posteriormente
Marqués de Rivascacho.
Corría
el año de 1761, cuando, el 24 de enero a eso de las cinco de la tarde, acudían
damas y caballeros en no escaso número a la iglesia de la Encarnación.
Hallabánse
dentro del templo y formados en capítulo, esto es: revestidos de mantos blancos
de larga cauda con la cruz de la orden en forma de puñal, recortada de paño
encarnado sobre el pecho y presididos por el Conde de San Bartolomé de Jala,
don Manuel Rodríguez Sáenz de Pedroso, caballero profeso de Santiago, quien
había de fungir como Gran Maestre, los siguientes caballeros de la misma: los
Oidores don Francisco Antonio de Echavarri y don Domingo Valcárcel Formento,
don Pedro Ignacio de Valdivieso y Azlor, Conde de San Pedro del Álamo, el
teniente coronel don Fermín de Mendinueta, el coronel don Carlos José de
Agüero, don Manuel de Cosuela y don Ignacio Huarte, todos señorones de muchas
campanillas que desempeñaban altos cargos en el Virreinato. Hallábase presente
además, revestido de capa pluvial, el prior de los Agustinos, fray José Vidal,
y no faltaba un escribano —en este caso don José de Molina— para que diera fe
del acto.
Empezó
éste con la entrada de don Mariano de la Cotera, quien presentó desde luego al
Conde de Jala el título en el cual la Católica Majestad de Carlos III.
como Gran Maestre de las Órdenes, lo nombraba caballero de la de Santiago. Tomó
el documento el de Jala y, después de besarlo devotamente, lo puso sobre su
cabeza diciendo que lo obedecía en todas sus partes y que estaba dispuesto a
armar caballero de la orden a don Mariano. Nombró éste por padrino a don Manuel
de Cosuela, y en seguida el Conde de San Pedro del Álamo, y don Carlos de
Agüero, le calzaron unas espuelas doradas, hecho lo cual, el que fungía de Gran
Maestre, le ciñó una espada, la desenvainó y preguntó tres veces en alta voz:
«Vos,
don José Mariano de la Cotera y Rivascacho, ¿queréis ser caballero?».
A
lo cual contestó sendas veces el interpelado:
«Sí
quiero ser caballero».
Entonces
el Conde, diciéndole: «Dios os haga buen caballero y el apóstol Santiago»,
tocóle con la espada la cabeza y el hombro, quedando por lo tanto dado el
espaldarazo, ceremonia usada desde tiempo inmemorial, para armar a un
caballero.
Prestó
luego el juramento en la forma siguiente:
Puesta
la mano sobre la cruz que en el pecho ostentaba, preguntó el Conde de Jala:
«¿Juráis
a Dios y a esta Santa Cruz que procuraréis la utilidad y bien del orden y que
jamás no iréis ni vendréis contra ella, y que siempre estaréis aparejado para
redimirle de todo daño y prejuicio?».
«Sí
juro,» contestó don Mariano hincado de rodillas; y prosiguió el Gran Maestre:
«¿Juráis
de tener, defender y guardar en público y en secreto que la Virgen Santísima,
Madre de Dios y señora nuestra, fué concebida sin mancha de pecado original
desde el primer instante de su ser natural?».
«Sí
juro».
«Si
así lo hiciéreis, Dios os ayude, y si no, os lo demande».
«Amén».
Puesto
de pie don Mariano, fuéronle descalzadas las espuelas y desceñida la espada por
las mismas personas que se las pusieron; hecho lo cual, sentóse en el suelo con
las piernas cruzadas y en esta incómoda postura escuchó varias amonestaciones
que le hizo el Conde de Jala, prescritas por los estatutos de la Orden. Después
entregó al prior un real rescripto en el cual se ordenaba que le fuera dado el
hábito, y tanto el fraile como el Gran Maestre, besaron el documento y
pusiéronlo sobre sus cabezas en señal de obediencia. Bendijo el Prior un manto
blanco igual al de les demás caballeros, así como la espada, con las
bendiciones de ritual; echó aquél sobre los hombros de don Mariano, que se
hallaba ahora de rodillas, y le ciñó ésta de nuevo.
Levantóse
el nuevo caballero y abrazó al Conde de Jala, al Prior y sucesivamente a los
demás y tomó asiento entre ellos, en el último lugar.
Con
esto terminó el «cruzamiento», de todo lo cual dió fé el expresado escribano y
firmaron como testigos las principales de las muchas personas que concurrieron.
Ceremonias
de esta clase se verifican aún en España, pero en México desaparecieron al
efectuarse la Independencia. Evocar, pues, su recuerdo, es evocar una faz de la
vida social del virreinato que tendrá siempre su encanto, como tiene su encanto
el vago perfume de una flor disecada que se encuentra entre las páginas de un
libro.
Venus y las tres Gracias
Reinaba
en las Españas el católico monarca don Carlos III, y gobernaba en México
el célebre Virrey Bucareli, cuando el 20 de noviembre de 1778, nació en esta
muy noble y leal ciudad una niña que, andando el tiempo, había de ocupar
prominente lugar en la sociedad de la colonia. Era hija de don Antonio Rodríguez
de Velasco y Jiménez, del consejo de su Majestad, Regidor perpetuo de la Ciudad
de México; y de doña María Ignacia Ossorio Barba y Bello Pereyra, ambos de
antiguas y nobles familias. Desde su infancia fué de la más peregrina
hermosura, llamando tanto la atención por la profusión de sus cabellos rubios,
que pronto fué conocida en toda la capital del Virreinato por la «Güera
Rodríguez».
Cuenta
la crónica que cuando era aún muy joven, solía salir de su casa todas las
tardes en compañía de su hermana mayor, doña María Josefa, pasando por el
cuartel de Granaderos, regimiento que se distinguía por tener como oficiales a
los jóvenes más ricos y bien parecidos de la nobleza. Si semejante conducta
fuera reprochable en nuestros días, ¡cuánto más no lo sería en aquellos tiempos
en que las damas no acostumbraban salir a la calle, si no era acompañadas de
sus padres, maridos o dueñas! No habían de escapar la atención de los
oficialillos dos muchachas preciosas que pasaban tarde con tarde por la puerta
del cuartel; de manera que muy pronto se entabló entre dos de ellos y las niñas
un noviazgo que a la vez que escandalizaba a algunos vecinos, servía de
diversión a otros, hasta que fué sorprendido por el Virrey en persona, al salir
éste inesperadamente del Real Palacio por la puerta de los Granaderos.
Disgustóse sobremanera Revillagigedo, y habiendo preguntado a las jóvenes quién
era su padre, hízole llamar a su presencia y le dijo en tono muy severo:
—Señor
don Antonio Rodríguez de Velasco, ¿qué hace Ud. todas las tardes?
—Excelentísimo
señor —contestó el Regidor—, suelo ir al Sagrario a rezar el rosario.
—Mejor
sería que lo rezara Ud. en su casa y velara por el honor de sus hijas.
Quedó
pasmado el bueno de don Antonio al saber la conducta de las niñas y convino con
el Virrey en que, para acallar las malas lenguas, era preciso casarlas con los
oficiales; mas los padres de éstos ofrecieron no poca oposición, tanto que el
Gobernante tuvo que interponer toda su autoridad para que se pactaran los enlaces.
Casáronse por fin, la «Güera» con don José Jerónimo López de Peralta de Villar
Villamil en México a 7 de septiembre de 1794 y doña Josefa con el hijo del
Marqués de Uluapa, el 10 de julio de 1796. Once años duró la unión de la
primera, (pues murió Villamil en 1805 en Querétaro, a donde había sido enviado
con su regimiento); y fueron fruto de ella un hijo, don Jerónimo, y tres hijas,
tan hermosas todas que merecieron, junto con su madre, el apodo de «Venus y las
tres Gracias»; llegó la fama de su belleza hasta la misma España, en donde el
Rey quiso conocerlas y ordenó que uno de los mejores pintores de México las
retratase para que se remitiera el cuadro a Madrid. Dícese que este retrato aún
se conserva, arrumbado con muchos otros, en una bodega del Palacio Real de
Madrid.
Innumerables
son las historietas y anécdotas que de la «Güera» se cuentan, pero si algunas
son auténticas, no cabe duda que su mayoría carece de fundamento y presenta a
doña Ignacia como de una conducta mucho más ligera que la que había de
corresponder a una gran dama de la corte virreinal. Sea de esto lo que fuere,
lo cierto es que fué partidaria de la Independencia y en el año de 1810 fué
citada ante el tribunal de la Inquisición para responder a los cargos que se le
hacían por haber conspirado en contra del Gobierno. Acaeció que los jueces de
la temida institución eran de ella muy conocidos y allegados y, después de un
proceso que rayó en lo jocoso, el arzobispo Virrey, don Francisco Javier de
Lizana y Beaumont, le impuso como castigo un corto plazo de destierro a la
ciudad de Querétaro, pena que cumplió con el mayor desenfado. No abandonó su
simpatía por la Independencia y, años más tarde, tuvo grande amistad con
Iturbide, quien la distinguió a tal grado, que se asegura que la entrada del
ejército trigarante no se hizo por las calles de San Andrés y de Tacuba, como
en un principio se proyectara, sino por las de San Francisco, con el objeto de
que ella pudiera admirarlo desde su casa en la calle de la Profesa; y al pasar
delante de dicha casa, el futuro emperador de México detuvo un momento la
marcha y, desprendiendo de su sombrero una de las plumas tricolores que en él
llevaba, la envió con uno de sus ayudantes a la hermosa «Güera».
La
belleza de doña Ignacia no fué efímera sino que duró toda su vida. La señora
Calderón de la Barca, en una de sus cartas escritas en México por los años de
1840, refiere lo siguiente: «Esta mañana tuve de visita a una persona muy
conocida, llamada “La Güera Rodríguez”, quien, se dice, fué admirada por
Humboldt hace muchos años como la mujer más hermosa que había visto durante
todo el curso de sus viajes. Teniendo en cuenta el espacio de tiempo que había
transcurrido desde que aquel eminente viajero visitara estos contornos, mucho
me maravillé cuando me pasaron la tarjeta de esta señora, pidiendo ser
recibida, y más aún al encontrar que a pesar del lapso de tantos años y de los
surcos que se complace el tiempo en marcar en las caras más bonitas, la Güera
conserva una profusión de rubios rizos sin una cana, preciosos y blanquísimos
dientes, muy lindos ojos y vivísimo ingenio. Hablamos de Humboldt y me refirió
los pormenores de su primera visita, y de la admiración que ella le inspirara,
siendo aún muy joven, aunque casada y madre de dos niños; que cuando él había
ido a visitar a su madre, estaba ella sentada cosiendo en un rincón en donde el
Barón no la veía, hasta que, hablando seriamente sobre cochinilla, preguntó
éste si podría visitar cierto distrito en donde había un plantío de nopales.
“Por supuesto, dijo la Güera desde su rincón; podemos llevar allí al señor de
Humboldt”, y al verla éste, quedó asombrado y exclamó: “¡Válgame Dios! ¿Quién
es esta niña?”. Después de eso, estaba constantemente con ella, atraído, según
parece, más por su ingenio que por su belleza».
Algunos
años después de la muerte de su primer marido, contrajo segundas nupcias con
don Mariano de Briones, quien ocupaba un alto puesto en el Gobierno.
Murió
al poco tiempo el de Briones, y la Güera quedó en estado de buena esperanza,
con lo cual disgustáronse sobremanera los herederos de aquél, al grado que,
sabiendo doña Ignacia que pretendían acusarla de subterfugio, decidió que el
nacimiento de su hijo fuera delante de testigos; pero como el suceso acaeció
antes de lo que se esperaba, vióse la Güera precisada a llamar a su alcoba a
algunas personas que en esos momentos transitaban por la calle, para que dieran
fe de la autenticidad del alumbramiento. Nacióle una hija y púsole por nombre
Victoria, en señal de la que había obtenido sobre sus contrarios; pero,
desgraciadamente, murió la niña de corta edad.
Casó
la Güera por tercera vez con don Juan Manuel de Elizalde, quien más tarde ocupó
el puesto de Cónsul de Chile, su país natal, y quien sobrevivió a su esposa.
Ordenóse de sacerdote e ingresó en el Oratorio de San Felipe Neri; desempeñó
por algún tiempo un cargo de importancia en la Profesa, y regaló a una de las
imágenes de dicha iglesia las magníficas alhajas que habían sido de la Güera y
cuyo paradero actualmente se ignora. Murió el P. Elizalde a los ochenta años de
edad, el 12 de diciembre de 1870.
Pasó
los últimos años de su vida la Güera Rodríguez dedicada a ejercicios de piedad,
habiéndose recibido en la tercera orden de San Francisco. Al morir, en 1.º de
noviembre de 1851, desapareció la figura de mayor relieve, socialmente
hablando, que había habido en México durante los siglos XVIII y XIX.
Las
«tres Gracias» se llamaron respectivamente, María Josefa, María de la Paz y
María Antonia. Desde temprana edad fueron internadas las tres doncellas en el
Convento de la Enseñanza, por ser dicho plantel de educación el preferido por
la aristocracia, y permanecieron al cuidado de las buenas monjas durante varios
años. Al salir doña Josefa al mundo causó sensación la hermosura de sus dieciséis
años y no fué extraño que cautivara el corazón del joven Conde de Regla, don
Pedro José Romero de Terreros y Rodríguez Sáenz de Pedroso, nieto de aquel
famoso Conde que, entre sus numerosas obras caritativas, dejó instituido el
Monte de Piedad.
Muy
poco tiempo hacía que muriera su padre y por su familia y fortuna era
considerado como uno de los mejores partidos de la Colonia, estando la primera
aliada con lo más granado de la nobleza, y hallándose la segunda al buen
cuidado de su madre, la Condesa viuda de Regla, en su propio derecho Marquesa
de Villahermosa de Alfaro y Condesa de San Bartolomé de Jala, señora de grandes
prendas morales, aunque altiva y no poco severa. El joven prócer daba por
seguro que su noviazgo con doña Josefa, sería muy del agrado de su madre, pues
repetidas veces había oído que la elogiaba no sólo por su belleza sino también
por su educación y bellas cualidades. Grande, por lo tanto, fué su sorpresa al
saber que la Marquesa se oponía a toda idea de matrimonio de los enamorados,
sorpresa que aumentó cuando lo llamó y le dijo: «En manera alguna puedo
convenir en un matrimonio que va a constituirte desgraciado e infeliz a tu
posteridad; me faltaría a mí misma, haría traición a la verdad y sería el
oprobio de la gente sensata». Pero no quiso el joven Conde desistir de su
propósito y su madre le prohibió, como menor de edad que era, que saliese de
casa. Pareció obedecer don Pedro, pero en realidad no fué así, pues el capellán
de la casa supo que salía cautelosamente al amanecer y se dirigía hacia la casa
de su novia a «pelar la pava». Lo comunicó el sacerdote a la de Villahermosa y
tan grande fué el enojo de la dama, que pidió al Virrey que arrestara a su
hijo. Accedió Venegas y en 10 de enero de 1812, se le notificó que quedaba arrestado
en su propia casa. Protestó el Conde, pero viendo que era en vano, pidió que se
le remitiera a la casa de su tío el maestrante de Ronda don Juan Vicente Gómez
de Pedroso, petición que le fué negada; y permaneció en arresto hasta el 14
siguiente en que le fué levantado, ordenándole el Virrey que se presentara en
el Real Palacio a las cinco de la tarde. Hízolo así el Conde y su madre la
Marquesa fué requerida para que expusiera la razón por la cual se oponía al
matrimonio, siendo así que la posición, cualidades y familia de la novia, nada
tenían de reprochables. Contestó la de Villahermosa con un largo escrito, en el
que, entre otras muchas razones, alegaba la juventud de su hijo, el permiso
real que los títulos de Castilla necesitaban para casarse, y otras más que no
llegaron a convencer a los ministros, de manera que el gobierno habilitó de
edad a don Pedro, otorgándole ese mismo día permiso para casarse. El Conde no
perdió tiempo, y al día siguiente se celebró el matrimonio en casa de la
Marquesa de Uluapa. Efectuóse la ceremonia a las ocho de la noche por el
Arcediano de Catedral, don José Mariano Beristáin, siendo testigos don
Silvestre Díaz de la Vega, del Consejo de Hacienda, a quien sus contemporáneos
apodaban «Bandolón», y don Juan Vicente Gómez de Pedroso, y estando presentes
varios parientes y amigos de ambas familias.
Muy
pronto se reconcilió la de Villahermosa con su nuera, como lo prueba un párrafo
de su carta del 4 de julio de 1812, a su grande y querida amiga doña Inés de
Jáuregui.
Dice
así:
«Pedrito
se puso en estado con doña Josefa Villamil Rodríguez de Velasco el día 14 de
enero del presente año. La niña es hija de la Güera, hermosa, de buen personal,
muy bien educada, mucho juicio y recogimiento; prendas todas con que endulzó el
sinsabor que tuve al principio y me precisó a resistir el enlace hasta ocurrir
a la autoridad judicial, pues, por las circunstancias actuales en que se halla
la casa de mi hijo, me parecía no era tiempo de que pensara en casarse, sino
que debía demorarlo para mejor tiempo; pero te repito, estoy contenta con mi
nueva hija, que me respeta y ama con la mayor ternura».
Doña
Josefa fué madre de dilatada familia, y falleció el 7 de julio de 1828 en Nueva
York, en donde estaba de paso para Europa, y a consecuencia de la penosa
travesía que sufriera de Veracruz a aquel puerto, por haber faltado los víveres
a bordo. Fué enterrada provisionalmente en la Catedral de aquella diócesis.
Doña
María de la Paz era de cuerpo muy esbelto y alto, y de mucha fuerza, pues se
cuenta que en una ocasión, al salir de la iglesia, un hombre del pueblo le echó
un piropo a lo cual ella contestó con una sonora bofetada que derribó a su
admirador callejero. Su belleza sirvió de modelo para un cuadro de la Virgen de
los Dolores que se conserva o conservaba en el Templo de la Profesa. Casó en
1815 con don José María Rincón Gallardo y Santos del Valle, segundo Marqués de
Guadalupe Gallardo, y Mayorazgo de Ciénega de Mata.
Como
el Convento de la Enseñanza fuera fundación de la muy reverenda madre doña
María Ignacia de Azlor y Echeverz, al jefe de esa familia pertenecía el
patronato de la Institución. A principios del siglo XIX lo era don Pedro
Ignacio Echeverz, Espinal de Valdivieso y Azlor, Marqués de San Miguel de
Aguayo y Santa Olaya, caballero de Santiago y gentilhombre de Cámara del Rey.
Solía
de vez en cuando visitar el convento para enterarse de la marcha del plantel, y
en una ocasión que lo acompañaba su hijo mayor, don José María, viudo ya de una
señora Lagarzurrieta, le llamó la atención la hermosa trenza de una de las
educandas.
—¿Quién
es esa niña? —preguntó a la Superiora.
—Antoñita
Rodríguez, excelentísimo señor —contestó la monja.
—¡Ah
sí! La hija de la Güera.
De
ahí en adelante menudeó don José María sus visitas al convento de la calle de
Cordobanes y en 1812 pidió a la joven en matrimonio.
A
pesar de la tierna edad de doña Antonia, que sólo contaba quince años de edad,
le fué concedida su mano y se efectuó el matrimonio el 6 de junio, en la
capilla del Tercer Orden de San Francisco, oficiando el antes nombrado
Beristáin y siendo testigos el Conde de Regla y don Silvestre Díaz de la Vega,
alias «Bandolón».
Fué
madre de tres hijas, que por el título de su padre eran conocidas por «las
Aguayo», falleció en 1860, y con ella desapareció el último recuerdo de «Venus
y las tres Gracias».
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Notas
[1]
Don Lucas Alamán, en el Apéndice I de sus Disertaciones Históricas; Don
Ángel Núñez Ortega en Varios papeles sobre cosas de México; y Don Jesús Galindo
y Villa en su Guía para visitar los salones de historia de México en el Museo
Nacional. <<
[2]
Hija del Marqués de Grana, Embajador del Emperador Fernando III en Madrid.
<<
[3]
«Por rollo se entiende la picota, en donde poníanse los reos que eran
castigados con sacarlos a la vergüenza y otras penas infamantes. En Tepeaca se
construyó un rollo magnífico, que existe todavía». (Alamán). <<
[4]
Castro Santa Anna la denomina «Doña Merced Luisa de Bruna y Ahumada», pero,
según la irrefutable autoridad de Fernández de Bethencourt, llamábase María del
Rosario de Ahumada y Vera, y era hija única del primer Marqués de las
Amarillas, don Francisco Pablo de Ahumada y Mendoza, Villalón y Narváez y de
doña Catalina de Vera y Leyva. <<
[5]
«Cuando se reedificó la Ciudad de México después de la Conquista, se colocaron
en el centro las casas de los españoles, y los indios levantaron las suyas al
rededor de aquellas. Esta población india se dividía en cuatro barrios, o
parcialidades», regidos por caciques de su nación, sujetos a un gobernador de
la misma. Los barrios principales eran San Juan y Santiago. (García
Icazbalceta). Las armas de la Parcialidad de San Juan eran: de oro, un águila
de sable, acolado el escudo a la cruz de San Juan; y las de Santiago: de sable,
un águila de plata, acolado el escudo a la cruz de Santiago. <<
[6]
Púsose un altar junto al cancel de la puerta principal, y un dosel morado a la
derecha. <<
[7]
Entre otros, don Manuel Berganzo en el Diccionario de Historia y Geografía, y
don Joaquín García Icazbalceta en su México en 1554. <<
[8]
No sólo en estos casos había vejámenes, ni se limitaban siempre a discursos.
Figuraban también, y con más excéntricos requisitos, entre las costumbres del
Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos, como lo demuestra el siguiente
caso: «En 12 de noviembre de 1754, votó tres prebendas en propiedad de los
Bachilleres Ruíz de Castañeda, Trusta y Garrote, y Castañeda y Valle, “los que
habiendo sido pretendientes, corridas todas las ceremonias, dadas sus pruebas
de calidad y nobleza, y teniendo sus actos literarios, fueron admitidos y
publicados, trayéndolos a dicho Colegio Mayor la mañana del siguiente 13, y
vistiéndolos ridículamente con gabanes de petate con varios colgajos de
legumbres y en las cabezas unos tompeates con plumas, montados en asnos
aparejados, fueron entregados a los criados, quienes con considerable número de
muchachos y pleble que los silbaban, pasearon las cuatro calles que circunvalan
dicho Colegio Mayor, al que restituidos, vistiéndoles de sus hábitos
clericales, se les ministró una opulenta comida, a la que concurrieron todos
los colegiales y muchas personas de distinción, parientes de los referidos
pretendientes…”» (Sosa, Efemérides históricas y biográficas). <<
[9]
El expediente original del grado de Doctor, conferido a don Manuel de Mendrice,
obra en el archivo de la antigua Universidad de México, que se conserva en el
Archivo General de la Nación. <<
[10]
Llamábase pliego de mortaja o de providencia, el que traían cerrado los
Virreyes con el nombramiento de las personas que habían de sucederles en caso
de muerte u otro accidente que les impidiera gobernar. (Alamán). <<
[11]
El lujo en esta ocasión desplegado no era excepcional, pues en 1603, cuando el
Conde de Monterrey fuá a Otumba a recibir a su sucesor el Marqués de Montesclaros
«lo trató con tal suntuosidad, que en los días que allí se detuvo gastó más del
sueldo de un año de Virreinato». Alamán. <<
[12]
Al descender al trono un nuevo Monarca, nombraba a algún personaje para que, en
representación del Gran Chanciller de España, llevase a México el Real Sello;
recibíalo el Virrey en el salón de Palacio, en presencia de la Real Audiencia y
demás Autoridades, y de allí era llevado a la Casa de Moneda en una fuente de
plata, cubierto con un paño de seda. Entonces el sello del Rey anterior era
entregado por el Oidor decano al Ensayador mayor, quien «en un taz de hierro»
lo destruía, y después de haberlo metido en el fuego, entregaba el tejo a los
Ministros de Ejército y Real Hacienda para que lo enviasen a España. <<
[13]
Esta casa pasó, poco después, a poder de la familia de Otero. <<

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